El mal de ojo

 

01

 

EL CORTIJO

 

         La flor de azahar..., esa diminuta blancura semiabierta y apretada en la que el tiempo se va tintando con su pátina amarillenta…, soñoliento. O despertando en un alborozo repentino de aroma que, cada vez más, identifico con mi infancia…

         Caminando por entre los naranjos, agachando la cabeza en la fragancia verde, pisando las vinagreras, aleteando ramas, irguiendo el pecho a lo más que me da; llenándome de la frescura perfumada, verde olorosa, blanca embriagadora.

         Las hojas fustigándome el rostro con sus blandas caricias de dedos suaves o sombras delicadas, juguetoncillas, inopinadas algunas, escondiendo mariposas otras, entreteniendo hormigas, vistiendo galas de arañas pequeñuelas y moscones tontamente cazados entre hilillos de ese rocío tan húmedo y mañanero.

         La verdad es que debería hablarte más de todo esto y que tú lo conocieras bien: esta historia versa sobre unas gentes que viven entre naranjos desde muy lejos en el tiempo; con el naranjo en el corazón y en el estómago siempre. Ello hace de todas sus vidas una sucesión continua de cuajes, heladas, floreceres, estíos y sobresaltos perpetuos, un sufrir incesante que al final viene a dar en ese fruto redondeado que seguro que conoces bien. Incluso hasta puede que te guste: una pulpa muy dulce y, sin embargo, producto de tantos temores, sustos y sinsabores, ¡quién lo supondría al verla, eh?

         Mira, mejor te empiezo diciendo que esta historia la sacó a relucir, primero, mi tía Remedios, o sea, mi tía la del pelo oscilante y de color pajizo sobre aquellos ojos verdes, verdes, verdes, pequeños y desamparados... La verdad es que creo estar viéndolos ahora, mirándome desde la lejanía, mucho más allá de todos estos inviernos de lluvias y fríos, veranos de calores y bochornos, años; por más que hace ya tanto tiempo que se me fueron en un suspiro de agosto, un tórrido atardecer del estío almeriense.

         Pero, eso sí, su pelo color pajizo, arrodalado, a veces como de orines, sigue existiendo en una incorpórea y ensanchada maraña de mi memoria. Porque no creas que tenía una lisa y larga mata de pelo, ¡qué va!, de eso nada: todo era un delicado matorral ensortijado sobre la frente, el cual, a continuación, se dirigía ampliamente hacia ambos laterales; una aureola achaparrada y oscilante que iba con ella a todas partes; muy cuidada, siempre igual, nunca la desatendió; muy ligera, sí, porque yo le adivinaba manchas de piel rosada por entre los pelos cuando inclinaba la cabeza para coger algo del suelo. Como la aguja de hacer calceta, o su cajita de hilos y tijeras; o el pañuelo, que a veces se le caía al intentar esconderlo en la escualidez semirrehundida que tenía allí, donde debería haber estado su seno. O el abanico, siempre el mismo también: rancio de años, brillante por el manoseo.

         Su abanico, sí. ¿Qué habrá sido de él…? ¡Qué barbaridad, cómo ha volado el tiempo!

         Pero, bueno, lo que te cuento no le pasó a mi tía Remedios. Ni trata de mi prima Celeste Elena, la de la cara de Virgen purísima y celestial con sus 12 ó 13 años que tendría entonces; ni de mi primo Fernando, el rabo-lagartija de su hermano. Tampoco es sobre mi otra prima, Elisita, la mayor de todos los primos. Ni sobre los hermanos, el mariconcillo de Joaquinito y el caguetilla de Emilito, los "ititos" que les llamábamos..., no, todos ellos recuerdos en mi baúl, ya tan bien cerrado por los años.

         Nos enviaban nuestros padres con mi tía a pasar el verano en el cortijo. Ella era soltera y vivía de las rentas, de sus naranjos, vamos, en una casa de la capital de la provincia. No es que ella tuviera una finca de naranjos, sino que tenía una parte con el resto de los hermanos; ella, la única hembra entre tanto varón.

         Y es que por aquellos entonces los naranjos sí que daban. Daban hasta para que fuera atendida como cliente de primera en San Pedro, la parroquia más chic de mi ciudad: llegaba ella, mi tía, y de momento el párroco la obsequiaba saliendo presuroso de la sacristía, reverencioso y servicial él, apenas olía el barrunto de la llegada; precediéndola humilde en el camino a la pequeña capillita de San Rafael (Santo, te aclaro, por el que ella sentía especial predilección) como para indicársela y facilitarle así el acceso. Camino, dicho sea de paso, archiconocido por la cotidianeidad de mi tía. Pero, bueno, allá ella y su sotana, con su pan se lo coman, como se dice ahora; antes también. Aunque la verdad es que ya no puede comer nada sino que a ella sí se la comieron los gusanos hace de ello muchos años: todavía era yo un criajo cuando aquel agosto asomó mi padre por la puerta y llamó a mi madre a grito pelado:

         —¡Niña! ¡Niña! —siempre la llamaba así— ¡Corre! ¡Ven corriendo que a mi hermana le ha dado un ataque y está muy mal...!

         Y se fueron.

         Pero antes de esto, tres o cuatro años antes, cuando la tardía primavera empezaba a dejarse vencer por las calurosas tardes del estío incipiente, ella abandonaba la casa de la ciudad y se trasladaba al cortijo. Eran, vuelvo a decírtelo, los años dorados de la naranja, allá por la mitad de los cincuenta del siglo pasado, que fue el veinte.

         Entonces, en aquellas noches del verano, Antonio, el cortijero, el marido de Concha, enganchaba dos candiles negros y requemados en unos agujeros de las paredes del porche, y mi tía Remedios nos contaba historias y más historias que nos poblaban las sombras y los grillos con fantasmas venidos del más allá en el tiempo y del más abajo en el río. Porque el cortijo estaba en el río; aunque aún no sé por qué le decimos río, ya que tan sólo era una extensión pedregosa y seca (ahora más) que serpenteaba, ancha y larga, por entre apretados vergeles de naranjos a ambos lados. Nuestro cortijo, el cortijo de los Gómez, era, según decían, el mejor después del de don Antonino, unos kilómetros río abajo y antes de llegar a Bentarique.

         Es lo cierto que mi tía había sido joven. O al menos debió haber sido joven alguna vez. Te digo esto porque luego llegué a saber, años después de que ella muriera, que hasta había tenido un novio que, tras sobrevivir a la Guerra Civil, fue a morir a Madrid, a donde había ido a resolver no sé qué asuntos. Tontamente aplastado por un tranvía nada más acabar la contienda.

         Y mi tía se quedó sin su novio. Pero sí con sus naranjos y sus recuerdos. Y con un corazón que de vez en cuando le aleteaba en el pecho. Entonces se ponía pálida y sudorosa, y con su brazo esquelético le daba con brío angustiado al abanico, sentada junto al balcón abierto de par en par, meciéndose levemente en uno de esos sillones de anea y varetas negras y con muchas curvas que otra vez parecen estar poniéndose de moda en nuestros días.

         Silenciosa.

         La cara brillante de sudor, levemente alzada en un ansia a la búsqueda de algo que yo nunca vi.

         Ric-rac, ric-rac, ric-rac.

         —Es la arritmia —solía decir en esas ocasiones mi tío Alfredo. Y se iba a tomarse sus chatillos de costumbre sin acordarse de apagar la bombilla de su dormitorio, eternamente encendida “porque le calentaba la habitación”, según aclaraba mi tía.

         Alfredo era su hermano, tuerto y soltero y que por esto vivía con ella. Bajete, recio y rechonchillo, gorrión de cabeza pelada y un solo ojo que parecía estar siempre al acecho, como buscando la salida a un nido demasiado incómodo. Luego, siendo yo ya mayor, me he venido enterando de algunas de las muchas “fiestecillas” en las que tomaba parte y que se prolongaban hasta altas horas de las madrugadas entre vinos y putillas en las ventas de las afueras de la ciudad. Pero, mira, mejor me callo, que no está bien hablar de los muertos (aunque lo que se vaya a decir de ellos no sea bueno, como en este caso no lo sería) porque da mala suerte. O al menos eso dicen.

         —Tenéis que decirle tite. No le digáis tío, que no le gusta —no cesaba de advertirnos mi tía Remedios. Y es que mi tío Alfredo, como muchos solterones ya entonces (hoy también), tenía sus rarezas. Más tarde vine en creer que para él sus sobrinos no éramos sino que enojosas existencias que debían ser soportadas; aunque, eso sí, podían ser fácilmente ignoradas.

         Yo, cuando iba a verles, y mis padres me mandaban ir todos los sábados y domingos, aprovechaba para ver a Rosa. Rosa era la criada; regordeta, prieta y jugosa como una manzana en sazón, con un cuerpo lleno de misterio redondeado y ensoñaciones turbadoras. Dormía en una habitación al otro extremo de la casa. A veces ella estaba, a veces no. Cuando sí estaba, yo aprovechaba para decirle a mi tía:

         —Voy a por un vaso de agua. Es que hoy he comido lentejas y me dan mucha sed.

         O habichuelas, o gachas, o migas, u otra cosa.

         Y partía, con el corazoncillo latiéndome como un reloj alocado, hacia donde salía el torrente de voz cada vez más cercano de Rosa, que fregaba los cacharros de la comida de mis tíos cantando a voz en grito una cancioncilla, siempre la misma, cuyo estribillo decía: “Como la espiga del trigo, eres tú”; y seguía: “más bonita que la Virgen del Pilar”; y volvía de nuevo a lo de la espiga de trigo y que si eres tú y eso. Sí, aún lo recuerdo.

         —¡Qué! ¿A que sé lo que quieres? ¿A que sí?

         Y me veía beber el vaso de agua con sus pupilas reidoras y chispeantes, mientras yo no le quitaba ojo de encima a su enorme pechuga y tragaba buchito a buchito de agua con toda la lentitud de un pajarillo sediento e indeciso. Incluso a veces se daba la vuelta, como para seguir fregando, y me dejaba contemplar con arrobo y a placer aquel enorme y turbador trasero que se movía, rajado y redondeado; aquellas piernas como blancos pilares de entrada a algún templo oscuro y radiante por lo desconocido; aquellos senos que allá adelante colgaban al ritmo de..., pero, bueno, ¿qué te voy a decir que tú no sepas?

         En otras ocasiones yo llegaba tarde y tan sólo estaba mi tía. Ella me preguntaba y yo le contestaba. Entonces le decía, cuando ya llevaba hablando con ella de no sabía qué bastante tiempo y estimaba que era llegado el momento, le decía:

         —Oye, tía, ¿tienes todavía alguna de esas mandarinas que te trae Antonio del cortijo? ¿Eh? Es que están tan...

         Y entonces, mientras ella se quedaba meciéndose en su butaca de anea delante de la ventana abierta de par en par, yo me deslizaba al otro extremo de la casa, a la habitación de Rosa, y con mi sigilo infantil y curioso, excitado y tembloroso, sacaba en silencio la desvencijada maleta de debajo de la cama y la abría. Y allí me pasaba unos minutos, que valían por toda una vida, oliendo aquellas bragas remendadas, de las que aún hoy me acuerdo cuando huelo el almidón; y aquellos sostenes que a mí me parecían grandes como serones de tela blanca.

         Luego, cuando regresaba, decía mi tía:

         —Pero, niño, ¿es que te comes hasta las cáscaras? Porque es que no sé dónde las echas. Luego no dejas ni una.

         Y yo me recriminaba interiormente por mi olvido y me proponía en silencio que la próxima vez me llevaría de mi casa algunas cáscaras en el bolsillo para dejarlas en lo alto de algún sitio. El caso es que mi tía las viera y no se extrañara; que no fuese a pensar lo que no era (pero que, en realidad, sí que lo era, claro).

         Pero bueno, volviendo a mi tía, lo cierto es que, arritmia o lo que fuese (tal vez su antiguo novio pugnando por revivir en el corazón de sus recuerdos), ella resistía una y otra y otra crisis más a base de abanico y balcón abierto. Y un algo de soledad. De modo que no era raro que aceptase hacerse cargo de la caterva de sobrinos que sus hermanos, excepto Alfredo naturalmente, le confiaban en el verano; y es que, según le repetían una y otra vez, “lo mejor para la arritmia es el cortijo. El aire puro, vamos. Y mucha distracción”. Y allá que me la enviaban. O que se dejaba ir ella, que esto no lo he podido nunca saber con certeza, reservada era y callada en lo que le atañía como ella sola.

         Nos metían a todos en un autobús viejo, viejo, viejo, de los de antes de la guerra, que soplaba y resoplaba apenas arrancaba, quejoso y lento él; luego, nada más empezar a acometer las primeras cuestas de Alhama, al salir de Gádor, le atacaba un algo. Entonces el conductor lo paraba, abría la portezuela y, diciendo muchas cosas importantes en un runruneo más bien alto, alzaba la cubierta del capó que humeaba y bullía alegremente mientras mi tía se santiguaba una y otra vez y nos ordenaba inútilmente con su vocecilla semirrebelde:

         —¡Vosotros no oigáis nada de lo que dice! ¡Os digo que no oigáis nada! ¡Pero que nada, vamos...!

         Así seguía, intentando tapar con su vano reclamo el monólogo rudo del conductor que se colaba atropellado y vibrante por los abiertos ventanales. Y nosotros, naturalmente, guardábamos un silencio inmóvil y reverente mientras aprendíamos un vocabulario totalmente nuevo y muy, pero que muy interesante.

         Rosa, desde allí atrás, hacía sonar su risa turbadora sin parar, sin parar, sin parar...

         Estaba el cortijo allá abajo, en el río, pasado Alhama; con un sin fin de habitaciones recién encaladas siempre; y su acceso por entre los cañaverales y un puentecillo sobre un canal, la Toma lo llamaban, porque de allí tomaban el agua del río cuando la había. Una cuestecilla, breve y empinada, y, de momento, el porche; siempre con sus gallinas picoteadoras y pensativas, como abstraídas, como muy en lo suyo, vamos, como debe ser. El perro, dormitando perpetuidad cabe la puerta de entrada, bajo el sol, los ojos legañosos, dos patas por delante, la cabeza encima, la vida aparentemente ida.

         Por las noches Antonio, que tenía el cortijo en arriendo sobre unas ciertas bases bajo la tuerta pero atenta mirada de mi tío Alfredo, colgaba un par de candiles en el porche, a veces carburos, y, tras encender un pitillo en la llama mortecina, se retiraba a la cocina, algo más allá. Desde allí nos llegaba de vez en cuando el entrechocar de las botellas en los vasos y el rumor de su sonsonete sobre sulfatos, abonos, piojos, moscas, injertos y otros temas carentes de interés, mezclado con los graznidos de mi tío Alfredo, el cual invariablemente llegaba al cortijo dos días después de haberlo hecho nosotros.

         Era entonces cuando mi tía, desde su silla de anea vieja, nos desgranaba historias y más historias del río abajo; unas eran graciosas y nos hacían reír; otras, largas y no tan divertidas, nos hacían movernos en un constante sin-cesar. Porque no vayas a creer que estar sentado en el suelo de cemento de aquel porche era cómodo, aunque fuéramos criajos de entre ocho a catorce años excepto Elisita, algo mayor. En ocasiones se nos encogía el corazón y mirábamos con disimulo hacia los bultos en sombras de los naranjos que se adivinaban más allá, todo alrededor a nuestra espalda, en la penumbra que los candiles no lograban desvelar.

         La única que no se sentaba en el incómodo cemento era la Princesita, como llamaba mi tío Alfredo a la mayor de todos nosotros; mi prima Elisa; o Elisita.  Elisita Pómez, como supe más tarde (entonces no) que era conocida por toda la ciudad. No Gómez, ¿eh?, fíjate bien, que es nuestro verdadero apellido; no: Pómez. Transcurrido el tiempo me enteré del por qué del apodo: se la “había pasado por la piedra” media Almería. La mitad masculina, por supuesto. Y como la piedra en cuestión, en este caso la piedra pómez, y Gómez, nuestro apellido y el de mi prima, son tan parecidos..., pues, eso..., ¿lo pillas, eh?, ¿comprendes la almendrita de la cosa?, bueno, ¿verdad? Típico humor almeriense. Aunque yo sigo sin verle la gracia por ningún lado.

        Sí que entendía mejor el sobrenombre cariñosillo que mi tío le aplicaba mientras le pellizcaba con soltura los pétalos de la mejilla. Y es que Elisita parecía una princesa, tanto por su porte como por su lejanía y arrogancia. Y como tal, y como que era la mayor, se había procurado su particular trono en el porche: una piedra maciza y cuadrada que le servía a Concha para partir almendras. Desde allí, la Princesita soportaba con aburrida indiferencia el paso de la noche, de los días, y del verano, levantándose tarde y sufriendo con reprimida resignación el retiro monacal impuesto por unos padres hoy sé que, por aquellos entonces, achicharrados.

         Porque no era fea, Elisita. ¡Qué va! Más bien guapa, mucho, como todas las hembras en la familia. No con la belleza virginal de mi otra prima, de Celeste Elena (más joven ésta, además), sino con el lejano, frío, desdeñoso distanciamiento de una diosa hecha de ese mármol helado y tan soberbio que es el de Macael.

         En nuestra infantil ignorancia la teníamos por medio tonta. Hoy, ¿qué quieres que te diga? Pilló a un paleto algo acomodado que había venido a hacer la mili a la ciudad y, la última vez que la vi, se había convertido en una matrona seria y distante, de dedos morcillones llenos de gruesos anillos al extremo de unas rollizas muñecas repletas de pulseras que chasqueaban cuando las movía. La viva estampa de su madre ya. Creo que anda por Cáceres. Ella, digo; no la madre, que murió hace muchos años. De todas formas, la vida me ha ido enseñando a entender ciertas cosas y a disculpar otras. Otras, aún más.

         De todos nosotros el menos afectado era Fernando, el menor de mis primillos, que era un criajo de ocho o nueve años, y que tenía la costumbre de cagar diariamente, ¿debería haber dicho hacer de vientre, o de cuerpo, o aliviarse?, bueno, pues de aliviarse subido a lo más alto de la única higuera del cortijo, la que estaba junto a las cuadras, justo a las espaldas de la vivienda, al lado opuesto del porche. Pero es que Fernando, con ser el más joven, andaba casi todo el día corriendo y danzando de aquí para allá y por eso, cuando llegaba la noche, no había abierto aún mi tía la boca cuando él ya había cerrado los ojos. Luego, había que despertarlo y subirlo a la cama; pero de todo eso se encargaba Concha, la mujer de Antonio, o Conchi, su hija. O Rosa. Y lo acostaban sin que él se enterase de que lo hacían, mientras los demás todavía remoloneábamos de aquí para allá con la esperanza de arrebañar algún ratillo más.

         Por cierto que ahora que recuerdo hubo una época en que anduvo un tanto perseguido por mi tío, e incluso diría que no era muy bien visto por su único ojo; y todo porque mi tío pasó en un momento inadecuado bajo la higuera en cuestión. La higuera de la que he hecho mención con referencia a cierta costumbre cotidiana de mi primo Fernando.

         —¡No, si estreñío no está el jodido! —repetía mi tío después, todavía furioso, mientras se lavaba y refrotaba su diminuta y ofendida calva (la de pajarito pelado, ya sabes) en el sitio más cercano al que en su premura y urgente apremio había podido echar mano: uno de los bidones que estaban colocados en el lateral del cortijo para recoger agua de lluvia, y que luego hubo que tirar toda. Entonces añadía, como con furioso deleite anticipado:

         —¡Cuándo lo coja...! ¡Le voy a enseñar yo a éste a...! —Y especificaba algo de lo mucho que tenía en proyecto para el chaval.

         —¡Vamos, vamos, Alfredo —se horrorizaba mi tía—, que es un crío! Y tampoco es para tanto. Está claro que el niño no lo ha  hecho con malicia...

         —¿Que no? ¿Que no? ¿Dices que no? ¡Pero si caga como una mala bestia, maldita sea! ¡Y encima me dices tú eso! ¡Tú espera a que lo coja...!

         Y dejaba la amenaza en el aire y se refregaba la calva con furia; más bermellona se le iba poniendo cada vez.

         Aunque mi tía Remedios logró finalmente medio calmarlo, durante largo tiempo después mi tío miraba atravesado y se le enrojecía su único ojillo cuando lo posaba en Fernando. Y eso pese a que un par de días más tarde Fernando estuvo a punto de morir: estaba pescando cerca del porche (no sé qué se podría pescar en aquel trozo descubierto del cauce principal, La Toma, como le decían) junto a José Antonio, el zagalejo hijo de los cortijeros, el cual era de la edad de mi primo más o menos, cuando resbaló, cayó al cauce e iba siendo arrastrado por las aguas camino de la negrura techada donde aquél se perdía cuando, a los gritos de su hijo y porque Concha estaba cerca, logró ésta asirle del pelo y sacarlo empapado y cloqueante como un polluelo semiasfixiado. Y de momento que se medio recuperó se puso a renegar y quejarse, encima, duramente enfadado en apariencia porque no tenían que haberlo sacado, decía, ya que no se había resbalado, “¡Resbalarme yo, ¿YO?!, Pero, pero, ¿tú qué dices?”, sino que se había dejado caer a propósito para cogerlo.

         —¿Coger? ¿Coger qué?

         Ah, eso nunca pudimos averiguarlo; pero lo que sí estaba claro es que lo tenía prácticamente en la mano.

         —¡Y entonces va y va y me saca! Pero, y digo yo, ¿quién le ha dicho que me saque, eh? ¿Por qué me ha tenido que sacar, eh? ¿Acaso la he sacado yo alguna vez a ella, eh? —Así siguió durante largo rato, mientras mi tía dale que te pego al abanico. Del pasmo, claro.

         Sin embargo, a pesar de ello, nada; se le notaba a mi tío que aún se la guardaba y que Fernando no era santo de su devoción. A decir verdad, luego siempre he creído que el único objeto de su devoción era él mismo, puñetero recocido. E, indudablemente, no era ningún santo, como he ido viniendo en saber después.

         El trozo semidescubierto de cauce... Aún, pese a los años que han pasado, no he podido olvidarlo. Allí era donde iban a llenar los cántaros de agua para beber; en una fuente que brotaba de uno de los laterales. Íbamos, debería decir.

         En realidad eran Rosa y Conchita, la hija de Concha, quienes ponían los arreos a las mulas y bajaban con los cántaros vacíos. Pero yo estaba al acecho siempre que podía y me iba con ellas.

         Desde que sucedió lo de Fernando, mi tía solía decir:

         —Mejor que no fueras, Paquito —que es como me llamaban—, no vayas a caerte y para qué queremos más.

         Pero Rosa y Conchi la apaciguaban entre risitas divertidas y chirriares semicómplices:

         —No se preocupe, doña Remedios, no se preocupe; si nosotras tenemos cuidado de él —cacareaba tranquilizadora la una.

         —Y, además, a él le gusta venir —coreaba más divertida aún y con sorna bien perceptible la otra—, ¿verdad, Paquito?

         —Ya verá usted cómo se lo devolvemos tan sano y salvo como nos lo llevamos —remataba la primera, maliciosilla y socarrona ella, como buena hembra almeriense.

         De modo que allá que me iba. Y me quedaba embobado viendo cómo, para no mojarlas, se remangaban las faldas a medio muslo y se las recogían con la entrepierna cuando se iban a meter en el cauce. Porque había que entrar en el cauce para poder llenar los cántaros.

         Y yo sólo veía retazos de piel blanca, blanca, blanquísima y turbadora por entre el cascabeleo tentador de risitas y voces de plata juguetona, sobre un fondo de zumbido de abejas y abejorros y olor a hierbajos húmedos y brotar del agua clara y limpia y...

         ¡Pero, nada, hala, ya he vuelto a mis recuerdos de aquellos veranos!, y eso, a ti, no creo que te interese. Ni es sobre lo que te voy a contar. Porque yo de lo que te voy a hablar es de las historias del porche y, en particular, de una de ellas que me impresionó de tal manera que aún hoy, después de tantos años, todavía me parece estar oyendo la voz de mi tía a lo largo de aquella noche.

         Yo procuraba ponerme frente a Rosa y así, cuando la historia no me interesaba en demasía, intentaba penetrar en aquellas sombras oscuras y misteriosas, excitantes, que, ahora creo que intencionadamente o no, aparecían bajo las faldas de ella cuando cambiaba de postura sentada en el cemento del porche.

         —No debía usted contarles la historia del Leona —se atrevió a decir Concha la  noche que mi tía nos dijo que lo iba a hacer. Y eso era raro, porque Concha casi nunca decía nada.

         Ahora, a través del tiempo, recuerdo a Concha, la cortijera, la mujer de Antonio, como una especie de oráculo griego, a los que, a su vez y no sé muy bien por qué, me imagino resecos de años y viejos en experiencias. Vieja ella, por el trabajo de sol a sol; seca, por los hijos que le habrían chupado sus desvelos en noches de invierno solitarias en el cortijo, sin otra ayuda que la continua tardanza de su marido, seguramente haciendo algo necesario allá, en los bancales. A lo mejor, acechando el agua en los riegos de madrugada, con motitas de breves azadonazos entre pitillos liados a la luz lenta y pensativa de la luna.

         Si es que había luna.

         No había luna alguna aquella noche y tan sólo se oían los grillos y un leve susurro. El bulto de los bancales. La negra fragancia de los cercanos y escondidos naranjos. Y ráfagas del jazminero que crecía en la esquina, frente a la cocina.

         —¿Por qué no? —preguntó Rosa.

         —Porque el Leona está maldito. Por eso. Porque está maldito y esa historia nos da miedo a todos. A nadie de los del río nos gusta recordarla. Y... además, trae mala suerte.

         Ya los ojillos prevenidos de mi primo Emilito parecían estar hurgando subrepticiamente en las esquinas a donde no llegaban los candiles y, luego, incluso miró con disimulo hacia atrás, hacia donde las sombras de los primeros naranjos y aquellos ruidos parecían haberse convertido tan de pronto en un murmullo amenazador. Y su hermano, Joaquinitito como le decía mi tío Alfredo con cierto cachondeo, también parecía algo azorado y por eso se pegaba a la figura más joven, pero recia, dura y reseca de José Antonio, ajeno éste a todo también en su semidormido cansancio. En cambio, Celeste Elena seguía el diálogo con su rostro angelical y sus ojos que iban de una a otra, como esperando a ver en qué quedaba la cosa. Fernando ni que decir tiene que, reclinado en la encalada pared, se aplicaba a respirar con la adormecida regularidad de un día bien aprovechado.

         Elisita, perdida en sus sueños de la ciudad lejana.

         —Pero, bueno, ¿cómo puedes decir eso? —se enceló mi tía—; de esto hace muchos años ya. Fue mucho antes de la Guerra.

         —Pero el Leona sigue estando por aquí —continuaba obstinadamente Concha mientras se santiguaba con los sarmientos secos de su mano—, por el río. Todos lo sabemos. Por eso no dejamos a los niños que la...

         —¡Mira, mira, Concha, esto sucedió hace ya muchos años! —intentaba hacerle razonar mi tía. Entonces, tras breve pausa:— Y, además, todo esto pasó en Gádor —declaró finalmente, obstinada en hacer valer su criterio sobre el de Concha que, al fin y al cabo, no era sino la cortijera.

         —Y, ¿está muy lejos Gádor? —preguntaba con un deje temeroso Emilito, abandonando un instante la disimulada vigilancia de su retaguardia.

         Bueno, el caso es que pasábamos por Gádor para llegar al cortijo. Estaba aproximadamente a la mitad del camino, después de los tres pasos a nivel e inmediatamente antes de iniciar la cuesta de Alhama y de Santa Fe, la de la letanía del conductor del autobús y las órdenes desoídas de mi tía y la risa abierta de Rosa. Pues ahí estaba Gádor.

         En aquellos entonces era el pueblo más rico del río; como estaba en la curva donde éste finalmente se ensancha a lo que da, los naranjales se extendían en un mar interminable a ambos lados del cauce, que ya era tan sólo una pelada y amurallada línea seca en la distancia y semioculta por el verdor oscuro y rebosante. Y aquellos naranjos, ¿sabes?, aquellos naranjos se tornaban en un mar de plata olorosa en los inicios de la primavera, en un  río de oro en el verano tardío.

         Los mayores capitales de la provincia estaban allí y eso se notaba en las casas, de seriedad adornada y balcones cerrados; en la iglesia, con los Santos de más tronío del entorno, y que le hacía la competencia a algunas de las más ricas parroquias de la capital; en los almacenes, muchos que eran y dedicados todos al envase de las naranjas, plenos a rebosar de risas y chanzas femeninas y olor a madera y hembras sudorosas. Y, sobre todo, en el Casino.

 

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