El mal de ojo

 

04

 

LA PINGARRA

 

         —¡Fraasca...! ¡Fraaaaasca...!

         La voz del Leona era un ronquido apenas audible. Ella se había quedado traspuesta unos instantes, según le parecía, en la mecedora que había traído del otro cuarto para estar más cerca de él. Pero le oyó al instante y de momento le estaba mirando con aquellos ojos tan grandes y tan asustados.

         —¿Qué te pasa, Leona? ¿Qué te pasa, mi vida? ¿Qué quieres? ¿Qué es, cariño, qué es?

         —No te asustes —jadeaba él—. Es que se me acaba de ocurrir que vayas a llamar a la Pingarra.

         Al pronto ella no cayó en quién era la Pingarra. Tanto es así que le preguntó medio alelada:

         —¿La Pingarra...? —como queriéndose convencer, pero sin lograrlo, de que él no desvariaba.

         Pero, no; él no desvariaba. Era a la Pingarra a quería ver.

         —¿Quién era la Pingarra, tía?

         Había sido mi primo Joaquinito el que había preguntado. No por curiosidad; supongo, aunque nunca le he conocido demasiado bien; más bien creo que siempre estaba esperando la aparición de algún siniestro personaje, tan de ficción como real, que pudiese amenazar su espíritu pusilánime. De esto sí que estaba y estoy convencido.

         Mi tía Remedios, desde luego, cuando había que ir directa al grano no se andaba con rodeos. Tal vez el tiempo, patente en los repetidos teñidos de su cabello, (que unas veces parecía como recién orinado y otras hecho de hebras de oro de no muy buena calidad, ya sabes), le había ido enseñando que la mejor forma de no quedar en una situación violenta es decir a las cosas por su nombre; mientras se pudiera, claro está, que normalmente no se puede. Pero en este caso, se podía. De manera que abrió la boca para soltarlo.

         Sólo que Concha se le adelantó.

         Yo la había olvidado, absorto como estaba en las palabras de mi tía.

         Desde el incidente de hacía un rato, cuando a Concha no le había parecido bien que mi tía nos contara la historia del Leona, ella se había sentado en el poyete, debajo del invisible emparrado, en el extremo más alejado de los candiles; no hacia la cocina y el jazmín sino hacia el otro lado, hacia la esquina que llevaba a los bidones del agua de lluvia y a la cuadra tras otra esquina más. Allí había permanecido como un mudo e invisible reproche, hecha un bulto alargado, delgado y muy seco al que de vez en vez mi primito Joaquinito lanzaba su ojeada temerosa y mal disimulada.

         —¡El diablo! —dijo, seca y cortante.

         Y detrás, como un eco cascado, las mismas palabras, pero esta vez en la voz de mi tía.

         Por unos instantes, y por lo inesperado de su intervención, todos nos quedamos mirando la sombra escurrida y nudosa, ya sabes; quien más quien menos torciendo el cuello y sin lograr divisar sino aleteos de oscuridades y recovecos de candil, y el cri-cri de los grillos zapateros. Y el millar de esos susurros misteriosos en un huerto de naranjos en la noche bien cerrada.

         Por lo que mi tía nos contó sobre la Pingarra entonces, nos pudimos hacer una idea más bien corta de cómo era ella; y, eso, aún tan sólo los que la estábamos oyendo. Porque Fernando ya hacía rato que dormía engurruñido; y Elisa para mí que también estaba ausente en Dios sabe qué retozones rincones de su mente.

         Pero, ¡ea, señores!, a lo nuestro.

         Pues nos describió mi tía, cuando tornamos nuestra atención de Concha a ella, cómo la Pingarra era gorda y velluda. Fuerte, chaparra. Los ojillos, a lo que parece, los tenía vivarachos. La boca, grande; y sobre ella, un bigote de cerdas negras, casi tan negras como las que asomaban bajo el vestido cuando en el verano se quitaba las medias, negras también.

         Después, lógicamente, sí que he llegado a saber más de la Pingarra. De cómo era ella y de cómo fue su juventud. Pues el que había sido joven lo sabía todo Gádor. Y el que había sido en sus tiempos mozos la joven más guapa y de mejor plante del contorno era también del dominio público. Ahora, cuando lo del Leona, cercana ya a los cincuenta, era prácticamente una vieja negra y, según me han confirmado por distintos cauces, involuntariamente repelente...

         Pero, hacía treinta años... Alta, miaja tirando a redondeada, garbosa y alegre, grupa más que apetecible, piernas torneadas y senos rebosantes, que era como gustaban entonces; con un cabello negro y largo y unos ojos reidores. Y, cuando iba con las cuadrillas a coger la naranja, era una delicia verla balancear su figura por entre las bromas y agachares y el tirar naranjas a los mozos, y el hurtarse a sus lascivias semi-inocentes.

         Es que ella se dedicaba a coger naranja, y su madre también, ya que eran los únicos ingresos que entraban en la casa; y de allí salían en su mayoría para ser concienzudamente bebidos por el padre en la taberna del Chupacharcos (un mozarrón que acababa de regresar de la guerra de Cuba por aquellos entonces y con el negocio recién puesto), de donde la mayor parte de las madrugadas volvía, o lo volvían, entre lenguas estropajosas y traspiés de risotadas.

         —Mi Manuela —solía decir cuando aún no estaba en todo lo suyo— es una joya de la corona.

         No andaba muy desacertado. Y en la joya ya se habían fijado varios señoritos que andaban tras ella, no con malas intenciones sino para acostarse con tal tesoro. O hacer el amor, que es como se dice ahora, que antes se decía de otra forma (en lo cual se nota cómo nos vamos educando, aunque sea lentamente y a trancas y barrancas).

         Cuando la Manuela, es decir, la Pingarra, aunque entonces todavía no la llamaban así, quedó preñada, su padre fue a ver a don José Manuel, con toda la humildad del mundo. Y comenzaron entonces unos tiempos de prosperidad para la familia: de asiduidad cotidiana y rumbosa a la taberna del Chupacharcos, por parte paterna; de descanso orgulloso e incontable abundancia, por lo que a la madre hace referencia; y de engorde progresivo y de retozona y semioculta actividad, por lo que respecta a Manuela, alias la futura Pingarra. Todo ello bajo la iracunda y callada atención de doña Milagros, la virtuosa y legal esposa de don José Manuel.

         Luego vino el niño al mundo, le pusieron Manuel, y todos se dieron cuenta, casi desde el principio, de que era medio imbécil o tonto; vamos, que no era normal del todo, ni mucho menos. Pero esto no alteró en gran medida las cosas, las cuales siguieron su curso habitual durante unos cuantos años más; eso sí: cada vez eran menos frecuentes los prefijados encuentros entre don José Manuel y la Manuela, y cada vez eran más los “ocasionales” entre aquél y el padre de la Manuela. Y, para colmo, al niño le habían puesto Manuel; y aunque en el pueblo no lo dijeran a las claras, todos sabían quién era el padre.

         Sin embargo, este idílico transcurrir se vio súbitamente truncado por la súbita muerte de don José Manuel, consecuencia de un dolor Miserere que no tuvo remedio ni con las pócimas de don Elías, que era el que se decía médico de los entornos por aquellos años, ni con ciertas cataplasmas calientes que le puso una tal Anitica la Sorda. Curandera de mucho prestigio en la zona aunque desaparecida largos años ha; ésta, la Sorda, luego y por mucho tiempo dejó fama de haber sabido curar el mal de ojo como nadie. Pero esto fue hasta que se aplicó a ello la Pingarra, es decir, como unos veinte y pico años antes de lo del Leona. Treinta, quizá... Sí, porque Manuel había nacido casi con el fin de siglo y lo del Leona fue por el veintitantos.

         No tardó doña Milagros, la recién viuda de don José Manuel, en hacer notorios sus puntos de vista respecto a la familia de la Pingarra, es decir, de Manuela. Dijo a su cortijero, sin haberse quitado aún el velo de regreso del funeral, pero con la voz ardiendo en rabia de años de humillación contenida a duras penas y de...; bueno, pues dijo:

         —¡Si viene esa puta gorda o el abuelo del niño imbécil, les vas dando latigazos con esta fusta hasta que los eches fuera de mi propiedad!

         Y quitando la fusta al cochero que conducía la calesa, se la arrojó.

         Todo esto lo he llegado a conocer yo a base de mucho preguntar aquí y allá;  porque la noche en que mi tía nos contó lo del Leona ya hacía muchos años que de todos ellos no quedaba sino memoria terrenal, es decir, existencia tan sólo en las mentes de quienes les conocieron o de quienes habían sabido de su historia. Y, por supuesto, aquellos mínimos restos que el mismo tiempo va cuidando de minimizar cada vez más con cada uno de sus amaneceres. O atardeceres, claro está.

         Y lo del Leona había sido como otros treinta y pico años antes de las noches del porche, que fue cuando mi tía Remedios nos lo contó, ya sabes, allá por los felices cincuenta del siglo pasado.

         Además, mi tía no se extendió demasiado en algunos detalles. En principio porque a lo mejor no creyó oportuno decírnoslos a los niños que nosotros éramos entonces; también, quizá, porque ella tampoco los sabía con la amplitud y el detalle con que mi curiosidad me ha llevado a indagarlos y conocerlos después.

         El caso es que entonces comenzaron los malos tiempos para la Manuela, a quien empezaron a conocer como la Pingarra cuando se fue a vivir a la cueva, que es la última que había saliendo del pueblo y en el camino de Alhama y Santa Fe. Lo más curioso es que todavía se conserva; al menos, se conservaba hace un par de años. Yo llegué a entrar en ella, y estuve en las habitaciones en que ocurrió todo. Aunque ahora ya no es la última cueva del pueblo; después de la Primera Dictadura, la de Primo de Rivera, y de los años de la República, vinieron los malos tiempos de la Guerra Civil y entonces la cueva de la Pingarra dejó de ser la última en el camino hacia Alhama y Santa Fe porque se excavaron bastantes más. Incluso la de la Pingarra volvió a ser habitada, lo cual puede dar una idea  de lo malos que fueron aquellos años.

         Como tenía que ganarse la vida de alguna manera y, aunque había sido alegre, no era simplona, pues aprendió a matar cerdos y al cabo vino en perfeccionar su habilidad hasta extremos tales que era demandada en toda la comarca allí donde hiciera falta un matarife. Es que lo principal en este arte es no dejar ni una gota de sangre en las patas del cerdo porque en caso contrario ésta hace que se pudran los jamones o paletillas; y la Pingarra adquirió fama de no haber dejado jamás ni una gota en pata de cerdo matado por ella, y de que nunca se había podrido ninguna por su culpa. Porque si luego los caga la moscarda o le salen saltones, a los jamones digo, la culpa ya no es lógicamente, del que ha matado el cerdo, con perdón.

         Además aprendió, si es que eso se puede aprender, a leer en las palmas de las manos y a echar la buenaventura. Y a los señoritos, cuando fueron acudiendo a ella, les decía si el cuaje iba a ser bueno ese año o si, por el contrario, habría peligro de helada o, incluso, si alguna plaga podría poner en situación delicada sus bancales de las naranjas de oro. Y acertaba. O por lo menos, esa fama se fue extendiendo. Por ende, también inventó unos polvos milagrosos que, disueltos en agua y mojado el tronco entero del naranjo con ella en noche de luna llena, servían para matar el piojillo, que era una de las plagas peores que por entonces asolaban los naranjales almerienses.

         Y ya no eran pocos los señoritos que acudían a la cueva de la Pingarra en busca de tales consejos y nada más; porque la Pingarra por entonces se había convertido en un tonel cerdoso con largas greñas que no se cuidaba demasiado en lavar. O, por su aspecto, así lo parecía. El bigote era ya un hecho bien prominente por encima de aquellos labios gordos, cuarentones, mal cuidados de dientes podridos, y debajo de aquellos ojillos en ocasiones incapaces de ocultar su resentimiento y su frustración incluso en medio de los continuos alardes de servilismo que había aprendido a desplegar ante sus antiguos perseguidores.

         Luego ocurrió también que cruzándose un día en una de aquellas calles empedradas de Gádor con una muchacha que llevaba en brazos un niño de corta edad, pues la Pingarra se puso a mirar fijamente una de las piedras con tanta fuerza que la piedra se partió. Ello fue de inmediato conocido, porque la noticia de un hecho de tal naturaleza y en un pueblo tan pequeño, corre como un reguero de pólvora. Y es por este detalle, el de la piedra partida con la vista, por el que sacaron los del pueblo dos conclusiones: primera, que la Pingarra podía hacer mal de ojo; segunda, que no debía de tener tan mal corazón puesto que, para no hacerle mal de ojo al niño, se había quedado mirando a la piedra hasta el punto de partirla. Y ello vino a darle un cierto halo de respeto por parte de quienes hasta entonces la habían primero envidiado y después despreciado. Es decir, de todo el pueblo. Y pasó a ser considerada como dotada de poderes misteriosos, pero buenos. Esto significaba que era capaz de curar el mal de ojo.

         Sin embargo, mi tía Remedios era tajante en lo que a eso hacía referencia, seria, seria, solemne:

         —Pero mala, sí que lo era. ¡Vaya si lo era! Y estará en los infiernos. De eso no cabe duda. Porque, hijos —que es como nos decía cuando quería ensartarnos alguna de sus enseñanzas morales—, quien la hace, la paga.

         Joaquinito, el del culo regordete y pegado siempre a las niñas porque “podría hacerme daño y los niños son muy brutos”, aunque ahora ocultara su nerviosismo contra el cuerpecillo enjuto y dormido de José Antonio, el hijo de los arrendatarios, preguntó:

         —Y, ¿quién le ha saltado el ojo al tite? Porque lo tendrá que pagar también, ¿verdad, tiíta?

         Siempre llamaba “tite” a Alfredo y “tiíta” a mi tía, el puñetero pelota. Y a su “tite Alfredo”, escuché que una vez le decía a mi tía, antes de que ella le chistara advirtiéndole de que podíamos oírle:

         —¡Ése es un mariconcillo! —Y luego, tal vez por alguna reconvención más o menos disimulada de su hermana o por su deseo de aclarar más la cosa:— ¡Pero, si es que es un mariconcillo! Si los conoceré yo.

         No obstante, esa noche Alfredo estaba dentro bebiendo vino con Antonio, el cortijero, y no debió de oír nada. Si le hubiese oído seguro que le habría tomado ojeriza, o semiojeriza, eterna; porque era muy susceptible con cualquier referencia que se hiciera a su deficiencia ocular.

         Lo más curioso es que había sido el padre de Joaquinito el causante, me creo, del entuerto. O por lo menos eso me contaron: a Alfredo, de chiquillo de nuestra edad y estando con su hermano Rafael, que era un poco mayor que él y que estaba arrojando piedras a ver si le acertaba a la campana de la iglesia del pueblo, no se le ocurrió otra cosa sino que ponerse a mirar a ver dónde caía una de ellas.

         A Rosa le dio por reír. Es que era así de coloradota para ciertas cosas. Y preguntaba, meciendo de lado a lado sus pechos redondos y llenos y sus mejillas de melocotón risueño y macizo:

         —¿Y qué tiene que ver tu tío Alfredo con la Pingarra?

         Y seguía riendo sin parar y a todo trapo.

         —¿Qué es eso del mal de ojo? —quise saber yo. Y la verdad es no era la primera vez que había oído hablar de ello.

         Yo tenía la idea de que debía de ser algo muy misterioso; ya de chiquitillo mi madre en una ocasión me dijo: “No te acerques a fulanita (no recuerdo su nombre) porque dicen que hace mal de ojo”; yo, desde entonces, contemplaba a la tal fulanita con un tanto de respeto siempre que la veía aparecer. Una vez se me acercó con la intención de hablarme, hoy pienso que tal vez con la idea de decirme algo amable o eso; pero yo salí corriendo, huyendo de ella con tanto apremio como si del mismísimo diablo se tratase. Y era sólo una viejecita pequeñaja y arrugada, de piel de cartón piedra blanco limpísimo y cristalino, pero añejo y pasado ya. Totalmente inofensiva, seguro.

         Concha (con su infinita sabiduría de una vida entera en uno de los pueblos y cortijos de lo hondo del río; con la amplia perspectiva de haber parido cuatro veces, y en un par de ellas sólo parió muerte; con su experiencia de los años reflejados en su rostro ajado y en su cuerpo desvaído, y que cuando murió ocho o diez años después vine en saber que no contaba más de la cincuentena) fue la que nos lo aclaró todo adelantándose otra vez a mi tía:

         —Alguien te hace mal de ojo y te puede hacer todo el daño que quiera y más. Quiere que te mueras, y te mueres. Y si quiere, se te derriten las asaduras y te pones amarillo. O te hinchas y te hinchas, aunque no comas casi nada, hasta que el corazón se te revienta. O, si eres una muchacha casadera, pues te peleas con el novio y no te vuelves a casar y te quedas solterona toda tu vida. —Entonces debió caer en la cuenta de que mi tía casi pertenecía a este último grupo pues pasó a hablar con mucha prisa:— Y a ti a lo mejor te han echado el mal de ojo y no te enteras; y entonces te empiezan a pasar cosas malas y tú no sabes por qué. Y para que se te quiten tienes que ir a alguien que te lo quite, que te quite el mal de ojo.

         —Claro que sí —añadía mi tía aprovechando el silencio temeroso que siguió a la toma de conciencia de este nuevo y desconocido peligro que venía a cernerse sobre nuestras vidas recién salidas de la noche. Y que a mí me tenía engarrotado el corazón en pequeños saltitos sobresaltados que pretendía disimular con un carraspear innecesario, para que los demás no lo notasen—. Porque lo mismo que hay gente que echa mal de ojo, hay quien lo quita. Entonces tú vas a alguien para que te quite el mal de ojo y él te dice lo que tienes que hacer.

         —Sí. —Ahora era Concha la que hablaba—. Igual te dice pues que tienes que ir tal noche a tal hora y tomarte esto o aquello mientras estás dando vueltas alrededor de un manzano, o de un naranjo, o en otro sitio, y diciendo unas palabras o cosas raras que él te dice cuáles son; porque son ellos quienes las saben. O cosas así.

         Miré con disimulo a mis primos. Joquinito, el caguetilla amariconado, tenía una expresión totalmente aterrorizada y la boca abierta; miraba a mi tía con ojos despavoridos como si ya tuviese la seguridad de haber sido la víctima exclusiva y predilecta a la que hubiesen dedicado su atención y todas sus malas artes todos los que en mundo han sido y son capaces de echar el mal de ojo. Joaquinito, en su rincón, se había pegado materialmente a José Antonio, hasta tal punto que éste se movía en su sueño como intentando liberarse de una presión excesiva por momentos; y allí estaba Joaquinito con sus muslitos regordetes pegados a uno de él, y una mano sobre el otro, involuntariamente como es lógico. A Celeste Elena le daba de lleno la luz oscilante de los candiles, y su rostro de virgencita infantil aleteaba en amarillos y semisombras; incluso sus manos, pequeñísimas y tan delicadas, estaban unidas como si en una plegaria. Elisita parecía ajena a todo y su cara no había perdido un ápice de su sempiterna y pétrea indiferencia; como si estuviera en otra cosa, que tal vez sí que estaba. Fernando, durmiendo.

         De allá dentro, desde la cocina, nos llegaban las voces de mi tío y del cortijero que ahora parecían estar sopesando la posibilidad de hacer no sé qué injerto; por supuesto que yo no tenía ni idea de a qué naranjo podrían estar haciendo referencia, porque los conocían a todos como unos buenos padres conocen a todos sus hijos. Y vaso va, vaso viene. Con el cada vez más inseguro entrechocar de la botella en los filos de cristal.

         Fuera, la noche seguía vestida de negrura y grillos; una suave brisa que se había levantado hacía poco nos traía ese millar de sonidos indefinibles de un naranjal en la noche. Sólo que para nosotros no había tal naranjal, sino una horrible oscuridad contra la que un par de candiles nos ofrecían un muy endeble refugio.

         —Sin embargo, como había roto la piedra —siguió mi tía Remedios—, pues la Pingarra comenzó a tomar cierta fama de que no sólo no andaba haciendo mal de ojo sino que incluso, cuando quería, podía quitarlo.

         —Y eso es cierto —pontificó Concha—; porque quien sabe echar el mal de ojo de verdad, también sabe quitarlo.

         —No, mama —la contradijo Conchi muy segura—; quien echa mal de ojo, echa mal de ojo; y quien sabe quitarlo, lo quita. Pero una misma persona no puede echarlo y quitarlo a la misma vez.

         —De eso nada. —Concha esta vez no estaba dispuesta a ceder, siendo su hija a quien tenía delante, y toda su sabiduría detrás:— ¡Quien bien vale para echar mal de ojo, bien vale para quitártelo también! ¡Eso lo sé por estas! —y poniendo índice y pulgar en forma de cruz, se los besó con ferviente convencimiento. Incluso añadió:— ¿Qué sabrás tú? Y si no, que lo diga doña Remedios.

         De esta forma ella sabía que estaba poniendo a mi tía en un compromiso; porque, ¿cómo iba a saber mi tía más que ella en lo referente al mal de ojo? Y, por otra parte, lograba una pequeña venganza que venía a restañar en algo su orgullo.

         Pero la Pingarra debía saber echar y quitar a ciencia cierta el tal mal de ojo porque poco a poco la gente del pueblo al principio, y de los alrededores después, fueron tomando por costumbre acudir a la Pingarra a que les curara del mal de ojo que alguien les había echado a ellas o a sus hijos. O, incluso, a sus maridos, que a lo mejor llevaban una temporada que no salían de la taberna del Chupacharcos; o que a lo mejor se habían enredado tontamente en otra falda. Y todo por culpa del mal de ojo dichoso.

         No eran éstas las únicas ciencias que la Pingarra iba dominando, cada vez con mayor maestría. Había descubierto las virtudes de ser también curandera y, con cierta frecuencia, mandaba a su Manuel, el niño medio imbécil pero que ahora era ya un mozarrón medio imbécil, a que recogiera en el monte unas matas que ella sólo sabía cuáles eran y que su hijo, en cambio, sí tenía la habilidad de reconocer. Con las hierbas sacaba unos líquidos que metía en botellas y que daba a quienes acudían a ella en sus desdichas, con unas recomendaciones muy concretas sobre cómo, dónde y cuándo deberían tomarlas y qué hacer mientras las ingerían; a cambio aceptaba la voluntad, mísera y dura, de aquellas gentes. Y así también, pues iba tirando. Luego, si el mal se arreglaba, la fama de la Pingarra iba en aumento; y si en algo fallaba, ya se cuidaba ella de airear a los cuatro vientos que como las normas dadas no habían sido seguidas al pie de la letra, el remedio no servía para nada. Por más que bueno, éste, sí que lo era. A continuación preguntaba si había (o habían, según) hecho tal y tal y tal cosa, deslizando entre ellas alguna nueva; cuando los parientes, o los dolientes, reconocían que no, entonces saltaba ella:

         —¡Es lo primero que dije! ¿Veis? Si lo hubierais hecho así, esto no habría ocurrido. Toda la culpa es vuestra. ¡Ay, el pobre...!

         —E iniciaba una letanía larga, larga que dejaba a los quejosos no sólo avergonzados, sino tremendamente arrepentidos y culposos por tan gran falta cometida.

         Con ello la fama de la Pingarra iba en aumento y se consolidaba por días. Pero ella seguía viviendo en su cueva a pesar de que ahora que sus padres habían muerto habría podido trasladarse a la casa en donde su juventud había transcurrido. No quiso. Tal vez le traía demasiados buenos recuerdos. O malos. ¿Quién sabe?

         Además, la cueva no estaba mal; ni mucho menos. Más abrigada que una casa en el invierno y más fresca en el verano. Amén de que contaba con un corral adicional en el que la Pingarra, mejor dicho, su hijo cuidaba amorosamente de un par de cabras, algún que otro cerdo (con perdón) en una cochinera aneja, según el año, y hasta conejos y gallinas que siempre andaban por la puerta picoteando, salvo cuando asaltadas con alevosía sexual por el gallo; porque eran de las picoteadoras, que en aquellos entonces tenían fama de ser las mejores. Las que  más huevos ponían. Y más gordos. Incluso algunos de dos yemas. O por lo menos eso decían.

 

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