El mal de ojo

 

07

 

MANUEL

 

         ¡Oye, y que tuve que pedirle perdón a mi dichoso primito, al jodido Joaquinito! Mi tía se había puesto hecha un basilisco; hoy más bien pienso que debido al susto que se llevó cuando los chillidos de mi primo, que le pusieron en la garganta aquel corazón de ventana abierta y abanico y que la mataría unos años después, cierta tarde de agosto.

         No lo hice de buenas a primeras, lo de pedirle perdón, digo, porque no quería hacerlo. Tardé un buen rato, no creas. Ya entonces le tenía atragantado, y aún le sigo teniendo, como el hueso de un pollo en mitad de la garganta. Era un chivato caguetilla, el muy puñetero. Un año mayor que yo. Pero había pegado un salto como pocas veces en mi vida he visto dar otro.

         Sin embargo aún recuerdo cómo, por no liar más la cosa, hube de componer una expresión supuestamente compungida dentro de lo que pude, y mascullar un “lo siento” que hasta para mí sonó falso como un billete de perra gorda; y que, por cierto, no se oyó entre las risas de las chicas, que hacían como que paraban, inflando sus carrillos de melocotón para estallar de momento entre soplos, resoplidos, alboroto y jolgorio.

         —No —repetía mi tía Remedios—; tiene que ser más fuerte.

         —¡Pero, bueno, si ya lo he dicho, tía! —me rebelaba yo—. Si no se ha oído, yo no tengo la culpa.

         —Paquito tiene razón —me defendía Rosa, haciendo un esfuerzo por contener los borbotones de risa que aún le subían, alzando y bajando aquellos dos pechos como dos cántaros cubiertos por la finísima tela blanca de una camisa cortijera.

         —Tampoco ha hecho nada tan malo —añadía Conchi, como un divertido eco de la otra.

         Y a mí me sonaban sus palabras a música celestial; casi mejor que su risa.

         Hasta la misma Concha me echaba un cable desde su boca llena de huecos negros de dientes idos:

         —El chiquillo tampoco es malo; lo habrá hecho sin pensar.

         No obstante, tanto Joaquinito como su hermano no cesaban de mirarme como si me quisieran comer. En realidad, sus miradas furiosas no me importaban nada, satisfecho como estaba por las risas de las muchachas; que hasta había visto insinuar una sonrisa a Elisita, lo cual ya era difícil. Lo que me importaba eran las risas de Rosa, con sus caderas como ancas de potranca y senos de cántaros cantareros; y las de Celeste Elena. Pero de esto me doy cuenta hoy; entonces no me sentía sino como un pavo real al que están reprendiendo y, por lo tanto, más le llena la satisfacción cuanto más atrae la atención ajena.

         Sin embargo, hubo de pasar un rato hasta que mi tía se dejó convencer para seguirnos contando la historia del Leona; antes hube de prometer que no me metería más con el dichoso Joaquinito y que no la interrumpiría con mis “tonterías de niño caprichoso”, como repetía una y otra vez. Aún no he logrado entender... Pero, bueno, mejor lo dejamos; porque esto es como las cerezas, que empiezas tirando de una y te salen todas agarradas unas a otras. Sí. Mejor volvamos a la Pingarra, de regreso a su cueva que la dejamos.

         Pues, ¡ea, señores!, que todo el camino de vuelta se lo tiró pensando la Pingarra en que ahora lo más importante era que al niño no se le hiciera mala sangre; sabía que si se le hacía mala sangre, el remedio no le serviría de nada al Leona. Y es que ella, y aparte del dinero, había prometido curar al Leona y en su mente tenía el pensamiento de cumplir con la mayor honradez su parte del trato. Que una cosa es el dinero, y otra muy distinta la responsabilidad. De modo que por eso caminaba inquieta subiendo la carretera camino de la cueva dándole vueltas y más vueltas en la cabeza a la mejor forma de tranquilizar a Luisillo.

         Una cosa sí estaba clara: si el niño se asustaba, se le haría mala sangre. Eso era lógica pura y no tenía vuelta de hoja. Como que el pan es pan y el vino, vino. Ahora pensaba, con cierta inquietud, si no sería ya demasiado tarde y el chiquillo se habría asustado y se le habría hecho mala sangre.

         Empezó a arrepentirse de haber enviado a Manuel a recoger hierbas. Su hijo, aunque tonto, era amigo del niño y le habría servido para tranquilizarle. Pero, se preguntaba por otra parte, ¿qué otra cosa podría haber hecho ella? ¿dejarlo allí, en la puerta de la cueva, a la vista de todo el que pasase por la carretera y, entre ellos, el mismo padre de Luisillo? ¿llevarlo con ella a la casa del Leona para que por el camino se le ocurriese decir a cualquier otro niño, o no niño, con quien se topara: “Sí, tenemos al Luisillo en mi cueva atado a la mesa de la cocina, ¿a que sí, mama?”...

         No; estaba claro que había obrado rectamente. Pero indudablemente, pensaba, cuanto antes volviera Manuel, mejor; mientras, y esto era lo más complicado, debería apañárselas para tranquilizar ella misma al niño.

         Esto al menos sí que lo tenía claro.

         Así pues, con ese objetivo en su mente estaba aplicándose en sacar la llave de la cueva de su escondite junto al seno colgante, cuando una mano le dio unos golpecitos en el hombro. El corazón le dio un salto hacia delante y el estómago cuarenta vueltas por los adentros antes de darse la vuelta y encontrarse con el rostro sonriente de su hijo.

         —Mama, ¿no es lo mismo que vaya mañana a por las hierbas?

         No le dijo mucho la Pingarra; más que nada porque pensó que era muy posible que Manuel hubiera estado oculto todo el rato acechando su regreso y, consiguientemente, nadie hubiera podido verle, como ella misma no le había visto. Además, ella tampoco se había cruzado con nadie en el camino de vuelta; así que pocos, si alguien, habrían pasado por la carretera enfrente de la cueva. Por último, y con cierto fatalismo, estimó que lo hecho ya poco remedio tenía. Así que...

         Cuando entraron en la cueva lo primero que hizo tras cerrar la puerta fue dirigirse directamente a la mesa. Unos ojuelos grandes, húmedos de llenos de lagrimones y terror que le resbalaban por los laterales del rostro, se clavaron en una muda súplica en los suyos. Y ella al momento sintió la inquietud atenazándole el pecho: ¡El niño estaba asustado! ¡Se le iba a hacer, si es que no se le había hecho ya, mala sangre! ¡Había que calmarlo, tranquilizarlo, distraerlo incluso!

         —¡Ea, ea, ea, vamos, Luisito! ¡Tranquilo, mi niño, tranquilo, vamos, vamos, tranquilo...! ¡Si no va a ser nada...! ¡Vamos...! —Y así seguía mientras que con mano torpe intentaba una caricia en la frente del niño.

         Miró hacia su hijo que, como un perro, no hacía otra cosa que husmear, por encima primero y bajo la sábana después, hasta que al fin alzó con sonrisa tonta el rostro alegre del que encuentra la solución a un difícil problema o a una situación inexplicable:

         —¡Mama, mama —decía contento—, se ha cagao!

         Bueno, aquí debo decir que no fue eso lo que mi tía Remedios nos explicó; ni mucho menos fueron esas las palabras que sus finos labios incoloros en mi recuerdo pronunciaron. Pero, tal y como yo he logrado reconstruir lo que sucedió a base de preguntar aquí y allá, a los que supieron porque oyeron de primera mano, o a esos viejos y viejas de memoria centenaria y lengua fácil que tanto abundan en el valle del Andarax, estoy seguro de que fue así como ocurrió todo. Si acaso con alguna ligera, nimia que diría yo, variante.

         Porque lo que mi tía nos contó aquella noche nos impresionó a todos; no sólo a mi primo Joaquinito, que todavía creo que andará mirando bajo la cama a ver si hay alguien antes de acostarse; como desde esa noche hacía. A todos. Incluso a las muchachas. Estoy seguro.

         Y a mí.

         Como por razones de mi trabajo posterior, y porque yo también pertenezco al valle, he pasado después tantas y tantas veces por los pueblecillos del río, he tenido todas las oportunidades del mundo para hablar y hablar y hablar..., unas veces en la frescura soñolienta de los almacenes en las tardes de verano; otras, en los bares y tabernas tras cerrar algún trato ventajoso para ambas partes; incluso liando con alguien esos interminables cigarrillos a los que terminábamos pasando la saliva por  el papel y retorciéndole las puntas a la sombra de algún roble o algún chopo de esos que como reliquias guardan en ellas cada plaza de cada pueblo. Y hasta, como ya he tenido ocasión de hacerte saber, en la cantina de la estación de Fuentesanta.

         Así que créeme cuando te digo que lo que Manuel dijo fue:

         —¡Mama, mama, se ha cagao!

         Y créeme también que su cara estaba totalmente alegre; porque ahora había averiguado por fin a qué se debía aquel olor inusual que tanto le había extrañado desde que entrara en la cueva precediendo al cierre apresurado de la puerta por su madre.

         La Pingarra y Luisillo, como es lógico, le habían oído; porque Manuel no era de los que solían hablar en susurros.

         El niño cerró sus ojos volviendo al tiempo la cabeza hacia el lado opuesto, como queriendo ocultarse, mientras gruesos lagrimones fluían de aquéllos como de cerradas fuentes.

         La Pingarra arreció en su pasar la mano por la frente del chiquillo mientras con voz sebosa no cesaba de repetir la misma cantilena:

         —¡Tranquilo, pobrecito, si ya estamos aquí; tranquilo, pobrecito, si ya estamos...! —Y no se le ocurría decir otra cosa. Sólo pensar en aquella preciosa sangre que a lo mejor se estaba haciendo mala en aquel mismo instante. No podía concentrarse en nada más; pero tampoco daba con solución alguna.

         —Mama, mama, ¿lo limpio?

         Dejó ella caer sus ojos de piedra en el “¿y qué malo habré hecho yo?” antes de contestarle con voz sorda, preñada de amenaza contenida a duras penas:

         —¿Pues no ves, so imbécil, que para limpiarlo hay que desatarlo? ¿O es que no lo entiendes?

         Al cabo creyó la Pingarra dar con la forma de limpiar a Luisillo sin tener que soltarlo del todo. Y es que mientras Manuel hacía lo que su madre sin cesar le repetía que no dejara de hacer (esto es, sujetar fuertemente a un Luisillo quieto y que no hacía nada por moverse sino sólo llorar en un silencioso fluir de lagrimones), ella desató el cabo inferior de la cuerda, aquél que le mantenía sujeto por los pies. Con extrema cautela fue desliando la cuerda hasta la cintura del chiquillo; hizo entonces un nudo provisional, y con eficiencia y precaución tiró de los raídos pantalones cortos sacándoselos por los pies.

         —¡Ay, qué marranillo... Ayayay, qué marranillo...! —repetía una y otra vez casi sin darse cuenta, sólo para tranquilizarle.

         Luego, recogiendo de la chimenea los pantalones del niño, y tras asegurarse de cuál era la parte salva de los mismos, le secó con ellos.

         —¿Ves? ¡Ya está! Si no ha sido nada, cariño... No, no ha sido nada... —se ufanaba en su querer tranquilizarle en tanto que daba vueltas y más vueltas a la cuerda y ataba el extremo de la misma a la pata de la mesa de donde la desatara minutos antes. Luego echó nuevamente la sábana sobre él y mandó a Manuel que le hiciera un nudo por debajo de la mesa; como antes, también. Sólo que ahora los pantaloncitos, manchados y malolientes, volvían a estar en la chimenea; y uno de los pies de Luisillo, del que se había caído la diminuta esparteña, asomaba descalzo junto al  otro por el extremo de la sábana.

         Fue una larga noche aquella en Gádor. Clara como un espejo, noche de luna y estrellas, de grillos en los bancales, de ranas por las acequias, de sombras en los pozos, de quinqués y carburos por callejas y callejones, de luciérnagas moviéndose aquí y allá, tontamente, en luces que ya venían, de voces que se acercaban, llamando y ya se habían ido. Noche de los corazones encogidos.

         Porque, al pronto, nadie pareció dar mucha importancia a la tardanza de Luisillo. Había ido a llevarle la comida a su padre y tardaba más que de costumbre en volver; pero ya está. No había nada más. Se habría entretenido haciendo cualquier travesura. ¡Era tan travieso...!

         Sólo que su madre, no muy mayor pero ya consumida por cinco partos, tenía “un no sé qué por aquí dentro”, como explicaría más tarde una y mil veces entre suspiros y lamentos poniéndose las manos en su pecho reseco y plano.

         Luego, cuando el sol comenzó a ocultarse, salió ella y se fue asomando por las casas de los vecinos. Primero, como una gallina no demasiado inquieta a la búsqueda de su polluelo:

         —Oye, fulanita, ¿no has visto por aquí a mi Luisillo, mi pequeño? ¿no ha estado por aquí?

         Después, con una angustia ya creciente:

         —¿Seguro que no...? Pues, ¿y dónde está mi hijo? ¡Sí que es raro! ¡Pero si él siempre viene a merendar!

         Pues aquéllos eran los felices tiempos en que el pan era pan y, con aceite, un manjar. Y siempre había algo que llevar a la boca de los polluelos, que para eso su padre trabajaba de sol a sol en el cortijo de don Emiliano el cual, dicho sea de paso y sin atrasar a los presentes, era una bellísima persona.

         Pero no, su Luisillo no había sido visto por ninguna parte. Fue entonces, ya noche con luna colgada arriba, cuando ella se presentó en el bar del Chupacharcos. Iba descompuesta:

         —¡Si yo ya lo sabía yo...! ¡Si me lo estaba diciendo el corazón...! ¡Ay, mi Luisillo! ¡Ay, mi hijo! ¡Ay, mi chiquitillo! —repetiría una y mil veces más tarde, mientras las vecinas y parientas, mudas y enlutadas, la oían en silencio sentadas en un corro desgranando rosarios que dirigía una cualquiera de ellas e igual en todo a las demás.

         Ella, la madre, se había limitado entonces a acudir a su marido, que echaba unos chatos con los demás. A la puerta del Chupacharcos y a los gritos de ella, a quien su marido había sacado del brazo para evitar una escena en la taberna, se formó pronto un corro de curiosos que intentaban enterarse de lo que pasaba. Los primeros habían sido los mismos parroquianos del Chupacharcos, que no habían tardado en salir creyendo que se trataba de una pelea y con la esperanza regocijada y anticipada de un buen espectáculo con que animar la noche. Luego volvieron a entrar, eso sí, algo frustrados tras constatar que tan sólo se trataba de un crío que se había perdido.

         Pero ya se habían arremolinado también algunas vecinas que ahora, tal vez por solidaridad, apoyaban a la madre e incluso lanzaban claras puyas sobre que, para algunos, parecía que era más importante el vino que los hijos y opiniones de similar entidad. Las voces fueron creciendo en intensidad y acabaron por volver a sacar a los parroquianos del Chupacharcos, que se encontraron con el corro enormemente aumentado hasta el extremo de verse en la obligación moral de dar su opinión, cuanto más que el vinillo les había soltado lengua y cerebros. Y, así las cosas, acabaron por decidir repartirse en grupos y recorrer el pueblo, fijando como lugar de encuentro posterior la puerta de la iglesia por si acaso el chiquillo no aparecía.

         Eso hicieron. Salvo el Chupacharcos, que se quedó pasando y repasando un trapo que le servía para limpiar el mostrador de cinc. Sin decir nada. Tal vez sin pensar nada. Eso sí, tarareando por lo bajo una melodía que había aprendido allá, en la isla, en Cuba, durante la guerra.

         La vida en un pueblo como Gádor era entonces no tenía precisamente un gran número de alicientes, así que cuando alguno surgía, como ahora, había que aprovecharlo. Debido quizás a eso las cuadrillas de gente que buscaban a Luisillo se fueron multiplicando en número y componentes. Cuando la puerta de la iglesia  fue llenándose de quinqués y de carburos, como luciérnagas acudiendo a una luz cada vez mayor, estaba prácticamente todo el pueblo allí. Bueno, todo el pueblo, no; porque los señoritos no se habían percatado casi de nada. Alguno sí había preguntado curioso en el bar del Casino:

         —Oye, tú —al mozo que hacía de camarero—, ¿es que pasa algo?

         —No, qué va. No pasa nada, don Fulanito. Es que parece que se ha perdido un crío —tranquilizaba el otro.

         —¡Bah! ¿Y para eso tanto jaleo? Pues si se ha perdido, ya aparecerá. Y, si no aparece, pues que hagan otro.

         Y se volvía hacia los otros para que le riesen la gracia.

         Pero algo más arriba, la puerta de la iglesia era un hervidero de sugerencias, voces, gritos, quinqués y una corte de hembras, secas las unas, gordas las otras, que no cejaban en su intento de calmar aquel delantal negro que la madre de Luisillo no apartaba de su rostro. Y cuando lo hacían era para lanzar breves pero hirientes observaciones a los hombres que, totalmente desnortados y superados por aquella situación novedosa, se miraban los unos a los otros, mudos, sin atreverse ni a abrir la boca.

         Es que, cosa curiosa, eran ellas, las mujeres, quienes llevaban la iniciativa. Fue una de ellas la que se decidió a llamar a don Recesvinto. Y, como aún no era muy tarde, lograron que el cura les precediese a todos, como en una procesión, hacia el cuartel de la Guardia Civil, allá, junto a la estación del ferrocarril; cosa ésta, la de acudir a la Guardia Civil, que había sido debidamente sugerida, asimismo, por otra de las mujeres.

         Y allá que se fueron, bajando la Plaza. Don Recesvinto al frente, con el padre de Luisillo a su lado llevándole un quinqué no fuera a tropezar; como su monaguillo que fuese, sólo que callado. Detrás la cohorte de mujeres, arracimadas en torno a la madre del chiquillo, que no cesaba en sus lamentos. Por último, los hombres, algunos aún preguntándose si no sería demasiado alboroto por nada; porque ¿qué le podía haber pasado al crío? ¡Y en bonita situación quedarían ellos si al volver a su casa los padres de Luisillo se encontraban al chiquillo durmiendo en su cama! Vamos, que las risas de los señoritos se iban a estar oyendo... De manera que remoloneaban y se descolgaban un tanto, echando por delante al señor cura y a las mujeres; que ni él ni ellas corrían peligro de hacer el ridículo y ser el hazmerreír de los...

         No obstante, la fila era más o menos regular cuando desembocaron en la carretera. En aquel momento el reloj de la iglesia, uno de los orgullos de Gádor y la envidia de los pueblos de los alrededores, daba las once.

         Cayeron las campanadas una a una. Lentas, como cansados aleteos de buitres ralentizados, permanecieron unos instantes en lo alto y se fueron desvaneciendo al momento en un aire de luna y quinqués. Hubo quien las contó, porque se oyó decir  a uno:

         —Las once... —sobre el arrastrar de las decenas de pies en la tierra y el acompañamiento continuo, gimiente, incesante de la madre de Luisillo.

         En la cueva de la Pingarra también se oyeron las campanadas. Pero bastante más lejanas. Y se oyeron porque era de noche, que durante el día no llegaba allí su sonido.

         Aunque lo cierto es que ya hacía rato que la Pingarra estaba esperando sin decir nada, pero con el oído más atento al toque de las campanas que a ninguna otra cosa. Es que el oscurecer se le había hecho interminable; y la primera parte de la noche aún más. Principalmente porque no había forma de calmar a Luisillo, a quien de vez en cuando le acometían unos temblores que le dejaban cubierto de un sudor frío que tenía empapada a rodales la sábana; y la Pingarra temía, y no sin razón, que en uno de ellos se le hiciera mala sangre.

         —Mira, Luisito... —había empezado a hablarle hacía un rato con lo que ella creía que era una voz dulce y tierna.

         —¡Mama, mama! —la interrumpía Manuel, presto y como al acecho pese al concepto en que le tenía su madre.

         —¡Ya, ya, ya! Luisillo, Luisillo, ¿no? —Volvía otra vez su rostro sobre el del niño, echándole su aliento encima de los ojos cansados de terror—. Mira, Luisillo, si prometes que no vas a gritar, te quito el trapo de la boca. Para que veas que no te va a pasar nada. ¿Eh? ¿Qué dices, eh? ¿Vas a gritar?

         El niño la miró con un rayito de esperanza aleteando tímido y liviano en el fondo de aquellos pocitos de miedo húmedo. Luego, al cabo de unos instantes, movió la cabeza negando con cierta dificultad debido al trapo y a la sábana.

         —Pero antes tienes que prometerlo por la Virgen y por Jesús, que no vas a gritar ni a chillar ni a nada de eso. Que te vas a portar bien, ¿eh?

         Ahora, vuelta a asentir la cabecita. Aunque aún no estaba conforme la Pingarra.

         —Pero tienes que prometérselo a Manuel, que es tu amigo, ¿eh?, que no vas a gritar, ni a llorar, ni a hacerte mala sangre, ¿eh? Vamos, prométeselo a Manuel y te quito el trapo de la boca. ¿Se lo prometes?

         Luisillo, asintiendo.

         —¿Por la Virgen? —se aseguraba la Pingarra.

         Luisillo asintiendo.

         —¿Por Jesús? —remachaba ella.

         Lo mismo.

         —¿Por Manuel?

         Entonces le quitó el trapo que le había puesto a modo de mordaza. Pero, para colmo, el chiquillo se orinaba.

         Había sido Manuel quien se había dado cuenta de ello.

         —¡Mama, mama, se está meando, se está meando! —chilló a grito pelado. Gozoso y alborozado; pero sin malicia alguna.

         Claro está que esto tampoco nos lo contó mi tía Remedios, tan pulcra ella. Esto en particular me lo dijo una vieja con la que entablé conversación en una boda en Íllar, que es otro de los pueblos del río, más arriba de Gádor.

         Nada más citarle el caso del Leona, por hablar de algo y porque siempre he tenido la costumbre de sacarlo a colación cuando ha habido oportunidad, se abrió aquella boca hundida, sin un diente, y me recontó la historia entera; con ligeras variantes, eso sí, a como la había narrado mi tía Remedios en el porche aquella noche.

         —Sí —me dijo con seguridad solemne—. El niño se meó antes.

         Esta vieja sí dijo “meó”, de esto me acuerdo. Es que ella no era tan educada como mi tía Remedios que, aunque no tenía ningunos estudios, era una “señorita”. Pero, en fin, esto no tiene la menor importancia, que al fin y al cabo suele valer más lo que se dice que cómo se dice. Claro está que esto no es siempre cierto, pero sí suele ser así.

         El caso es que cuando la Pingarra se dio cuenta de que Luisillo se había orinado, volvió de nuevo a reinar en el asunto de la mala sangre. Y en ello llevaba toda la razón, porque mira que si después de todo al niño se le hacía mala sangre y no servía de nada... Fue entonces, pensando, pensando, mientras pasaba y repasaba su mano por la frente de Luisillo, cuando cayó en la cuenta de que quizás hacía demasiado frío allí y el niño, desnudo bajo la sábana tan sólo, igual estaba así por eso. Además, se estaba helando; que lo notaba ella en un sudor frío que le brotaba al chiquillo de rato en rato y que le ponía la frente primero ardiendo y luego se la dejaba como el agua de la fuente en invierno.

         De modo que le dijo a Manuel:

         —Enciende la chimenea.

         Manuel, que se había acercado a una especie de alacena y estaba mirando dentro de ella, se limitó a señalar:

         —Mama, tengo hambre.

         Es que ése era entonces su único interés. Y por más que su madre intentó hacerle entrar en razón y que la obedeciera, como él no tenía mucho seso y no le cabía en él más de una cosa a la vez y esa cosa era en ese momento la necesidad apremiante, fue la Pingarra la que tuvo que agacharse y con el panero procurar espantar de la habitación la mayor cantidad posible de humo. Porque la puerta estaba cerrada y no se atrevía a abrirla; y lo mismo le pasaba con las contras de la única ventana.

         Manuel, entretanto, sentado en la silla la veía hacer mientras él se aplicaba a un enorme trozo de pan y tocino, masticando con rapidez, concentrando en ello toda su capacidad.

         —¡Vamos, vamos, tienes que comer! —decía la Pingarra al rato, casi forzando  la cuchara por entre los labios prietos de Luisillo.

         Pues ella, en la hermosa lumbre del fuego encendido en la chimenea, y cuyo resplandor aleteaba por la habitación, había preparado en un santiamén unos nabos cocidos. Los había machacado y ahora se empeñaba en que el chiquillo comiera.

         Luisillo ya no lloraba. Sólo repetía de vez en cuando:

         —Quiero irme a mi casa...

         o:

         —Mama..., quiero ver a mi mama...

         Y rápidamente volvía a cerrar los labios con obstinación antes de que la habilidad de la Pingarra lograra introducir la cuchara por entre ellos. Todo eso ante las regocijadas risas de Manuel, que no se apartaba ni un ápice para no perderse  nada de aquel juego tan divertido entre su madre y su amigo. Y para la desesperación de la Pingarra también, dicho sea de paso.

         Eran cerca ya de las once cuando la Pingarra se acercó a la chimenea y echó un nuevo brazado de retamas. Las llamas reanudaron su danza chispeante y el resplandor bailoteaba por los rincones de la cueva, proyectando la sombra inmensa de la mesa contra la pared de enfrente; mientras Manuel, contento y satisfecho, alargaba las palmas de las manos y las restregaba una contra la otra, tomó la Pingarra el pantaloncito de Luisillo y lo puso poco a poco sobre ellas. Aún tardó un rato en prender y arder, porque estaba húmedo.

         Ardiendo aún estaba cuando oyeron las campanadas de las once.

         Apenas se habían apagado sus sones cuando en la puerta sonaron dos golpes, rápidos, secos, no muy fuertes.

 

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