El mal de ojo

 

03

 

EL LEONA

 

          Cuando doña Consuelo, según nos contó mi tía, se comenzó a sentir enferma, no se lo dijo a nadie; sino que arreció en sus rezos y desvelos eclesiásticos. Y desgranaba rosarios como otras desgranan maíz, moviendo aquellos dedos blancos y largos con la ágil presteza de una experimentada realizadora de encajes de bolillos milenarios. Pero que ella estaba mal era una certeza a los ojos de todos.

          Siguió yendo a la iglesia mientras pudo, moviendo aquella tosecilla seca y repetida por los estrechos vericuetos del amanecer de Gádor, deslizándose en un negro y fugaz suspiro apenas adivinado antes de que la campana diese el segundo toque para la misa de siete. Se sentaba siempre en el mismo banco. Una mancha. Una cucarachita negra, inmóvil y huidiza que se hacía notar tan sólo por la tan inútilmente reprimida tosecilla.

          Y a la que tanto el Leona como la Frasca no dejaban de hacer agrias observaciones; cuando no el uno, la otra:

          —Pero, bueno, ¿es que no nos vas a dejar en paz, eh? ¡Caray, con la mujer! ¿Te crees que estás tú sola en la casa?

          O, y éste era uno de los preferidos del Leona:

          —Te podías meter la jodida tos por... —E indicaba a renglón seguido partes  íntimas de la anatomía de doña Consuelo.

          Doña Consuelo se tornaba en un rojo de asfixia hasta que reventaba en una nueva palmera de tosecitas y abandonaba corriendo la mesa para refugiarse en su dormitorio, el antiguo dormitorio de los invitados. Y allí, aferrada a su rosario ya brillante por el uso continuado, o a un libro de tapas negras que trataba sobre no sé qué cosas de no sé qué santos, asiéndolo fuerte como el guerrero el arma con la que va a emprender una batalla incomprensiblemente perdida de antemano, se recluía en su mundo de misterios y oraciones y de gentes que habían sido tan buenas, tan buenas, tan buenas, que ahora mismo estaban ya en el cielo habiendo dejado atrás todas sus desazones y sufrimientos.

          Y otra vez, imposible de resistir por más tiempo, la tosecilla que salía de su pecho hundido, tiñendo en rosa ardiente su exaltación interior. Callada. Sufriente... Pero, ¿acaso no nos había hecho Dios a todos para sufrir?

          Así seguía.

          Y así pasaron más de seis meses y el Leona que no se cansaba de la Frasca. Incluso, a veces, hasta volvía del Casino cuando aún la Frasca no se había ido a la cama. Y jugueteaban desde el vestíbulo hasta el comedor y luego hasta el dormitorio principal, siempre con el suave trasfondo de las tosecillas tras de la puerta cerrada. Pero no importaba porque las risotadas de la Frasca y sus carnes prietas encendían un clamor de arrebato en el macho...

          Una noche se encontró el Leona a la Frasca en el vestíbulo, cuando los deseos de éste le hubieron hecho abrir la cerradura de la puerta con una mano mientras que con la otra se iba desabrochando la correa. Ella decía:

          —Oye, espera, que parece que ella está mal.

          “Ella” era doña Consuelo, de quien no hacían referencia sino con este apelativo.

          Cuando nos contaba esto, recuerdo que nos recalcaba mi tía Remedios:

          —Vosotros de esto no entendéis; así que no puedo deciros lo que hicieron el Leona y la Frasca mientras doña Consuelo llamaba con voz débil desde el dormitorio vecino y tosía y tosía rodeada de velas y rosarios y lamparillas en tazones llenos de aceite.

          Ni los candiles del porche podían ocultar el rubor que se extendía por las mejillas de mi tía, ya de siempre tan delicadas y sonrosadas como el cristal. Yo, sin darme cuenta, había fijado la vista en mi prima Elisita, quien tenía una sonrisa divertida animando aquel rostro eternamente ajeno y ausente, como en otro lugar. De las pocas veces que la he visto así.

          Hoy, para mí pienso que si nosotros entendíamos poco de aquellas cosas, o “esas cosas”, ella, mi tía Remedios, aún entendía menos. Por más que ella se las quisiera dar de doctora teórica de las mismas.

          El caso es que, según nos contó, los quejidos, las toses y los suspiros y arcadas de doña Consuelo hicieron al final mella en el corazón de la Frasca. Saltó de la cama, se envolvió en una bata, porque hacía frío y ella iba totalmente desnuda, y al instante estaba de regreso, mirando con los ojos muy abiertos y asustados y cogida a la jamba de la puerta del dormitorio, como para no caerse.

          —¡Ay, Leona, que se muere! ¡Está echando sangre a bocanadas! ¡Tiene la cama hecha un puro charco! ¡Y con cada tos echa más!

          El Leona, satisfecho y soñoliento, no se enteraba de qué iba la cosa.

          —Bueno... Y, ¿qué? —mascullaba. Y la respiración recuperaba de inmediato su ritmo normal de ronquidos.

          Ésta es la causa por la que, según mi tía Remedios, la Frasca no debía de tener muy mala sangre: a toda prisa se dejó caer un vestido por encima de la cabeza, se echó un abrigo por lo alto, y salió corriendo en busca de don Blas Praena, que era como se llamaba el único que se encargaba de curar a la gente. Cuando la curaba, que no solía ser lo más frecuente, y siempre que no estuviera en el Casino, que sí solía ser lo más frecuente. Y entonces no había forma de sacarlo de allí. Salvo por un caso de emergencia mayor, es decir, un señorito o similar.

          Gádor es pequeño; los pies de la Frasca volaron y sus gritos lograron al final sacar a don Blas de la cama y le hicieron asomarse al balcón.

          —¡Pero, bueno, usted se cree que éstas son horas, doña Frasquita? ¿Sabe usted qué hora es?

          —¡Don Blas, si es que se está muriendo! —chilló la otra.

          Fuese porque don Blas entendiese que el difunto en ciernes era el Leona, o fuese porque los chillidos de la Frasca alborotaban en demasía la calle, o tal vez porque “doña Frasquita” en sí misma era aún alguien (porque lo era en tanto lo fuese para el Leona), el caso es que tras un:

          —Ahora bajo —desapareció don Blas del balcón y apareció por la puerta un par de minutos después, el rostro malhumorado y una letanía ininteligible mientras seguía a doña Frasquita que le iba precediendo con la luz del carburo por las callejuelas de luna fría en un cielo sereno.

          Cuando se vio ante doña Consuelo no hizo nada. Ni siquiera abrió un maletín negro que había llevado con él.

          —Es consunción —confió a la Frasca—. No hay remedio que la alivie; que la salve, menos. Está prácticamente muerta. Nada que hacer.

          Y ya se iba. Como si la casa le quemara. Ni siquiera preguntó por el Leona. Claro está que tampoco hacía falta porque los ronquidos venían briosos desde el dormitorio vecino, tras la puerta cerrada.

          El entierro de doña Consuelo fue algo grande. Vinieron de la capital de la provincia las consabidas autoridades, varios politiquillos, todos los señoritos, prácticamente sin faltar ninguno, y hasta algún militar despistado. Damas pechugonas ataviadas con negras mantillas y ostentosos camafeos en broches prendidos al negro riguroso de sus exageradas protuberancias superiores. Y decenas y decenas de carruajes de lo más lujoso.

          Es que el Leona era mucho Leona.

          Don Recesvinto hablaba y hablaba de las virtudes de la difunta, de su humildad y su corazón de buena cristiana, etc. Nada dijo, en cambio, de cómo, hacía apenas una hora, habían tenido que sacar al Leona del Casino. En donde llevaba jugando desde que aquella mañana se dejara caer por allí para tomarse algo con que mitigar “la desazón”, como aseguró con aspecto satisfecho antes de encaminarse, como quien no quiere la cosa, hacia el cuartucho del final del pasillo del piso superior.

          Y es que, según él afirmaba a los que le apremiaban por el asunto del duelo y la misa de corpore insepulto, le había venido una racha de buena suerte y no podía dejarlo “por nada del mundo”. Al final le dijeron:

          —Mira que el cura no espera más. Y hay un montón de gente. La iglesia hasta los topes. Incluso ha venido hasta...

          Y nombraron varias autoridades. Pero fue la Frasca la que se presentó en la habitacioncilla del Casino con el mejor traje del Leona y logró llevarlo a tiempo para que acudiera a recibir el féretro a los pies de los escalones del portón de la iglesia. Y ella, ataviada de negro riguroso, lucía orgullosa su cuerpo apetitoso al lado del Leona.

          Después, tras aguantar él los abrazos y ser consolado en su pérdida por las autoridades y demás personajes, el duelo se despidió y los restos de doña Consuelo fueron conducidos a la cripta, quizás la más suntuosa de Gádor. Y allí quedaron. Y allí creo que aún siguen hoy. Y aquí acabó doña Consuelo para nosotros.

          Pasó algún tiempo, tal vez un par de años, y en ellos nada pasó. Salvo que poco a poco el Leona iba enflaqueciendo y perdiendo el color robusto que siempre había tenido. En un principio achacaron la pérdida de peso al mucho tiempo que pasaba en el Casino, sin comer apenas, y bebiendo y bebiendo tanto y tanto. Además, añadieron las  malas lenguas, “la Frasca es mucha Frasca; y una hembra tan prieta como esa, pide”.

          —¿Qué pedía, tita? —preguntaba Joaquinito desde su cobijo escondido junto al dormido José Antonio.

          —¡Ah! ¿Y cómo quieres que yo lo sepa? —se embarullaba mi tía. Aún más con las risas semitapadas de Rosa y de Conchi.

          —¡Y parecía tonto! —se decían entre ellas dejando escapar el jolgorio por entre los dedos de sus manos a los labios frescotes y los ojos chispeantes de picardía incipiente, traviesa, retozona. No sé qué querrían decir; porque a mí mi primo Joaquinito me seguía pareciendo, aparte de tonto, más bien como un tanto rarillo, rarillo, rarillo, sobre todo, además.

         Pero a lo que íbamos: no era sólo el peso lo que iba perdiendo el Leona; el color se le fue y le quedó un amarillento de lo más malo y de lo más feo; y con dos rosetones en las mejillas; y las mejillas hundidas. Y con ellas, cada vez más hundido también, aquel pecho de toro robusto. Y el cuello, que se le había quedado que le bailaba en la camisa.

          —Tienes que ir a que te vea don Blas —le repetía una y otra vez en la intimidad del dormitorio la Frasca. Pero él se limitaba a toser y venga toser con aquella tosecilla seca que tanto recordaba la de doña Consuelo. Y no decía nada. Ni hacía tampoco.

          Aparte de que ahora a don Blas casi nunca le veían. Y cuando se cruzaban ocasionalmente por la calle, porque Gádor no es tan grande como bien sabes, don Blas apretaba el paso y no se detenía a echar su parrafadita, como tenía antes por costumbre. Si acaso, mascullaba alguna excusa que sonaba como aturullada (que tenía que visitar a un enfermo o algo así); y seguía su camino y se dejaba atrás tosiendo a un Leona que no sospechaba.

          Además, ya no era el médico uno de los asiduos del Casino. No es que se le echara en falta al pronto, porque don Blas jamás había jugado fuerte. Pero sí que rellenaba; vamos, que hacía ambiente.

          Bueno; pues ya, tampoco.

          En dos o tres ocasiones la Frasca le había mandado recado, incluso había ido a su casa; pero le dijeron que no estaba. Y la mañana que el Leona no pudo levantarse, y en un golpe de tos se le vino como una salivilla roja de sangre, ella se plantó en la puerta de la casa de don Blas y llamó y gritó y aporreó hasta que se asomó la criada al balcón para decirle que el médico no estaba y que tampoco sabía cuánto podría tardar.

          —¡Mira, dile a don Blas que si no viene ahora mismo entro y le arranco el corazón con estas uñas!

          Y le mostraba la determinación de sus intenciones en sus ojos ardientes de ira y en sus dedos engarfiados como ganchos de romana, rompiéndose las uñas en el golpear frenético a la puerta, con desesperación de hembra de Leona enamorada, con el corazón encogido por la angustia de su premonición femenina.

          Cuando don Blas vio al Leona, ni siquiera llegó a abrir el maletín, y ello le dio mala espina a la Frasca.

          —Es consunción, Leona. Lo mismo de doña Consuelo, que en paz descanse.

          El Leona, con el miedo en el fondo de sus ojos hundidos bajo aquellas cejas aún más espesas, preguntaba:

          —Bueno; pero podrás hacer algo, ¿no?

          Don Blas reculaba y reculaba, maletín en la mano ya, alejándose hacia la puerta del dormitorio.

          —Yo sólo soy un médico de pueblo... Mis conocimientos no están al día... Medios limitados... —Para terminar en un apresurado consejo:— Lo mejor que puedes hacer es que te vea un especialista de la capital...

          Saliendo ya; porque se veía que estaba desesperado por huir de allí.

          Fue primero el Leona a un especialista de la capital e inmediatamente fue recibido por unos ojillos miopes que le miraban fijamente. Recurrió luego a otro; y a otro más. Todos eran más o menos igual: le recibían, le desnudaban el pecho, ahora lastimosamente enflaquecido, y le decían cosas y más cosas que apenas oía. Luego, cuando les preguntaba:

          —Bueno; pero podrán hacer algo, ¿no? —ellos respondían con palabras y más palabras que a él se le antojaban evasivas.

          —Nos vamos a Granada —decidió la Frasca al salir de una de aquellas consultas un anochecer.

          Él nada dijo. En parte porque le había venido un golpe de esas tosecillas secas que se le iban haciendo más frecuentes por momentos, y en parte porque el miedo le tenía agarrotada la garganta y no podía articular palabra.

          Y allá que se fueron. En Granada tuvieron que esperar horas y horas en una oscura sala llena de tosecillas como la suya; nadie le conocía y a nadie conocía él. Y, salvo las toses, todo era silencio. Y miedo...

          De vez en vez una puerta se abría y unos pies pasaban arrastrando a alguien  camino de la calle. Entonces entraba otro. Y así.

          Cuando le tocó el turno y la puerta se abrió para él, se halló frente a un enorme gigantón con una cabeza grandísima. Al pronto hasta el mismo Leona se impresionó; pero fue igual que el resto. Cuando acabó y el Leona le preguntó:

          —Y, ¿no se puede hacer nada? —el otro le contestó, mirándole a los ojos desde aquella enorme mole:

          —Mire, amigo: si quiere gastarse su dinero, pues yo le puedo recomendar un buen albergue en Madrid, en la sierra. Pero igual de tranquilo se va a quedar si el tiempo que le queda lo dedica a hacer lo que le agrade... O a rezar. Ha tardado demasiado tiempo en venir y su caso está ya muy desarrollado. Yo, al menos, no le veo posibilidad ninguna de recuperación. Aunque, ¡quién sabe! Nunca se puede decir. Como se está avanzando en todo tan rápidamente...

          La Frasca se empeñó y cuando salieron de la consulta tenían en el bolsillo una dirección en Madrid.

          —Verás —le decía ella—; si es que aquí no saben nada. Ya verás cómo en Madrid...

          Pero en Madrid me lo cogieron unas personas extrañas que hasta parecían tener miedo de hablar con él; le aislaron en una habitación a la que diariamente accedía una procesión de batas blancas. Tuvo que soportar de ellos un sin fin de órdenes tajantes en tono seco; y, luego, otra vez se iban inmediatamente, sin dignarse contestar a la ansiedad silenciosa de una incertidumbre desesperante. A los diez  días le llevaron a un despacho por el que se colaba a raudales el sol de primavera.

          —Debió usted haber venido nada más notarse los primeros síntomas —decía el de la barba de chivo—. Ahora es inútil, es demasiado tarde... Tuberculosis en fase terminal... no se observa respuesta aparente... muchos casos más esperanzadores que el suyo... la escasez de camas...

          —¡Malditos sean! —le gritaba la Frasca en el expreso de la noche, de vuelta ya, sin preocuparle que pudieran oírla—. ¡Y qué poca conciencia, pero qué poca conciencia! ¡Lo menos que podían hacer era intentarlo! ¡Pocas camas, pocas camas! ¡Que te pidan lo que quieran por una cama...! —Y volviéndose de nuevo hacia él, que seguía mudo y silencioso:— ¿Por qué no se lo has dicho, eh? ¿Eh...?

          Y así seguía, arrojando su desahogo y desesperación en cualquiera que se le viniera a las mientes exasperadas por la misma angustia que la invadía.

          En aquellos diez días en que no se habían visto apenas, ella también había cambiado bastante. Bajo los ojos tenía unas bolsas azuladas; y su cuerpo, descuidado y avejentado, ya no despertaba ansias algunas en el hombre que sentado junto a ella no acababa de creerse que eso le estuviera pasando a él.

          Habían ido a Madrid siguiendo un rayo de esperanza y volvían hechos dos viejos, a ratos con las manos de ella entrelazadas en la frialdad de las suyas. Y la eterna tosecilla, el dolor cada vez más agudo, la respiración más corta, el pañuelo más rojo...

          Cuando entraron en la casa, les pareció casa ajena. La veían con otros ojos: la cama, tan extrañamente grande para aquel solitario semiesqueleto que no paraba de toser; el comedor, ahora tan enorme para aquella otra diminuta figura en negro riguroso que se tapaba los oídos con desesperación cada vez que adivinaba un nuevo golpe de tos, otro sufrimiento agudo en aquel pecho de la cama que le dolía en la habitación de al lado.

          Y nadie con ellos. Porque ya se había encargado don Blas de que todos se enteraran de que lo que tenía el Leona era contagioso, como la peste de antes. Iba en el aire y se te metía dentro sin que ni te dieras cuenta, porque ni se veía ni se sentía ni nada. Y entonces ya no tenía solución.

          Te morías.

          Sin remedio.

          De manera que, si alguien tenía que pasar por la puerta de la casa del Leona, ahora daba un rodeo. Y cuanto mayor, mejor.

          ¿Visitas de los amigos? ¡En absoluto! Nadie había aparecido; ni tan siquiera para preguntarles cómo les había ido por Granada. O por Madrid. Porque todo el pueblo sabía que habían estado en Madrid también.

          Cierto atardecer se coló por la iglesia la figura negra y avejentada de la Frasca. Avanzó por uno de los laterales del templo y se quedó semioculta, esperando a que acabara la interminable letanía del coro de viejas.

          Luego, cuando tras mucho rato las esparteñas se fueron apagando y el templo se quedó vacío, se acercó a la portezuela que comunicaba con la sacristía. Allí estaba don Recesvinto. Sentado en una silla ante la mesa recia se escanciaba un gran vaso de vino tinto de una botella a la luz oscilante de un quinqué del que salía un hilillo de humo recto hacia el techo alto y en semipenumbra.

          Fue al alzar el vaso cuando la vio; y se quedó con él pegado a los labios durante unos instantes antes de bajar la mano y depositarlo en la mesa.

          —¡Chiquilla, qué susto me has dado! ¡Pero, pasa, pasa y siéntate! ¿Qué? ¿Cómo va el Leona? He oído decir que anda algo pachuchillo...

          Ella cayó de rodillas; el rostro oculto en la sotana, los dedos convulsos agarrotando la negra tela, la voz tapada entre gemidos y sollozos...

          —¡Se me muere, padre...! ¡Se me muere, don Recesvinto...!

          Y el pobre de don Recesvinto que, no sabiendo muy bien qué hacer y aprovechando que ella no tenía ni ojos ni atención para él, daba disimuladas palmaditas en la espalda convulsa mientras con la otra mano intentaba alejar vaso y botella hacia el extremo más alejado de la mesa procurando no hacer ruido.

          Cuando ella ya se iba, él le prometió:

          —Seguro. Mañana, después de la misa de diez, me acercaré para ofrecerle mi consuelo en tan duro trance. ¡Quién iba a decirlo! Si es que no somos nada, hija... Resignación...

          Era ya noche cerrada y sin luna. No se veía nada en los oscuros vericuetos por los que se iba deslizando su solitario retorno. La Frasca adivinaba el camino de regreso por entre traspiés en las piedras de las callejuelas en tinieblas.

          Estaba ya cerca de la casa cuando recordó que entre tantos viajes y sus preocupaciones, ni había caído en comprar algo de comer. Y lo cierto es que, aunque es costumbre tener de sobra en las mansiones de los señoritos, esa noche, y en la del Leona, no había ni un trozo de pan.

          Desanduvo el camino hasta la panadería, y en un par de ocasiones sendos golpes en las piernas y en la cabeza le advirtieron que en las sombras totales no se defendía ya con la soltura de una plenitud ansiosa, sino que se sentía como sola y sin nadie a quien le importase. Salvo al Leona, naturalmente. Y al Leona le habían dicho todos los médicos que se moría. Y la muerte debía de ser como esta nada oscura por entre la que ella iba... Un frío de pellejo le recorrió el cuerpo y se le fijó en el vientre como un clavo helado...

          Al final llegó ante la puerta cerrada de la panadería.

          —¿Quién es? —desde dentro respondió a sus porrazos una voz recelosa, sin abrir la puerta.

          —Carmen, soy yo, doña Frasquita, la del Leona.

          —¿Y qué quiere? —preguntó la misma voz tras un silencio demasiado largo. Y aún sin abrir la puerta.

          —Un pan.

          —Lo siento, pero no me queda nada. —Y luego, tras otra breve pausa, añadió con un deje inseguro:— Lo he vendido todo.

          Adivinaba la Frasca que era mentira, y que era el miedo, o la envidia o Dios sabe qué, lo que impedía que la puerta se abriese. El caso es que llegó al extremo de suplicar un trozo de pan. Pero aquella puerta no se abrió y aquella noche no hubo pan en la casa del Leona. Aunque eso a él no le importó; que lo único que hacía era toser y toser y mirar las manchas rojas en el pañuelo para ver si eran más o menos grandes.

 

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