El mal de ojo

 

06

 

LUISILLO

 

         Se asomó mi tío Alfredo al porche. Me parece estarle viendo ahora mismo y, sin embargo, de ello hace ya cincuenta años, más o menos.

         Su ojillo resplandecía de satisfacción y sobre su mínima cabecita calva brillaba un halo oscilante y leve de candiles y entresombras.

         —¿Qué? —preguntó a nadie en concreto—. ¿Aún no se ha acabado?

         Tras él se percibía débilmente la figura de Antonio, el cortijero; alto y seco, sarmiento quemado por un sol de siglos en el río de los naranjos.

         Nosotros nos volvimos a mirarles, excepto Fernando y José Antonio que dormían como benditos. Fue Rosa la que contestó sonriéndoles, con una pizca de esa frescura tan suya, tan primitiva, tan femenina, de descaro también, ahora que lo pienso:

         —Pues anda que ustedes; parecen que no han empezado.

         Creo que ella debería haber dicho “parece”, y no “parecen”, pero es que Rosa era prácticamente iletrada. Aunque la verdad es que como se reía de una forma tal que te encendía un gusanillo más raro dentro, pues... pues, eso, que era lo de menos.

         Mi tío Alfredo la miraba, o medio-miraba, de un modo muy especial, según me di cuenta ya entonces. Cabecita redonda y nariz de gorrión, le clavaba su ojo huérfano como si él fuese un enorme águila imperial y ella una presa segura, tierna, desprevenida, vamos, inexperta; no una risa antojadiza y excitante presta a refrescarte en oleadas de mariposillas interiores y huidizas.

         —¿No? Pues me parece que, para empezar, contigo, ¿eh? ¿Qué me dices a eso? —le contestó clavando en ella su ojillo, aún más brillante ahora.

         Así que mientras Rosa cloqueaba satisfecha y pizpireta, mi tía reconvenía a su hermano con su voz de protesta escandalizada:

         —¡Alfredo, por Dios, que hay niños delante! ¿Qué van a pensar?

         Pero todavía se siguieron oyendo largo rato después de que las risas hubieran retornado a la cocina con ellos, y los comentarios a media voz que no nos llegaban con claridad. Eso sí, Concha gritó, se supone que a Antonio, su marido, porque a mi tío no se hubiera atrevido:

         —¡No bebas mucho, que luego te sienta mal! —Y tras pensarlo un instante, añadió:— ¡Y te pones muy pesado!

         Lo cual, no sé por qué, reavivó el cloqueo y las risas de Rosa a quien, en esta ocasión, se sumó Conchi, sentada junto a ella, apoyadas en la pared las dos, con las faldas recogidas entre retazos de piernas prietas y sombras de blancura medio adivinada que me llamaban con su constante misterio.

         —Y el mal de envidia ese, ¿nos lo pueden echar a nosotros? —preguntó Joaquinito, quien aparentemente no se había dejado distraer del asunto del Leona y ese horrible mal, peor que el mal de ojo, que es el mal de envidia. Que te lo puede echar cualquiera que tenga poder para ello y que te inflaba e inflaba hasta que estallabas como un globo. O te enflaquecía y enflaquecía hasta que te sacaba la sangre con la vida, como al Leona. O, a lo mejor, hasta te podía derretir el hígado y en ese caso..., y en ese caso, ¿qué pasaría? ¿Era cuando te ponías amarillo? O...

         —No —le aclaró mi tía—; no todo el mundo es capaz de echar mal de envidia, ni mucho menos.

         —No esté usted tan segura —volvía a contradecirla Concha—, porque hay mucha gente que es capaz de echar mal de ojo y ni siquiera se entera de que es capaz. Y eso pasa todos los días, y usted lo sabe. Mire usted el caso de Fernando, cuando el otro día se iba a ahogar en la Toma. ¿Quién le dice a usted que alguien no le ha echado mal de...?

         De pronto se calló. Yo me percaté de que ella acababa de caer en la cuenta de que era mi tío Alfredo quien había tenido un buen motivo para hacerle mal de ojo a Fernando. Pero don Alfredo era el amo y, además, era muy susceptible en todo lo que hacía referencia a ojos. De modo que por eso creo que ella recogió velas, como se suele decir, y no dijo ni pío más, sino que dejó a mi tía concentrarse en la historia del Leona otra vez.

         —Anda, Manuel —dijo mi tía que le sugería la Pingarra a su hijo—. ¿Por qué no le dices a Luisito que venga esta tarde, que tengo que enseñarle una cosa?

         —¿Qué cosa, mama?

         —No, no. Tú dile que venga. ¿No pasa a llevarle la comida a su padre? ¿No está trabajando el padre en el cortijo de don Emiliano ahora?

         —Sí, mama.

         —Pues cuando venga de regreso de llevarle la comida al padre, tú le llamas y le dices que entre, que tienes que enseñarle una cosa.

         —¿Qué cosa, mama?

         Y así seguían hasta que:

         —¡Maldito imbécil! —chillaba la Pingarra, descompuesta— ¡Pues una cosa!  ¡Sólo una cosa!

         —Sí, mama. Pero, ¿qué cosa?

         Y la Pingarra se ponía que se la llevaban los demonios. Luego se medio calmaba y, volviendo a tomar en un aparte a su hijo, le repetía y repetía y repetía lo mismo una y otra y otra vez hasta que los nervios le estallaban y estallaban y estallaban y de nuevo gritaba y maldecía a Manuel. Que seguía sin comprender nada, y no dejaba de mirarla atento, solícito, sonriente.

         Es que para ir desde el pueblo hasta el cortijo de don Emiliano había que pasar a la fuerza por el camino hacia Alhama y Santa Fe, es decir, por la misma puerta de la cueva de la Pingarra. De modo que si Luisillo iba a llevarle la comida al padre, tenía que pasar por la puerta a la ida y a la vuelta también. ¿Qué más sencillo que asomarse y decirle a Luisillo (cuando volviera, ¿eh?, cuando volviera, ojo):  “Oye, Luisillo, ven, que te voy a enseñar una cosa”? Y ya está. Era tan sencillo como decirle “pita, pita” a una gallina; pero ese imbécil de hijo suyo no lo entendía. Y se ponía frenética. Sin embargo, luego, pensando en todo lo que había visto en casa del Leona y, sobre todo, en los cien mil reales, que éste había sido el precio final ajustado para la cura... (“Y tenga usted en cuenta, doña Frasquita, que esto  lo hago por tratarse del Leona y de usted; porque poca gente puede en el mundo hacerlo; y, además...”). Y pensando, pensando en todo lo que se puede hacer con el dinero, se autocalmaba a duras penas y, asomándose al patio vallado, llamaba otra vez:

         —¡Anda, Manuel, ven aquí! —y volvía a empezar:— Vamos a ver, hijo. Mira, cuando esta tarde venga Luisito de...

         —No se llama Luisito, mama.

         —¿Cómo que no se llama Luisito? ¡Pues claro que se llama Luisito!

         —No, mama. Es Luisillo.

         Miraba la Pingarra al techo, juntaba las manos y las retorcía con fuerza, como si estuviera retorciéndole el pescuezo a un pollo guardado para ocasión gozosa, sólo que con mucha rabia, además; luego se clavaba las uñas negras en su frente sebosa un rato, mirando al suelo. Después, ya más calmada así, volvía a la carga:

         —Bueno, pues Luisillo. Mira, Manuel...

         Fuese porque ella creía jugarse tanto en el asunto que puso toda su paciencia y sus artes en hacer comprender a su hijo lo que tenía que hacer, o fuese porque algún diablo iluminó la escasa inteligencia de Manuel, el caso es que cuando Luisillo pasó hacia el cortijo de don Emiliano llevando la comida para su padre en una bolsa de tela a cuadros azules y blancos, los dos amigos se vieron y le dijo Manuel:

         —Oye, Luisillo, mi mama dice que te enseñe una cosa.

         El chiquillo, espabilado y regordete, le miró al tiempo que se le iluminaba la cara ante la expectativa de alguna sorpresa, más agradable por lo inesperada.

         —¿Qué es? —le preguntó parándose.

         —No, ahora no puedo decírtela. Es que me ha dicho mi madre que tiene que ser a la vuelta.

         —No tardo nada. Espérame que no tardo nada. Nada más llevarle la comida a mi padre y ya estoy de vuelta —respondió Luisillo. Y salió corriendo.

         Oculta tras los cristales mugrientos de la ventana, la Pingarra dio un suspiro de alivio al tiempo que se maldecía por el descuido de haber dejado a Manuel en el patio vallado a la hora en que Luisillo pasaba de ida. Menos mal que el imbécil de su hijo no había dicho nada. Y, entretanto, seguía con mirada ávida la figura ágil de Luisillo que, en un momento, ya se había perdido tras los árboles de la carretera.

         Asomó Manuel la cabeza y preguntó, como contento y satisfecho:

         —¿Lo he hecho bien, mama, eh? ¿A que sí, mama, a que sí?

         Normalmente Luisillo debía de haber tardado una hora más o menos. Tenía que ir hasta el cortijo de don Emiliano, luego llegar hasta el bancal en que su padre estaba trabajando ese día y, después, esperar a que su padre diera cuenta del contenido de la magra bolsa. Y esta vez eso vino a tardar; si acaso, un poco menos. Porque iba ilusionado; y así se lo había comentado a su padre, algo extrañado por las prisas que el chiquillo mostraba:

         —Es que Manuel me ha dicho que me va a enseñar una cosa.

         —¿Qué Manuel? ¿El de la Pingarra? —le preguntó, medio ausente.

         —Sí. Es mi amigo —explicaba orgulloso de tener como amigo a Manuel, un tiacón más grande que su padre y, a pesar de ello, fíjate, su amigo.

         El padre siguió comiendo sin volver a pensar en el asunto, al que por otra parte apenas había prestado atención. Fue luego, mucho después, varios días habían pasado, cuando le vino a la cabeza. Pero claro está que entonces ya era tarde. Demasiado.

         Mientras masticaba y masticaba la comida insípida, miraba distraídamente  a su Luisillo que andaba cogiendo vinagreras y buscando babosas por entre las  piedras.

         —Ten cuidado, que puede haber alacranes.

         Prácticamente apenas se dijeron nada más.  Sólo, cuando ya el niño se iba, se acordó de comentarle:

         —¡Oye, dile a tu madre que a lo mejor tardo un poco, que a la vuelta me voy a parar en lo del Chuparcharcos!

         Pero no se quedó muy seguro de que Luisillo le hubiera oído, ya que había salido corriendo nada más terminar él de comer y en un instante se había perdido por entre los naranjos con un apresurado:

         —Bueno, adiós.

         —Pasa, pasa, Luisito —le decía con sonrisa untuosa la Pingarra—; anda que...

         —Mama —interrumpía Manuel, sonriente junto a ella, en la puerta de la cueva.

         —¿Qué? —Se volvía hacia su hijo con un deje de irritación apenas contenida.

         —Que no se llama Luisito; se llama Luisillo. Y es mi amigo. Le voy a enseñar una cosa. —Y venga mostrar los dientes en aquella sonrisa sincera de puro tonta—. ¿A que sí, Luisillo? —Y volviéndose ansioso y alegre a su madre a renglón seguido:— ¿Qué cosa es, mama? ¿Qué es, eh?

         —Sí, sí; pues claro que sí —asentía la Pingarra con su sutil suavidad—, claro, claro. Manuel te va a enseñar algo que tú nunca has visto, algo maravilloso, ¿verdad que sí, Manuel?

         Como sin querer había cuidado de ir guiando al confiado Luisillo hasta las proximidades de la gran mesa tabernera, alargada y recia, que estaba situada cerca de la chimenea.

         —Sí, mama. ¿Qué es lo que le voy a enseñar, mama?

         La Pingarra volvió a temer que sus planes fracasasen; pero instruida en la escuela del hambre, que no hay mejor maestra, era rápida en recursos:

         —Primero se tiene que tender Luisito en la...

         —Mama —cortaba Manuel—, que no se llama...

         —Ya lo sé, ya. He querido decir Luisillo. Bueno, pues primero tú, Luisillo. —Se volvía a su hijo con un retintín irritado:— ¿Lo he dicho bien esta vez, Manolillo?

         —Sí, mama; pero yo no me llamo...

         —Ya, ya, ya. He querido decir Manuel. —Y refunfuñaba por lo bajo algo que hacía referencia a un castigo, a la paciencia y a algo más. Luego, volviéndose a Luisillo, abría instantáneamente el rostro en una sonrisa postiza y congraciante de dientes rotos y sucios que ella no se veía—. Pero bueno, Luisillo, primero tienes que tenderte en la mesa, boca arriba, ¿eh? Mira, mira, así, ven aquí...

         Tenía cogido al niño por el brazo con una mano fuerte y le instaba a subirse en la mesa. Luisillo, que no tenía nada de tonto pero sí de niño, no lograba entender por qué tenía que tenderse en la mesa si a lo que había venido era a ver una cosa que le iba a enseñar su amigo Manuel; incluso jamás pensó que la Pingarra iba a estar por allí, sino que entendió que se trataría de alguna nueva habilidad de la gallina, la que había aprendido a dar saltitos a la pata coja, o algo por el estilo.

         Ahora intuía algo raro, pero sin saber exactamente qué. De modo que levantó la vista hacia su amigo Manuel que le inspiraba a la vez confianza y seguridad.

         —¿Tengo que subirme a la mesa, Manuel? —le preguntó.

         Por una vez, la Pingarra se sintió casi satisfecha con su hijo:

         —Pues claro. Te subes a la mesa, como dice mi mama. ¿Quieres que te suba yo?

         Antes de que Luisillo tuviera tiempo de asentir, ya lo había levantado Manuel como quien levanta un palito del suelo y lo había dejado tumbado boca arriba sobre la mesa.

         —¡Je, je! ¿Ves? —se reía:— ¡A que te gusta! ¿Eh?

         Y seguía riendo. Hasta Luisillo, que no entendía nada y empezaba a estar un poco asustado, trazó un medio esbozo artificioso de sonrisa. Aunque la Pingarra notó que el miedo comenzaba a latirle en el pecho, y en el fondo de sus ojos, imperceptiblemente casi; todavía como queriendo estar confiado, pero sin lograr alejar del todo la duda incipiente, alarmante.

         —Ahora Manuel te va a enseñar un juego. Verás. Tú coge esta cuerda con las dos manos...

         Cuando la Pingarra hubo pasado la cuerda que sostenía Luisillo tres o cuatro veces por debajo de la mesa, éste quedó amarrado sin apenas poder mover ni el pecho ni los brazos. Pese a ello la Pingarra seguía dando vueltas y más vueltas a la cuerda, cada vez más abajo, y dejando el cuerpo del niño cada vez más seguro y fijo, cada vez más inmóvil. Más sujeto a la mesa. Los ojos de aquél la seguían en su frenética actividad hasta donde podían y, ocasionalmente, venían a descansar en Manuel, a quien veía ahora a sus pies con la boca abierta en una sonrisa plena.

         Apenas le quedaba cuerda a ella y se afanaba en anudar el extremo a una de las patas de la mesa, cuando la voz del niño se hizo oír, quejosa e infantil, ya totalmente asustado:

         —¡Ay, Pingarra, me haces daño!

         —No seas quejica. —Desde abajo ella, ahogada y sudorosa por el esfuerzo:— Ya verás qué bien lo vas a pasar, ¿eh? ¿A que sí, Manuel? ¿A que lo va a pasar bien, eh? ¡Vamos, dile que sí!

         Aún el sol estaba allá en lo alto cuando la Pingarra colocó el trapo sucio que solía llevar en la cabeza, sobre la boca de Luisillo, amordazándolo fuertemente. Entonces se inclinó sobre él y, quitándole el otro extremo de la cuerda que él todavía tenía asido con sus manecillas regordetas, deshizo la primera de las vueltas y amarró con toda su fuerza el trozo que ahora sobraba.

         A continuación se retiró un poco y examinó el resultado de su trabajo. El niño podía mover la cabeza, pero nada más. Los ojos, muy abiertos, ahora la seguían a todas partes repletos de miedo. Eso, y el pelo, era lo único que se distinguía de su rostro porque el resto estaba oculto por la mordaza.

         No obstante, ella aún no parecía satisfecha. Miraba y remiraba a su alrededor sin hacer el menor caso de su hijo medio idiota (en su concepto, porque por tal le tenía). Pero en la cocina no había nada que le sugiriera utilidad alguna; de manera  que desapareció por la puerta del dormitorio, no sin antes advertirle a Manuel:

         —No se te ocurra tocarlo, ¿eh? Ni lo toques. Ni lo mires, vamos... No vaya que... Mira, mejor ven conmigo.

         Y así Manuel se metió tras ella en la oscura y maloliente habitación, no sin antes lanzar una sonrisa a su amigo, tendido boca arriba y atado fuertemente a la mesa.

         Luisillo sólo veía el techo irregular de la habitación, con su pátina ennegrecida por muchos fuegos de chimenea e hilos de candil y por falta secular de un blanqueo. Notaba su corazoncito saltando en el pecho y una sensación rara en las tripas. Y oía a la Pingarra moviéndose por la otra habitación.

         Cuando reapareció traía en sus manos una sábana arrugada. Se acercó a la mesa y la echó sobre el cuerpo de Luisillo; atravesada, de modo que los picos colgaban por ambos lados. Entonces le dijo a Manuel:

         —Ata los picos bien fuerte; con todas tus fuerzas.

         Y Manuel que le contestaba, mientras se arrodillaba:

         —Sí, mama.

         Cuando salieron de la cueva y cerró la Pingarra la puerta, quedó prácticamente a oscuras el cuerpo de Luisillo, tendido en la mesa, cansándose inútilmente en intentar moverse un poco, medio asfixiado por aquel hedor horrible a sudor y orines que emanaba de la sábana y, pese a ello, afanándose en meter trabajosamente algo de aire en sus pulmones a través del trapo negro. Unos gruesos lagrimones de miedo le resbalaban cara abajo y se perdían por entre surcos más allá de las orejas y del pelo. Caían en la mesa.

         La Pingarra era previsora, bueno, en lo que ella caía. De modo que, tras echar la llave a la cerradura de la puerta de la cueva se la guardó en los alrededores del arranque de uno de sus senos colgantes y le mandó a su hijo:

         —Tienes que ir a por hierbas.

         La memoria, en cambio, no le solía fallar a Manuel. Así es que se extrañó del mandato de su madre y no pudo menos que recordarle:

         —¡Pero, mama; si fui ayer!

         —Sí. Pero trajiste pocas. Hacen falta más, muchas más, ¿entiendes?

         Manuel no entendía.

         —¡Maldita sea la criatura! —chillaba la Pingarra descompuesta—. ¡Pero, y qué de malo habré hecho yo para merecerme este castigo! —Y ya desbarrando a grito pelado, sin temor alguno a que la oyeran porque la cueva más próxima estaba a un buen trecho de ladera cerro abajo:— ¡Además, te he dicho yo que vayas a por hierbas y tú vas! ¡Y no me digas ni esto así, so imbécil...! —Así seguía, incluso alzando la mano para dejarla caer con fuerza sobre aquel corpachón que, ahora, reculaba y reculaba con la mansedumbre temerosa de un perro apaleado.

         Es que a Manuel le hubiera gustado quedarse sentado junto a la puerta de la cueva, cerca de su amigo. Pero temía a su madre con toda la irracionalidad de que era capaz; y, cuando la veía así...

         Por su parte, ¿sabéis?, la Pingarra tenía miedo a que si alguien pasaba por la carretera era muy posible que “el castigo maldecío que me ha caído” no tardara en hacerle saber a ese alguien que allí, dentro de la cueva y sobre una mesa, se encontraba Luisillo. De manera que enviándole a lo alto del cerro, en la dirección opuesta al río y a los naranjales y en donde uno no se encontraba sino que con huidizos animaluchos que corrían a esconderse en la fronda antes que vistos, ese posible peligro quedaba conjurado. Así es, pues, que tras asegurarse de que Manuel tomaba la senda que trabajosamente y de inmediato se escondía pinos arriba, ella echó a andar carretera abajo, hacia la derecha, es decir, hacia el centro del pueblo.

         Las cuevas, sobre todo las últimas y entre ellas la de la Pingarra, no estaban pegadas unas junto a otras; ni mucho menos. El tiempo las había ido haciendo a su capricho y, como quiera que sitio había y libertad para escoger también, tan pronto aparecían dos o tres juntas como para, a renglón seguido, continuar un trecho más o menos largo de cerro pelado y ausente de vida. Aunque bien es cierto que estos trechos se hacían paulatinamente menos numerosos y algo más espaciados hasta, finalmente, desaparecer en una fila de cuevas contiguas según te ibas acercando al pueblo; siempre a la derecha conforme se bajaba la carretera.

         A continuación venían las casas, a ambos lados de la carretera: una fila a la izquierda, haciendo la fachada de los primeros naranjales; un conglomerado informe y agolpado a la derecha, encaramándose cerro arriba. En un hueco en medio del conglomerado estaba la plaza, o La Plaza, como la llamaban, con la iglesia en la punta de arriba, y el Casino y el Ayuntamiento mirándose frente a frente en los dos laterales. En el otro extremo del pueblo, carretera abajo, no había, ni tampoco hay hoy día, cuevas; las casas terminan bruscamente en la estación del ferrocarril en tanto que la carretera tuerce a la izquierda y baja a delimitar la orilla del mar de naranjos.

         No vayáis a creer que el Gádor de entonces era como el Gádor de ahora. En absoluto. Entonces había dos barrios claramente diferenciados. De una parte estaba el Gádor de los “señoritos”, con sus mansiones de fachadas serias y pretenciosas construidas por los mejores arquitectos de la capital de la provincia de fines de siglo; se extendía como un cerco alrededor de la Plaza, de la que algunas de las casonas, las de mayor tronío, formaban parte. Alrededor, como una corona rodeando este Gádor rico, estaban las casitas de los pequeños propietarios y de los jornaleros.

         La mansión del Leona, ni que decir tiene, estaba asentada en el Gádor rico, muy cerca de la iglesia; aunque la fachada no daba a la Plaza, como sucediera con la de don Emilio (y ahora también propiedad del Leona), sino a una de las calles que en ella desembocan y que tenía fama de ser la de más prestigio de todo el pueblo. Allí, quien menos, debía tener arriba de las cincuenta tahúllas en la mejor zona. Y cincuenta tahúllas para el Leona eran una nimiedad.

         Sabía la Pingarra, tal vez por intuición, cómo la mejor forma de pasar desapercibido es no intentarlo, es decir, no intentar pasar desapercibido. De modo que fue derecha a la casa del Leona y sacando la mano por debajo del embozo negro con que se tapaba, dejó caer el aldabón una sola vez.

         Apenas se había perdido el sonido de trueno metálico y hueco, cuando ya la puerta se había abierto y cerrado y la Pingarra se encontraba en una fresca semioscuridad desde la que le miraban los ojos inmensamente abiertos de la Frasca. Los labios trémulos de ésta apenas pudieron articular:

         —¿Ya...?

         Desde muy adentro llegaba el insistente repiqueteo de la tosecilla del Leona, piar agónico de pajarito seco.

         —Esta noche. Cuando el reloj dé las once. En punto. En mi cueva. No os retraséis.

         La había tuteado sin darse cuenta; pero es que para la Pingarra, ella misma era ya también una señora.

         Ambas hablaban en susurros, como conspiradoras que temiesen ser sorprendidas por quién sabe dónde. Cuando ya iba a salir, se volvió y le dijo a la Frasca:

         —No se os olvide el dinero. Si no hay dinero, no hay trato.

         —Lo tenemos preparado.

         —Entonces, hasta la noche. A las once. En punto —recordó una vez más, la voz seria, casi solemne.

         Se dio la vuelta echándose el negro embozo de nuevo y apenas había salido al ya débil sol de la tarde cuando la puerta se había vuelto a cerrar tras ella.

         Nadie la vio. Lo cual, aunque parezca increíble, también parece que fue cierto.

         Cosa poco menos que imposible en un pueblo, como ya sabes.

         Pero así fue.

         O, al menos, eso dicen.

         Hacía rato que mi primo Joaquinito no apartaba sus ojos, totalmente aterrorizados, de mi tía Remedios. Yo le veía encogerse y encogerse, mirando de vez en cuando a hurtadillas por encima de sus hombros a la oscura pared de naranjos que se agolpaba tras él.

         Aprovechando que mi tía se había callado unos instantes, ella seguramente que para darle más emoción a lo que seguía, dije, señalando con el dedo a la masa negra tras la cortijera:

         —¡Cuidado, Joaquinito! ¿Qué es eso de ahí? ¡Detrás, detrás de ti!

         Poniendo en mi voz todo el apremio que pude.

 

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