El mal de ojo

 

02

 

EL CASINO

 

         Del Casino de Gádor en aquel tiempo se contaban muchas historias, no te sabría decir si ciertas o no; me supongo que, como en tantas otras cosas suele pasar, de todo habría. Mi tía, eso sí, no llegó a mencionarlas en aquellas noches del porche en el cortijo. Algunas de ellas las he ido conociendo después.

         Hace unos años, por ejemplo, un viajante de joyería (de baratijas, más bien) me contó, por sobre unos vasos de vino en la cantina de la estación-apeadero de Fuentesanta, cómo era fama por la zona que el Leona había sido el mayor poseedor de tahúllas de naranjos de todo el río; y la clase de pájaro que había sido, además. Y algo del Casino también me dijo.

         La noche era lluviosa; la cantina de la estación, aparte de nosotros dos y de la vieja y semidormida cantinera, estaba solitaria. Nuestros trenes, de sentidos opuestos, no tenían  más retraso del habitual. De modo que por delante había tiempo más que demasiado para pasarlo en soledad. Y hablando, hablando, vinimos a dar  en el tema del Leona; tal vez, no recuerdo bien, fue porque él era de Gádor o iba hacia allá. O porque al mencionar él Gádor yo me acordé del porche del cortijo, cuando niño, tantos años antes; y de los naranjos y los candiles y algún que otro carburo; y de Concha, la cortijera, y de mi tía Remedios, que hacía ya tanto tiempo que habían muerto. Y, de entre las historias que entonces nos contaba, aquella del Leona. La que más me había afectado.

         De manera que terminamos hablando de ello.

         Se veía de momento que sabía del tema; más de lo que nos confiamos aquella noche. Aunque, claro, tampoco lo puedo asegurar. Es la impresión que saqué para mí; y que me callé.

         El Casino había sido un edificio grande e impresionante, una antigua casona señorial de dos pisos con múltiples habitaciones en las que a veces se cerraban los tratos más cuantiosos con un simple apretón de manos; y eso era tanto o más válido que cualquier documento escrito, firmado, sellado y rubricado de los de hoy día. En pequeña parte porque casi nadie sabía escribir o leer, contar sí; de modo que raro era el que firmaba o redactaba salvo en aquellos casos tan singulares en los que había que acudir a la capital. En gran medida, además, porque los tiempos y las costumbres han cambiado, y hoy día las palabras se las lleva el viento y los papeles parece que también; a menos que andes listo y despabilado y con los ojos bien abiertos como mochuelo muy atento, muy, muy atento, puedes venir en dar con lo que no quisieras para ti y otro sí; entonces no era así.

         Al piso superior del Casino sólo podían acceder los socios; y aún no todos. Luego, al fondo de un pasillo con habitaciones a ambos lados y en las que a veces parecían oírse risas femeninas y otros ruidos singulares, había una puerta que generalmente estaba cerrada.

         Por la noche, y con frecuencia durante el día también, en aquella pequeña habitación estrictamente privada, sin más ventilación que la puerta cerrada y sin más luz que la de una bombilla desnuda, corrían ríos de oro en billetes por el tapete verde. Bajo los ojos hambrientos de unos, desesperados de otros, orgullosos incluso de los menos, pero indiferentes siempre del Leona, el dinero se movía ora con el correr alegre y semicontenido de un arroyuelo naciente en la montaña, ora con la furia virulenta de una tormenta en el otoño mediterráneo. En medio de una selva de dedos engarfiados al borde de la mesa, o asiendo con ávida ansiedad una mano tenida por buena, él sacudía apáticamente con una uña gorda y negruzca la ceniza de su cigarro puro habano; como si con él no fuera. Indiferente y frío a todo: Que perdía unas tahúllas, ¡pues bueno! ¿Qué importancia tiene un grano de arena en un desierto inmenso, una gota de agua en un océano? Que las perdía otro, ¡pues bueno! ¿Quién le había obligado a jugar? Porque el que acudía allí lo hacía de su propia voluntad, ¿no? Pues, entonces.

         De manera que este viajante que te digo me contó cómo cierta noche, a mitad de una mano entre el Leona y don Emilio, que era otro señorito a quien por el pueblo llamaban Culito de Pollo a sus espaldas, dijo don Emilio:

         —¡Bueno, Leona, pues me has pillado...! La verdad es que no puedo subir más... —Y rubricando una risita nerviosa:— ¡Me has dejado pelado!

         Eso ya lo sabían los cinco que rodeaban la mesa, don Emilio incluido.

         El Leona, con su sorna fría, desinteresada, observaba:

         —Hombre, Emilio, quien no tiene para jugar, pues no juega. Sino que se queda en casa, bien recogidito junto a las faldas de la mujer, y no viene a donde venimos los hombres.

         El insulto era tan evidente como injusto puesto que don Emilio llevaba años viniendo al Casino y jugando como el que más. Sólo que ahora había tenido una mala racha tan larga como que había venido a acabar en aquellas últimas cartas que apretaba con fuerza de nudillos blancos mientras se mordía los labios en un ensimismamiento nervioso.

         —Con estas cartas no puedo perder —musitaba como para sí.

         El Leona echó mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una cartera abultada por repleta. Se humedeció el dedo gordo por entre los labios y, contando con tediosa lentitud hasta diez billetes, los arrojó con descuido sobre la mesa.

         —Te subo esto.

         Las perlitas de sudor de don Emilio resbalaban mejillas abajo. Miraba sus cartas y luego, ocultándolas contra su pecho, posaba sus ojos desorbitados en los otros tres que, además del Leona, asistían a la partida; ahora mudos y expectantes ante el cariz que ésta había tomado de unos minutos acá. Aunque lo cierto es que esto se estaba viendo venir desde hacía días ya. Semanas, incluso.

         Todos eran “señoritos” y tenían tahúllas de oro naranja, casas grandes en la capital, y cortijos o mansiones en Gádor. Fumaban puros habanos y el humo que habían ido exhalando era como una espesura condensada y continua, maloliente y blanca que llenaba la habitación. Eran ricos.

         Sólo don Emilio y su mala suerte. Porque don Emilio había sido como ellos; pero, últimamente, sus rachas..., que no le habían abandonado, noche tras noche. Ahora era patente que sólo le quedaba lo que había en la mesa y unas cartas apretadas contra el pecho por unas manos temblorosas.

         Nadie se atrevió a hablar hasta que don Emilio rompió el silencio con ráfagas de voz insegura:

         —¡Pero, hombre, Leona... Si no tengo con qué responderte...! No me puedes hacer esto... No puedes subir más de lo... Sabes que no me queda nada... —terminó por confesar don Emilio con voz trémula.

         Lastimosamente.

         El Leona parecía chancearse:

         —Vamos, vamos; si con esa mano no puedes perder, ¿no? O, ¿o es que vas de farol?

         Y el otro, don Emilio, que, acorralado por el tenso silencio de los demás, le aseguraba:

         —¡No, no, no puedo! ¡Es imposible...! Pero, pero si me subes la mano, ¿con qué te voy a responder? ¡Sabes que he llegado a mi límite! —casi suplicaba—. No es... No es... ¡Me has ganado todo...!

         Dejó el Leona sus cartas boca abajo sobre la mesa, cogió la gruesa cartera y, contando muy despacio otros diez billetes más, los arrojó sobre los otros. Entonces, con lenta parsimonia, se guardó la cartera y, avanzando las cejas peludas, clavó los ojos castaños en los verdiazulados de don Emilio:

         —Todo no.

         Nadie respiraba. O, al menos, no se les oía. El humo de los habanos subía en líneas rectas desde las manos olvidadas, inmóviles, hasta deshacerse en una atmósfera de corazones contenidos.

         —Te queda la Frasca, —susurró el Leona.

         Todos sabían que doña Francisca, la mujer de don Emilio, aún estaba de muy buen ver. Y que el Leona, con un intencionadamente mal disimulado descaro, se le quedaba mirando siempre que se cruzaba con ella. De ello se había dado cuenta hasta don Emilio, a quien la posesión de su mujer y el conocimiento del deseo insatisfecho en el Leona le habían ido llenando de un orgullo de lo más placentero.

         Hasta entonces.

         Se quedó quieto, ni respirar parecía viendo como el Leona se echaba lentamente hacia atrás en la silla, con una seguridad exasperante volvía a sacar la consabida cartera y, sin apartar la vista de los ojos de don Emilio, volvía a separar otros diez lentos billetes.

         El montón que había ahora sobre la mesa era ya importante. Hasta para los contados asiduos a aquella habitación.

         Don Emilio, las cartas inconscientemente apretadas aún contra su pecho, bajó los ojos y contempló el montón de billetes.

         —Con la mano que llevas, no puedes perder —le recordó el ronco murmullo del Leona. Un susurro incitante en su frialdad de hielo.

         Pasaron unos instantes tensos. Allá afuera el frío de la noche de invierno probablemente recorría un Gádor solitario. Había llovido un rato por la tarde. Después había escampado y los cielos se habían despejado. Ahora seguro que las calles estarían salpicadas de charcos de estrellas. En los naranjales olería a tierra recién mojada. El reloj de la iglesia seguía desgranando lentamente su camino desde las dos hacia las tres.

         Pero en la habitación todo era silencio de respiraciones contenidas, y un calor asfixiante de camisas desabrochadas y cuellos peludos y gruesos, como de toros. Sudando tan sólo. Y humo.

         —La veo —susurró al fin don Emilio, roncamente, sin levantar la vista del grueso montón de billetes.

         —¡Un momento! —cortó el Leona, anticipándose a la acción de don Emilio, que había empezado como a enseñar sus cartas.

         Esta vez no se había guardado la cartera en el consabido bolsillo interior; la había depositado a su lado, sobre el tapete verde, junto a su codo.

         Tomándola, la abrió y volvió a contar otros diez billetes más. Entonces los empujó, con sus uñas negras de dedos grandes, hasta unirlos al montón principal.

         —¿Qué...? —balbuceó don Emilio alzando temeroso los ojos al encuentro del rostro impasible del Leona; fijándolos en aquellas dos chispas de acero, bajo las gruesas cejas; en los dientes semiabiertos en una sonrisa fría de nicotina.

         —Tú tienes que estar delante —susurró—. Y estos señores, también. —Y, mirando alrededor, preguntó:— ¿Eh, señores? ¿Conformes?

         Por un instante don Emilio perdió el color e hizo ademán de querer abalanzarse sobre el Leona, aunque unas manos previsoras y rápidas se posaron sobre sus brazos y le forzaron a sentarse otra vez.

         —¡Eres una rata, maldito hijo de la gran...! —silbaba don Emilio.

         Pero el Leona, indiferente a todo, miraba la ceniza de su puro habano y con una uña negra la hacía caer al suelo, mientras preguntaba con voz ajena, como si con él no fuera:

         —¿Hace o no?

         De lo que pasó luego, mi viajante no se excedió en, o no quiso, darme cuenta demasiado meticulosa. Me describió, eso sí, retazos de cómo el Leona, de pie, recogía el dinero, igualando sin prisas los fajos de billetes antes de guardárselos en el bolsillo interior de su chaqueta; ante un don Emilio que, la barbilla hundida en el pecho, no daba más señal de vida que dos gruesos lagrimones que le resbalaban por las mejillas abajo. Tal que un condenado a muerte aguardando a que su verdugo esté presto.

         Tal que toro resignado permaneciendo paciente a que el puntillero acabe de acomodarse.

         Luego, el Leona apuró el vino que quedaba en su vaso y se fueron todos. Según el viajante, esa noche hubo cierto alboroto en la casa de don Emilio; pero como don Emilio era “un señorito”, y la gente del pueblo estaba acostumbrada a que a los “señoritos” lo mejor era dejarles solos, los postigos de las casas se cerraban, si es que había alguno abierto, y los oídos también. Que al día siguiente sería otro día y habría que madrugar.

         Tal vez fuera ese el motivo por el que nadie dijo haber visto al Leona y a otros tres “señoritos” más salir un par de horas más tarde de la casa de don Emilio, entre alegres vozarrones y fuertes descargas de risotadas al unísono, y echar calle abajo. Aunque para mí tengo por cierto que sí que algunos les debieron ver.

         —¿Sabes dónde fueron entonces los cuatro? —me preguntó el viajante.

         —Ni idea.

         —Espera un instante, que voy a por un par de chatos más; de todas formas tanto tu tren como el mío tardan aún más de media hora, por lo menos.

         —En el mejor de los casos.

         Mientras él se acercaba al mostrador, yo intentaba imaginarme la escena en  la casa de don Emilio y de ninguna de las formas me cuadraba. De modo que cuando volvió, haciendo equilibrios con los dos vasos de blanco, le pregunté:

         —Pero, bueno, oye, mira, lo que yo pienso es que si una mujer no quiere acostarse con otro, ¿no...? Y más estando su marido delante, ¿no?

         —¿Y yo qué quieres que te diga? Te cuento lo que pasó. A lo mejor, despecho; por parte de ella, dolida al verse objeto del juego de su marido. O lo llevaba en la sangre, que las hay de ésas; aunque en este caso no lo creo; porque jamás había dado motivo alguno de dimes y diretes. O, lo que me parece más probable, el Leona era mucho Leona. Lo que sí que sé, seguro además, es que pasó así. Y aún pasó más. Pero anda, echa un trago y métele mano a las olivillas de aquí, que tienen fama.

         Lo de la fama yo ya lo sabía.

         —Así pues, cogieron los cuatro, que a don Emilio me lo habían dejado en su casa —decía con la boca llena—, y se fueron hacia el Casino otra vez; pero en el camino de vuelta tenían que pasar por la puerta de la taberna de uno al que llamaban el Moro, y otras veces Alfaiquí.

         —¿Y ése quién era? —le pregunté.

         A lo que parece el nombre, según me explicó, no era Alfaiquí, sino que éste era la adaptación al español de un nombre árabe no muy fácil de recordar. Ése era el motivo por el que también le decían el Moro. Llevaba en el pueblo como unos tres meses y, ¡pásmate!, había puesto una taberna.

         Yo, al pronto, no caí.

         —¿Una taberna? Y, ¿eso qué tiene de malo?

         El viajante me miraba como si le estuviera tomando el pelo o yo fuera imbécil o algo así.

         —¿Pero no te he dicho que era moro?

         —Sí. Y, ¿qué?

         —¡Pues que los moros no beben, hombre! ¿No te das cuenta? Y éste era un moro de verdad. De los que andan rezando a todas horas del día, y no comen tocino y, encima, tienen un montón de mujeres; aunque él no tenía más que una. De Gádor que era ella, además; buena muchacha a carta cabal y razón por la que no era mal mirado el moro. Y tampoco pueden beber vino ni licores. Alcohol, vamos. Y a él se le ocurre poner una taberna. ¡Lo que hay que hacer para ganarse la vida...! Claro que mírame a mí, sin ir más lejos.

         Se quedaba pensativo un rato, seguramente meditando sobre lo injusta que puede llegar a ser la existencia en su conjunto.

         —¿Qué me vas a decir? —Luego, le pregunté:— Oye, y ¿cómo se le ocurrió al Moro ir a poner un bar en Gádor? Porque Gádor es un pueblo pequeño, vamos, que no es muy grande, ¿no? Además, con el asunto de las guerras con África y eso, pues...

         —Chico, sí que lo es. Rico, más. Y el infeliz se creyó que aquello iba a ser una mina de oro. Y como encima su mujer era de allí; muy buena muchacha era, ya te digo. Y él, un infeliz... En realidad los cuatro gatos que entraban por allí lo hacían porque en todo el pueblo no había más que dos bares: el del Chupacharcos, que era más viejo que marrano, y el del Moro, que aunque en parte era también marrano, no era tan viejo. Bueno, lo de marrano con perdón de la mesa sea dicho, ¿eh?

         Bien, pues según me dijo parece ser que aquella noche, por mala suerte para el Moro, éste no había cerrado aún; quedaba algún que otro cliente de esos que siempre se rezagan, incluso en las peores noches del invierno.

         —¡Mirad! —dijo el Leona deteniéndose bruscamente—. ¿Qué os parece? ¿Eh? ¿No es intolerable? Porque somos cristianos, ¿no? —Los otros, quien más, quien menos, parecían estar de acuerdo en ello—. Pues, ¿cómo es posible que permitamos que haya un hereje en nuestro pueblo, un pueblo que de siempre ha sido católico, apostólico y romano? O por lo menos eso dice don Recesvinto.

         Cuando el Moro los vio entrar en su taberna, en principio se alegró. Llevaba poco tiempo en el pueblo pero sí el suficiente como para darse cuenta de la importancia de los personajes que se le iban acodando en el mostrador.

         —Cinco vasos del mejor coñac que tengas —ordenó el Leona.

         —Éste ser “Tres Cepas”; decir no ser malo —sugirió el Moro con sonrisa norteafricana llena de dientes blancos y amabilidad servil.

         —Pues de ése. —Y cuando estaba cogiendo unas diminutas copitas, el Leona inquirió:— Pero, ¿qué haces, hereje? —Y como el otro se volviese tras el mostrador dando señales de no comprender, él le dijo:— ¡Vasos, no dedalillos de juguete! Grandes. Así. ¿Entender, tú?

         Y con las manos indicaba el tamaño de lo que quería.

         Cuando de los cinco vasos grandes, cuatro habían sido ya vaciados, el Leona se volvió hacia el Moro y le dijo:

         —Ahora tú. Yo invito.

         El Moro, al pronto, quedó como algo cortado. Les miró perplejo. Luego esbozó una sonrisa y, con ademanes como de disculparse, levantando los hombros, mascullaba torpemente:

         —Yo no poder beber. Yo decir gracias; mochas gracias. Pero yo no poder. Pero yo sí agradecer, mocho agradecer...

         Y volvía a sonreír. Congraciante.

         Los ojos del Leona parecían hervir en hielo helado; su rostro de repente, petrificado en odio. Acercó el aliento al rostro del Moro y susurró, frío como la muerte:

         —¿Es que vas a despreciar una invitación del Leona, eh? —Una de sus zarpas se aferró al cuello del Moro, la lengua le silbaba, como de serpiente:—  Aún no ha nacido el hereje que me haga eso... —Un zumbido preñado de cólera:— ¡Bébetelo, jodido! ¡Ahora mismo!

         Sin saber cómo había sido, ahora tan sólo se encontraban ellos cinco en la taberna. Si había habido alguien más, y lo había habido, ya no estaba. Una enorme navaja había aparecido en la otra mano del Leona y no se apartaba del cuello del Moro mientras éste, con visible repugnancia, iba apurando el vaso.

         —Todo... Todo... —urgía sin cesar el bajo continuo del Leona.

         Después, cuando tras muchos aldabonazos en la puerta de la iglesia se oyó la voz cascada de don Recesvinto preguntando quiénes eran y qué querían a tales horas de la madrugada, el Leona respondió a grito pelado y ni una pizca de inseguro:

         —¡Abra, don Recesvinto, que le traemos un hereje que quiere convertirse! ¡Tiene usted que bautizarlo ahora!

         Don Recesvinto al principio creyó que se trataba de una broma. Cuando se dio cuenta de que tanto el Leona como los otros tres acompañantes iban en serio, y que le traían al Moro para que lo bautizara, bajó y les abrió la puerta.

         Al preguntar don Recesvinto, aún soñoliento, a la figura que era sostenida por cuatro de los señoritos del pueblo, que si quería ser cristiano, el Leona llegó incluso a enfurecerse:

         —¡Pues claro está que quiere ser cristiano! —Se volvía a la piltrafa a la que ayudaba a mantenerse en pie a su lado mismo:— Está rabiando por bautizarse —afirmaba con toda rotundidad—. ¡Vamos, díselo tú, hereje, para que don Recesvinto vea que es verdad! —chillaba a un Alfaiquí que, totalmente borracho, no cesaba de mover su cabeza de pelele en todos los sentidos—. ¿Ve? ¿Lo ve usted como sí, eh? ¿Lo ve usted? —gritaba, no se sabe muy bien a quién, sin dejar de zarandear la cabeza del otro.

         Le pusieron Emilio, en reconocimiento a don Emilio. Y a que el Leona se empeñó en que ese era el nombre que anhelaba el Moro. Para más seguridad, y para que don Recesvinto se terminase de convencer, se lo preguntaban al Moro una y otra vez; y éste movía y movía la cabeza de un lado para otro con la misma sonrisa estúpida siempre en los labios gruesos.

         —¿Ve usted como sí? —volvía a preguntar entonces el Leona.

         Don Recesvinto veía.

         El Leona hizo de padrino.

         Luego, cuando a la mañana siguiente apareció el cadáver de don Emilio (el “señorito”, no el Alfaiquí) colgando por el cuello con su correa atada a la rama del naranjo que hay frente al Ayuntamiento, un par de puertas más arriba de su casa, su mujer, doña Frasquita, tuvo que declarar, cuando pudo, que su marido y ella se habían acostado “como de costumbre”; y que cuando ella despertó por la mañana siguiente él ya no estaba a su lado. No tenía ni idea de cuándo se había levantado, pero era seguro que lo había tenido que hacer en silencio para no ocasionarle a ella ni la más mínima molestia.

         Se enteró de la desgracia porque una vecina vino a darle cuenta de su recién  estrenada viudez.

         Don Recesvinto, el párroco, logró que se le concediera la gracia de darle cristiana sepultura, pese a tratarse de un presunto suicidio más claro que el agua; para ello hubo de hacer un viaje a la capital de la provincia y entrevistarse con una alta jerarquía eclesiástica.

         El Leona le acompañó como valedor; y fue en gran parte debido a sus adecuados oficios el que llegaran a buen puerto tan delicadas negociaciones.

         El funeral, como el de todo buen “señorito” de Gádor, fue impresionante y, como de costumbre, la iglesia se quedó chica. El féretro, donado por un Leona que de esta forma quería cooperar a aliviar el dolor de la reciente viuda de su amigo, era el que únicamente gozaba de cierto espacio, allá, frente al altar mayor. Y don Recesvinto hizo una excelsa alabanza de las virtudes cristianas del difunto ante una multitud de endomingados venidos de la capital, y una masa de jornaleros que parecían algo violentos y muchos de ellos tenían una gorra a la que no dejaban de dar vueltas y más vueltas entre los dedos gruesos y callosos de sus manos nerviosas.

         —Y observad —acabó diciendo— cómo Satanás puede tentaros vuestra mente para que lleguéis, sin motivo alguno, ¿eh?, que esto es muy importante, ¡sin motivo alguno, recalco!, a cometer el mayor de los pecados: atentar contra vuestra propia vida. Si esto ha ocurrido con un hombre de tan elevados valores morales, pensad, hijos, ¡y estad siempre alerta, siempre!, porque las asechanzas de Satanás pueden venir por el camino por donde menos lo esperéis.

         Y es que don Recesvinto no se enteraba nunca de nada. O no quería enterarse. ¡Pero hablaba más bien!

         —¿Y el Leona? —le pregunté al viajante.

         Me miraba con sonrisa como de sorna:

         —Pues, allí estaba, como los demás. Casi presidiendo el duelo. Vamos, de risa. Doña Frasquita, con el rostro tapado por un velo negro, mirando al suelo y vestida de luto riguroso, se apoyaba en el grueso brazo de él. Y él, con su otro brazo, tiraba de doña Consuelo, su señora.

         Pero el viajante no parecía querer apagar la semisonrisa divertida, masticando sin cesar las aceitunillas y venga mirarme. Y es que, según finalmente me contó, un par de días más tarde abrió el Leona la puerta de su casa, entró y la cerró tras meter una figura semioculta en un rebozo negro.

         —Mira —dijo a doña Consuelo, que parecía no entender nada—, es la Frasca, la viuda del Culito de Pollo, que en paz descanse. Se viene a vivir con nosotros. De criada, ¿verdad, Frasca? —Y pasaba y pasaba sus manos rudas sobre la exuberancia trasera de doña Frasquita. Aunque doña Consuelo a lo mejor no lo podía ver, porque como estaban de frente...

         Sin embargo, el pueblo entero sabía que no era sólo de criada de lo que hacía la Frasca.

         —¿Y doña Consuelo? —pregunté al viajante—. ¿Cómo lo consintió?

         Me miró, los ojillos ya algo chispeantes por el vino:

         —Doña Consuelo era como un cirio de iglesia. Como un suspiro. Como un ratón huyendo por los rincones; temerosa de todo y, sobre todo, de su marido. Además, doña Consuelo ya estaba enferma, muy enferma. Luego, con el tiempo, la Frasca fue desplazando a doña Consuelo. La Frasca quedó para la cama, y doña Consuelo, para la Iglesia. Y es curioso: si un hombre tuvo alguna mujer que lo quiso de veras, como quieren las mujeres cuando quieren de veras, ése fue el Leona. Y su hembra, la Frasca. En parte, y por ello, pasó lo que pasó.

         Pero lo que había pasado ya lo sabía yo, porque nos lo había contado mi tía Remedios una de aquellas noches del porche en el cortijo. Y de otras cosas me enteré más tarde, preguntando aquí y allá.

         A lo lejos se oyó el silbato del tren. Parecía venir de abajo. Intentamos distinguir algo a través de los cristales de la cantina, sucios como estaban de carbonilla y tiempo. Sólo se veían los hierros paralelos de los raíles mojados bajo unas farolas mortecinas. Y un perro que, con el rabo entre las patas, no cesaba de mirar receloso hacia atrás mientras se perdía entre las sombras y el viento al otro lado del andén.

         —Ése es el tuyo —me dijo. Se volvió a la cantinera:— Es el Semis, ¿verdad? —le preguntó.

         El Semis le decíamos al Semidirecto a Granada.

         —¿Ves como no me equivocaba? —se ufanaba después.

         Antes de irme, mientras recogía mis maletas del rincón sin demasiadas prisas porque el Semis se detiene en Fuentesanta la misma eternidad que en las demás estaciones, me acordé de preguntarle:

         —Oye, ¿y tú cómo sabes todo esto? Porque tal y como lo cuentas y por las cosas que me parece que todavía te has callado, es como si talmente hubieras estado allí, ¿eh?

         —¡Tantas vueltas da la vida! —me soltó a modo de explicación.

         Pero eso no me aclaró nada, por supuesto; porque, aunque era tal vez algo mayor que yo, era seguro también que apenas sería un criajo cuando ocurrió lo del Leona. De modo que pensé que se quería quedar conmigo, o que el vino le estaba haciendo más efecto del que a primera vista aparentaba. Y que por las razones que fueran, estaba claro que no quería decirme cómo sabía lo que sabía.

         Y que lo sabía.

         —¿Y del Moro? —le pregunté.

         —Bueno. A ése todos le llamaban desde entonces don Emilio; y él intentaba convencerles de que su nombre era Alfaiquí. Que lo de don Emilio era una broma. Una broma que rió el pueblo entero. Menos don Recesvinto, que seguía diciendo a quien quería oírle que el Moro le había pedido el bautismo y él se había limitado a dárselo. Y que lo del nombre de Emilio había sido una lamentable coincidencia con la muerte de un vecino tan querido en el pueblo y que llevaba ese mismo nombre; pero que él se lo había puesto porque el padrino aseguraba que era el que quería el Moro. Y que cuando él, don Recesvinto, le preguntó al Moro, éste había sido rotundo, afirmando reiterada y claramente con la cabeza varias veces. Y que había aceptado ese gesto afirmativo como válido por entender que se lo permitía así el desconocimiento que de la lengua española tenía el Moro. Y que...

         Que, vamos, don Recesvinto no se enteraba nunca de nada. Si quizás hasta tuviera razón. Todos, mondos y lirondos hoy día. Buena persona dicen que era, pedazo de pan y eso. Así que, ¿qué más daba que quisiera o no enterarse?

         —Pero el Moro se fue del pueblo al poco —acababa el viajante a modo de despedida cuando yo estaba saliendo de la cantina— porque cuando vino a pasar todo aquello ya no estaba allí.

 

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