El mal de ojo

 

05

 

LA FRASCA

 

         Conforme se iba acercando la Frasca a la cueva de la Pingarra las casas dejaban de conformar ambos lados de la carretera. La noche era fresca y clara, con múltiples puntitos de luz parpadeantes allá, muy arriba, y una luna grande, cara de melón, que se asomaba curiosa a intervalos por entre las copas y ramas de los árboles que la Frasca iba dejando atrás.

         El silencio era, en cambio, negro y opaco en la semiespesura interválica; solamente interrumpido por el chasquear de las suelas en la tierra de la carretera y por el ladrido de algún perro solitario y lejano, de otro mundo. Las puertas de las primeras cuevas, extrañas bocas cerradas de un pueblo mudo, iban desfilando con lentitud silenciosa, ajena e indiferente. Nadie se cruzó con ella ni ella a nadie vio; y por decir estoy que tampoco la vieron. Por lo menos, ella estaba convencida de eso, según contaba mi tía.

         Al llegar ante la cueva de la Pingarra se detuvo. Era como las otras salvo que más allá no había sino más ladera pelada del cerro, pero ya ininterrumpida. Tenía encuadrada la puerta en un marco blanqueado, al estilo de las otras. Delante, una especie de vallado hecho con estacas muy juntas las unas a las otras delimitaba el cuadrado que la Pingarra utilizaba como corral y gorrinera de la choza mal trazada acoplada a una de las esquinas y que le servía como aseo o aliviadero o como queráis llamarlo; además de que los árboles que flanqueaban, y aún flanquean, la carretera ponían guarda con su espeso cortinaje a la intimidad del pequeño recinto que era el patio. Aunque no es que ello importase mucho, en principio.

         Trataba la Frasca de encontrar la puerta en la valla, recorriéndola para ello de un extremo al otro y tanteando con las manos en la oscuridad, ya que la fronda de los árboles impedía el acceso de la luz de la luna, cuando sintió una mano posarse en silencio sobre su hombro.

         Cuando al fin cesó de chillar, y entre la Pingarra y su hijo Manuel lograron medio calmarla, la luz del quinqué de la cocina aún hacía más patentes sus facciones desencajadas, sus labios trémulos, el subir y bajar de su pecho palpitante. Su  palidez.

         —¡Vamos, vamos, doña Frasquita, vamos! ¡Ea, cálmese usted, mujer! ¡Si es que este hijo mío es muy desacertado...!

         Y le dirigía una mirada a su Manuel, como reconviniéndole por el susto que  le había dado a la señora.

         Ya que la Frasca era una señora para la Pingarra: era la hembra del Leona y el Leona estaba forrado; y eso lo sabían todos. Los mejores naranjales de Gádor; ríos de oro naranja en un ondulante mar de verdor. De modo que ella, la Frasca, era para la Pingarra doña Frasquita. Cierto que ahora estaba pasando el Leona una mala racha, que de todo se enteraba la Pingarra; pero un hombre tan fuerte como el Leona, y a pesar de lo que dijera el charlatán de don Blas, no se iba a morir cuando apenas tenía la misma edad que ella, año arriba, año abajo.

         —Es que a mi Manuel le gusta a veces pasar la noche en el patio. No sé por qué; pero como no hace daño a nadie, pues allí se queda cuando no hace demasiado frío. Y hasta cuando lo hace, porque parece que a él el frío no le afecta. Anda, Manuel, tráele a la señora un vaso de agua para que se le pase el susto que le has dado. O, ¿quiere usted mejor una copita de anís?

         Y así seguía. Con su cháchara inacabable, con su obsequiosidad melosa que sonaba a falsa, con su camisón sucio que olía a orines, con su cuerpo grueso de piernas velludas, con el rostro sudoroso y asquerosamente cerca del de la Frasca, echándole todo el pútrido aliento de algún sueño interrumpido.

         Mientras, Manuel se afanaba en la esquina, inclinando el cántaro para llenar un vaso de agua tal y como su madre le había mandado.

         No era Manuel mala persona, ni en el pueblo le tenían por tal. Todos sabían que era tonto y ya está. Hacía cosas tontas e irrazonables, pero a nadie había causado daño jamás. Y eso que ya debía de rondar por los veinticinco años o así; aunque tenía la cabeza de un niño chico, vamos, que pensaba como un crío. Quizás por eso se llevaba tan bien con ellos. Y tenía tantos amigos entre los niños; los cuales, fíjate por dónde, no le trataban como un tonto, sino como si fuera uno más de los que acudían o no a la escuela.

         Es que sí que había en el pueblo una escuela, con un maestro que se llamaba don Francisco y que hacía discurrir su vida entre la Cariñosa, como denominaba a la vara de almendro con la que enseñaba, y los vasos del Chupacharcos.

         Manuel no había ido a su escuela. ¿A qué? No iba a aprender nada y, por otra parte, le hacía falta a la Pingarra para buscar sus hierbajos y para cuidar de los animales, con los que también, por cierto, se entendía muy bien.

         Pero sí sabía dónde estaba. Y no era raro verle acechando la salida de los críos, que inmediatamente le rodeaban porque para ellos aquel gigantón era el que sí entendía de las cosas verdaderamente importantes de la vida, como dónde estaban los primeros nidos de gorriones, o colorines o verderones; o desenterrar rabanicas con el tino infalible de un cerdo trufero; o arrancarle el rabo a las lagartijas que cogía con mayor presteza que ninguno de ellos; o ir a los sitios donde la naciente primavera hacía asomar las primeras vinagreras. E incluso tenía una gallina a la que había enseñado a caminar sobre una pata, como si estuviese coja; a saltitos, ya sabes. Y a veces, cuando la Pingarra no estaba cerca, se los llevaba al corral y haciendo así con los dedos hacía acudir a la famosa gallina. Además, subía a los árboles con más agilidad que ninguno de ellos. Y ésas, y otras como ésas, eran las cosas que merecían ser aprendidas y no los aburridos, incomprensibles e insoportables galimatías con que don Francisco les atormentaba las horas que más o menos cariñosamente se aplicaba a ellos.

         De todos los niños del pueblo, Manuel tenía predilección por Luis, o Luisillo, como le llamaba; un zagalón de ocho años, fuerte y regordete y con toda la vivacidad de una ardilla. No habían sido cinco ni diez, sino muchas más las veces que Luisillo había acompañado a Manuel en la búsqueda de sus hierbas cerro arriba; Manuel, con su media lengua, le había enseñado a distinguirlas y a cogerlas formando ramilletes homogéneos, esto es, todas las de una clase en un manojo. Con manos grandes y semitorpes en apariencia, pero ciertas, seguras, hábiles en tal faena.

         Más de un rato habían pasado tendidos en aquellos barrancos que bajaban desde lo alto del cerro, llenos de árboles, cobijo de mariposas multicolores y aleteantes, simplemente oliendo la vegetación tan fresca, oyendo el agua deslizarse rumorosa barranco abajo, viendo a los pájaros atentos y respetuosos mirarles a ellos.

         Además, Luisillo era espabilado y, como tal, ayudaba a Manuel en el cuidado de los animales. Porque, y esto era lo curioso, era el único amigo de Manuel que se atrevía a entrar, ocasionalmente, eso sí, en el interior de la cueva de la Pingarra. Y siempre procurando que no estuviese ella, la cual, y sin saber exactamente el motivo, le producía como una especie de repelús... Aquellos ojillos tan enterrados en carne..., aquellos pelos negros y contables sobre el sudor de los gruesos labios..., aquella... amabilidad atocinada de respiración fatigosa...

         —¡Qué me dice usted, doña Frasquita! ¿El Leona muriéndose? ¡Venga, venga, doña Frasquita, cálmese usted! ¡Pero cómo dice usted eso si el Leona no se puede morir! ¡Vamos, qué tontería! ¡Tan joven como es! ¡Y con esa fuerza y ese corpachón de hombre hecho y derecho que tiene, cómo piensa que puede morirse! ¡Qué disparate, que disparate...!

         Así seguía, ensartando incredulidades una tras otra sobre una Frasca a quien los nervios habían convertido en un convulso y largo, silencioso, sollozo por entre manos tapando el rostro. Y por entre las cuales la tenue luz del quinqué hacía brillar surcos de lágrimas fluyendo y fluyendo incesantes; resbalando mejillas abajo; cayendo en la seda negra del primer vestido del que había echado mano en su precipitación por acudir a por la Pingarra. ¡Quién lo iba a decir! Había sido uno de los que más le habían gustado de todos aquellos que le había venido regalando el Leona: mientras ella deshacía el paquete, él no había dejado de mirarla; luego, él la había desnudado, con más fuerza y violencia de lo habitual y, antes incluso de que pudiera probarse el vestido, y encima de él echado en el suelo a modo de alfombra...

         Como mi tía se había callado, repentinamente confusa pensando que quizás había llegado demasiado lejos, porque a veces se entusiasmaba tanto cuando contaba sus historias que hasta se olvidaba de quiénes las estábamos oyendo y se dejaba arrastrar por su imaginación, pues preguntó Rosa con un acento incontenible, como preñado de algo:

         —¿Qué, doña Remedios?

         Miré a Rosa. Sus ojos le brillaban más que luciérnagas, y las mejillas arreboladas se le movían al compás de unos pechos que se alzaban y bajaban rápidamente. Y a su lado Conchi, la hija de los cortijeros, no apartaba de mi tía una mirada como calenturienta que jamás había visto en ella.

         Volví la vista hacia mi prima, a Elisita. Con la boca medio abierta, había hecho aparecer una lengua roja que se movía y giraba en voluptuosa lentitud por unos labios que fulgían en una humedad de ensueño y de mente en otros sitios.

         Pero lo que más me maravilló fue la inesperada expresión que sorprendí en mi otra prima, en Celeste Elena. Su rostro estaba igualmente arrebolado, como el de las otras, y sus facciones de virginal inocencia se habían cubierto con un manto de afanes por algo desconocido que me encrespó el vientre sin entender por qué.

         —¡Ea, ea, niñas —intervino la voz realista o desengañada de Concha, la cortijera—, que eso no es para chicuelas como vosotras! ¿Verdad que no, doña Remedios?

         —Eso es que le han echado mal de ojo —diagnosticó al fin la Pingarra, dijo mi tía.

         Y es que la intervención de Concha le había ayudado a recuperarse de su involuntario ensueño. De modo que seguramente pensó que lo mejor era seguir la historia como si sus palabras no hubiesen hecho aletear cosquilleos de lujurias incipientes por las entrañas de quienes estábamos escuchando. Pero lo cierto es que el aroma de los naranjos en la noche se había repleto por unos instantes en una morbosidad desbocada y desconocida que nos había atenazado las gargantas y que a mí me hacía tragar y tragar saliva y más saliva.

         Ella, mi tía, continuaba con su remedio:

         —Y si yo digo que es mal de ojo, no me engaño: es que es mal de ojo de todas, todas —seguía asegurando la Pingarra entre resoplidos mientras se echaba un vestido negro y sucio por sobre su cuerpo aún más sucio.

         Es curioso pensar que, unos treinta años antes, aquella masa de carnes musculosas y medio hombrunas, con senos aplastados que le llegaban casi a las piernas, y piernas repletas de pelos macizos y negros con olor a cerdas de marrano (con perdón), hubiese sido capaz de atraer las miradas de los jovenzuelos en los naranjales. O de los señoritos por las callejuelas y plaza del pueblo.

         —Pero no hay problema alguno, porque el mal de ojo lo curo yo. Sea de la clase que sea. Y hasta puede que averigüe quién ha sido el que se lo ha echado, que eso es siempre una ventaja. De modo que tranquila, doña Frasquita.

         Mientras, desaparecía en el dormitorio y se le oía afanarse en algo unos instantes, saliendo a renglón seguido y dejando tras sí un olor dulzón a colonia barata: iba a ver al Leona y ella sabía que debía oler bien. El Leona era rico y de esas cosas entendía.

         Se echó finalmente un mantón también negro que la tapaba casi totalmente y, abriendo la puerta:

         —¡Ea, doña Frasquita, cuando usted quiera! —dijo—. Yo estoy lista.

         Mantenía la puerta abierta en tanto que la Frasca se levantaba arreglándose también el mantón que llevaba sobre el vestido, tan negro como el de la otra.

         Salieron, pues, ambas dejando atrás la risa idiota de Manuel que, como no había comprendido nada de lo que había sucedido o estaba sucediendo, pues lo pasaba tan bien.

         ¡Es que Manuel era de un espíritu tan simple...!

         Grande, eso sí; con un corpachón que no le cabía en el alma. Ingenuo y tranquilo; aunque cuando había que correr o saltar no era de los que se quedaran atrás. Y fuerzas..., ¡qué fuerzas tenía...!

         Como la cueva sólo tenía dos habitaciones, la cocina y el dormitorio, Manuel hacía la vida en la primera de ellas; la segunda era el dominio privado de su madre, con la cama no muy grande y una especie de mueble que le servía como cómoda y tocador a la vez, siempre con el negro cepillo de púas rotas, sucio y lleno de pelos en una eterna y muda sonrisa de vieja desdentada.

         Él, Manuel, en cambio dormía en la cocina, cabe la chimenea, sobre el suelo pelado menos cuando la Pingarra se acordaba de extender un delgado colchón más sucio aún. Y la mayor parte de las noches no se acordaba. Ni falta que hacía, pues Manuel salía al patio vallado y allí pasaba las horas interminables de las madrugadas, que a él se le iban en un suspiro entre mirar las estrellas, los árboles moviendo ramas y hojas, los animales tan tranquilos y quietecitos..., él, junto a ellos.

         Entretanto, la Frasca y la Pingarra habían alcanzado las primeras casas y se internaban por los empinados vericuetos de Gádor. Todas las puertas se veían cerradas, bocas apretadas a la luz de la luna; balcones y ventanas dormían con la placidez de niños en plena noche. El pueblo parecía de juguete, con sus árboles meciendo suavemente la brisa de finales de primavera, y los no muy lejanos efluvios del azahar espolvoreando los charcos de luna sobre el empedrado silencioso.

         Ahora ninguna de las dos hacía ruido al andar apenas, las esparteñas convirtiendo sus figuras en dos soplos oscuros, suspiros ya idos en el tiempo.

         La Frasca sentía en su pecho un ahogo de inquietud. ¿Cómo estaría el Leona cuando llegaran? Porque se lo había dejado tan mal..., si apenas podía respirar el pobre. Y las tosecitas se habían hecho ya interminables, anudadas unas a otras tal que el esparto en los serones. En un serón cada vez más teñido de rojo y de dolor punzante. Y de mejillas hundidas con dos rosetones. Y unas ansias. Y volvía a sentir en las entrañas esa angustia que te digo y que le hacía acelerar el paso.

         Pero la Pingarra no se quedaba atrás; que sus carnes, aunque abundantes, se movían con cierta soltura. Y más ahora que el Leona había mandado a por ella. ¡Golpe de suerte! Como el de la putilla esta que se hacía llamar doña Frasquita. ¡Doña Frasquita! ¡Ya le enseñaría ella! Cuando acabara con el Leona iba a estar más seco que un traspillo. Y entonces sería ella la doña. ¡Doña Manuela! ¡Sí, señor, doña Manuela...! ¡Si hasta sonaba bien! Y todo volvería a ser como antes. Porque está claro que todos van tras el dinero. Y ella, con el dinero del Leona...

         Apretaba el paso para no quedarse atrás, pues se había dado cuenta de que la Frasca, ¡doña Frasquita, sí, sí!, que la Frasca había acelerado el suyo... ¡Aguarda, Leona, que estoy llegando...!

         Así se deslizaban, dos mundos negros y silenciosos, cada uno arrebujado en sus pensamientos; dos diminutos puntitos de sombras moviéndose bajo la luna redonda, cara de melón entero, colgada allá en lo alto, arriba, muy arriba...

         —¡Ay, Pingarra..., que me estoy muriendo...! —medio suspiró, medio jadeó el Leona cuando la Frasca la hizo entrar en la habitación.

         Al pronto la Pingarra quedó algo cortada.

         Esperaba encontrar al Leona algo cambiado. La voz había corrido por el pueblo de cómo le habían visto bajar, ayudado por la Frasca, de la calesa que los había traído desde la estación, mientras el cochero miraba impertérrito y aguardaba a que le pagase la Frasca para salir zumbando; y, en tanto ella rebuscaba y rebuscaba nerviosa en el bolso, el Leona silenciosa y lentamente había caído al suelo. ¡Incapaz de sostenerse él solo apoyado contra la dura cal de la pared de su casa! Y añadían que si no llega a ser por la  Frasca, que al darse la vuelta tras pagar al cochero que ya se iba lo vio tendido en el suelo cuan largo era, allí habría seguido a la hora en que os hablo de esto. Aun así, le costó una agonía levantarlo, porque tenía tanta vida en él como un saco de patatas y no hacía nada por ayudarla o ayudarse.

         Pero jamás había supuesto hallarse ante aquellos ojos febriles y aquellas dos mejillas rosadas en una cabeza de hueso y pellejo y una línea roja que se abría y cerraba ansiosa por arrebañar un algo de la vida que se le iba escapando por instantes, que él notaba desvanecérsele con cada débil soplo.

         En esto que los sollozos convulsos y apenas reprimidos de doña Frasquita la convencieron que ella era de la misma opinión.

         Sin embargo, su sorpresa no fue exteriorizada. Los duros tiempos pasados desde el asunto aquel de doña Milagros y su católica fusta le habían endurecido el espíritu; pues las privaciones suelen ser buenas madres y mejores maestras a veces. Al menos, para ella lo habían sido. De modo que, recuperándose con rapidez, se descubrió el rostro que durante todo el rato lo había tenido tapado con el embozo, y se acercó a la cama donde el Leona agonizaba con angustiosa lentitud.

         La habitación era lujosa, ese lujo ostentoso de que hacen gala con harta frecuencia aquéllos con quienes la vida se muestra repentinamente generosa. En tiempos de doña Consuelo apenas se hicieron más compras que las estrictamente religiosas; pero cuando la Frasca la sucedió, pronto no fueron pocos los plateros y joyeros de Almería e incluso de Granada que se estremecían de gozo al verla atravesar la puerta de sus tiendas, cogida al brazo fuerte y rumboso de aquel gigantón de cuello de toro, risa enérgica y puro habano gordo y encendido a todas horas.

         Eran estas muestras las que, en una apreciativa pero rápida y disimulada ojeada, habían captado la atención hasta entonces silente de la Pingarra. Y las que tintaron de autoridad su voz cuando, acercando sin ningún temor su rostro al demacrado de él, le susurró:

         —Mírame fijamente a los ojos, Leona.

         El Leona, acostumbrado ya por tantas visitas a doctores a acatar las más extrañas e incomprensible sugerencias sin rechistar, cuánto más que esto era claramente una orden, abrió sus ojos lo más que pudo y los clavó en los de ella. Intentó no pestañear siquiera; y así se mantuvo inmóvil hasta que le llegó una de esas sartas de tosecitas secas que le hacían estremecerse hasta lagrimear, echando sobre el rostro de la Pingarra múltiples gotitas de salivilla sonrosada y brillante.

         —Leona —dijo la Pingarra cuando al fin logró él quedar solamente en un jadeo ansioso y semiinconsciente—, tú no tienes mal de ojo. —Y otra vez:— Tú no tienes mal de ojo, ¿entiendes? Si tuvieras mal de ojo —explicó— en cinco minutos te quedabas nuevo. Te dejaba como antes. No: mejor que antes... Pero… —aquí hizo una pausa significativa e importante— esto no es mal de ojo, Leona.

         —¿Estás segura..., Pingarra? —logró  murmurar él con dificultad entre ansia y ansia.

         —Segura. —Añadió:— Por éstas. —Se llevó dos dedos en cruz a la boca y, tras besarlos, se los lanzó al Leona.

         Detrás de ella la Frasca se había mantenido en silencio hasta ahora; pero las palabras de la Pingarra, la certeza y la confianza que su tono impartía, la seguridad, su contundencia, le atenazaron el vientre y el corazón con uñas convulsas de hierro candente como el miedo o la desesperanza.

         —Pues, ¿qué es, Pingarra? —preguntó con un hilo de voz.

         Ésta, que por aquellos entonces ya no era una inexperta, como os he dicho, dejó caer unos segundos antes de diagnosticar con un conocimiento de la materia mayor que el del mejor de los doctores:

         —Esto es mucho peor. Mucho peor que el mal de ojo. ¡Ojalá que hubiese sido mal de ojo, Leona!

         A cada palabra de ella el Leona sentía que se le deshacían las entrañas, y hasta notó cómo las tripas se le movían y le entraban ganas de hacer de cuerpo, cosa que hacía días no había hecho.

         —¿Pues qué es, Pingarra? —apremiaba la Frasca con un grajeo sordo que le subía desde lo más hondo de su angustia.

         Pero la otra aún tardó unos instantes. Miraba de uno a otra, y en ambos veía la misma ansiedad; en sus ojos, que no pestañeaban; en sus labios, donde aleteaban trémulas gotitas semiabiertas. En su miedo, que aferraba sus dedos unos contra otros con fuerza tiesa, de nudillos blancos.

         —Esto, Leona, es mal de envidia.

         Durante unos instantes reinó un silencio total de incomprensión. Ni el Leona ni la Frasca caían en qué podía ser eso del mal de envidia.

         —¿Qué es el mal de envidia, tía? —preguntó mi primo Joaquinito, el que en eso de otear posibles peligros que le van a estar acechando seguro, era el primero, como creo haberte indicado.

         Aquí fue otra vez Concha, la cortijera, la que se adelantó a mi tía, para que se viera cómo dominaba la materia y, de este modo, robustecer siquiera en una pizca la consideración de “la ama”, que es como entonces, por los cincuenta, llamaban los arrendatarios o cortijeros a los dueños; y en parte tal vez también por hacerse olvidar la pretensión que había tenido al principio de la noche de que mi tía no contara la historia del Leona. Porque, ¿acaso iba a saber ella más que el ama?

         —Es como el mal de ojo; pero peor. Y en eso llevaba razón la Pingarra. Hay gente que te echa mal de envidia y entonces te pasa algo. Algo malo, claro. Pero es peor que el mal de ojo, porque el mal de envidia no lo puede curar casi nadie. Mientras que el de ojo, sí.

         Y se quedó mirando en silencio a mi tía.

         —Sí —corroboró mi tía Remedios—; y eso es lo que más o menos le dijo la Pingarra al Leona. Lo que pasa es que le engañó diciéndole que ella sí podía curar el mal de envidia cuando no era verdad.

         —¿Qué tenemos que hacer? —metía prisa la Frasca—. Dinos lo que hay que hacer y lo haremos —le aseguraba.

         —Despacio. Sin prisas —calmaba la Pingarra, que no estaba dispuesta a dejarse embarullar por la urgencia de los otros dos. Y, además, convenía pensar. Pensar..., mientras hablaba y preguntaba al Leona una vez y otra quién le podía haber echado a él el mal de envidia. Y seguía pensando..., y no paraba de interrogarle acerca de la identidad del autor del maleficio... Porque eso era muy importante... Y seguía pensando, pensando, mientras los otros dos corrían y recorrían la historia de sus vidas buscando y rebuscando alguna explicación a esta desgracia..., mientras, ella, la Pingarra...

         El quinqué seguía difundiendo su tenue luz por la habitación. De vez en cuando el Leona se estremecía sacudido por la tos, y luego miraba con horror las motitas rojas que manchaban las sábanas que asía con aquellos dedos llenos de huesos.

         —Suerte que habéis acudido a mí —proseguía la Pingarra—, porque si no... Además, que el mal de envidia no lo sabe curar casi nadie en el mundo...

         —¿Tú sabes? —urgía la Frasca.

         Fuera, en los naranjales, seguro que los grillos rascaban la noche. Y la luna se rompía y desmelenaba en hilos de plata por entre las hojas y las ramitas. Y algún que otro mochuelo daría algún que otro batido antes de posar sus eternos ojos insomnes en la misma rama. O tal vez en otra.

         Fuera, en el pueblo, las casas seguían durmiendo; sus ojos de ventana, cerrados; mudas sus puertas de madera; sus paredes de cal, inmóviles.

         Don Blas, el médico, en su cama, tocaba con el suyo el culo desnudo de doña Engracia, su señora; pero ninguno se daba cuenta porque ambos dormían, las bocas abiertas, saliendo de la de ella un ronquido fino y uniforme que contrastaba con el de él, ronco, profundo, que subía y subía y subía hasta que, de repente, se paraba en mitad... para volver a empezar al cabo de unos segundos.

         En la sacristía se había consumido una vela de las delgadas, de modo que no se podían ver ni el vaso con su poso rojo, ni la botella vacía. Pero don Recesvinto dormía como un bendito sin soñar ni en Leonas ni en mañanas. El rostro indulgente y de madera de un Cristo crucificado permanecía quieto, como si no respirara, y era lo único que se dejaba medio entrever a la luz de la luna que se colaba por una pequeña ventana, cerca del techo, y que venía a caer justo al lado de la cruz.

         Allí, en la habitación del Leona, la Frasca y él contenían el aliento en espera de que hablara la Pingarra.

         —Es difícil. Y peligroso. —Calló unos segundos aún—. Pero yo te puedo quitar ese mal de envidia que te han echado. Sí que puedo.

         —Hazlo, Pingarra, tú hazlo y yo haré de ti la mujer más rica de Gádor... —chisporroteó calenturiento el Leona mientras se dejaba caer relajadamente en la almohada pues, con la tensión, sin darse cuenta se había semiincorporado.

         Más tarde dijo la Pingarra a la Frasca:

         —Necesitaré ayuda. Yo sola no puedo.

         —Dime lo que hay que hacer, y lo haré. Haré lo que me digas para que el Leona vuelva a ser el de antes —prometió con decisión de hembra enamorada.

         Pero luego, cuando la Pingarra expuso con todo detalle qué tenía que hacer, la Frasca sintió cómo el cabello se le erizaba al tiempo que la carne se le ponía de gallina.

         —Lo haré —había dicho la Frasca al final, recordaba la Pingarra mientras se deslizaba como la sombra de una rata furtiva y silenciosa camino de regreso a su cueva.

         Era hora, porque una débil claridad comenzaba a diluir esa niebla irreal que muchas veces hay sobre el Pico del Buitre, que es por donde suele salir el sol en Gádor en esta época del año. Y, pensaba la Pingarra acertadamente, no convenía que la viesen salir de la casa del Leona.

         Aunque parezca mentira, nadie la vio.

         Y eso, en un pueblo, es casi imposible.

         Pero nadie la vio.

 

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