El mal de ojo

 

08

 

LA CURA

 

         No vayáis a creer que fueron una o dos tan sólo las personas que vieron al Leona aquella noche. Luego se descubrió que se había cruzado con varias; algunos eran despistados de las cuadrillas que buscaban a Luisillo, y otros que se escaqueaban porque la diversión se extendía en demasía y mañana había que madrugar. Alguien, al reconocerle, se había aplastado contra la pared conteniendo el aliento; no se le fuera a pegar aquella cosa tan rara que le había dado al Leona. Otros no le reconocieron. ¡Tan cambiado estaba! Aún más, echado prácticamente sobre el lomo de aquella mula que levantaba chispas con sus herraduras en el empedrado inclinado de las callejuelas por las que la Frasca la iba guiando de las riendas. Además, aunque la luna se recortaba amarilla en el cielo y se bañaba tranquila y silenciosa en el remanso por el que se iban abriendo camino, no era su luz suficiente como para que se reconociera fácilmente al Leona, arrebujado en una manta bajo la que daba tiritones entre tosecilla y tosecilla debilitada al límite; ni tampoco era fácil adivinar que aquella figura avejentada que cogía las riendas con manos inseguras, era la Frasca, porque un mantón negro la cubría de cabeza a los pies y, además, su espalda encorvada y sus pasos vacilantes no eran los de la Frasca con la que llevaban conviviendo en Gádor durante toda una vida casi.

         Hubo quien se dijo, extrañado, tras dejarlos pasar y ver perderse calleja abajo sus bultos oscilantes:

         —Oye, pero, ¿no es ésa la Caracolera, una de las mulas del Leona?

         Pero, por otra parte, ¿qué podía estar haciendo el Leona por la calle tan tarde cuando aseguraban que se estaba muriendo, si es que no se había muerto ya? De modo que se convencían de haberse equivocado y seguían su camino. Y la Frasca, la Caracolera y el Leona el suyo.

         Sólo la Frasca sabía lo que le había costado vestir a aquel esqueleto que se caía y deshacía a cada momento entre toses, esputos, vahídos y jadeos. Y ardiendo como brasa viva. Para subirlo a la mula hubo instantes en que pensó que no lo lograría. Pero allí, en la soledad de la cuadra, a la semioscuridad del quinqué, rezó y rezó y rezó a la Virgen y, sacando fuerzas de donde ella no supiera que las tenía, logró echarlo cruzado sobre los lomos de la Caracolera, mula mansa donde las haya.

         —¡Ay, Frasca... —jadeó en ese instante el Leona; aunque desde donde ella estaba sólo podía verle entonces las posaderas, sobrando pantalón por todas partes, un muñeco de tela con voz del viejo Leona—, esto es la muerte... Lo siento aquí... aquí...!

         No dijo más porque en tanto que ella se esforzaba, subida en una albarda sobrante, en agarrarle y tirar de aquel saco de huesos gimiente y jadeante cuidando que no se cayera, él rompió en otra de aquellas interminables sartas de tosecillas y carraspeos que acabaron en otra mancha rosácea y verdosa en el suelo de la cuadra.

         A ella la angustia le hacía redoblar sus esfuerzos sin dejar de darle ánimos:

         —¡Te vas a curar, cariño...! ¡Leona, por Dios, agárrate al pescuezo de la mula..., ayúdame un poco, vida mía...! ¡Si te vas a curar, cariño..., ya lo verás...,  esta noche seguro que te curas...!

         Luego, respirando aún con dificultad por el esfuerzo, echó una manta recia sobre el Leona, abrió la puerta de la cuadra y, santiguándose con todas las veras de su alma, se decidió.

         Había estado oyendo alboroto durante todo lo que llevaban de noche, y eso la había soliviantado un tanto; pero ahora, durante el primer trecho, apenas se cruzaron sino que con algunos que le parecieron tan poco deseosos de ver como de ser vistos. Inclinaban la cabeza mirando al suelo al llegar a su altura, o se pegaban a la pared como si tuviesen miedo de ser rozados por la mula o su carga, o aceleraban el paso y habían pasado casi antes de llegar a ellos. Le pareció que alguno murmuraba un “¡A la paz de Dios!”; pero, claro, tampoco podía estar segura. De modo que nada contestaba y, si el otro había dicho algo, sólo obtuvo por respuesta una tosecilla que se estremecía y jadeaba bajo la manta y sobre la mula.

         Salieron a la carretera por donde terminaban las casas y empezaban las primeras cuevas. Todo allí era quietud y silencio; grillos rascando noche, y el monótono pisar de la mula; carrasperas y jadeos de muerto, y aliento de azahares tardíos. Y el valle que se extendía como un remanso de plata, dejando entrever a intervalos la cinta delgada y seca que era el lecho del río.

         Iban pasando las cuevas. Los trechos de cerro. Los árboles.

         La luna la veía ahora delante de ella, con orejas de mula y cuerpo de sombra oscilante como péndulo de reloj; un bailoteo rítmico, seguro y regular que contrastaba con la fragilidad de su carga y la angustia que atenazaba el pecho de su guía.

         Algún perro ladraba, allá, a lo lejos, con ese ladrar triste que tienen los perros por las noches y que es como si algún punto en las tinieblas te llamara desde un más allá triste y desamparado. Las sombras de los cipreses a ambos lados de la carretera se iban deslizando sobre ellos, dedos de otro mundo, delgados, irreales, que los iban tolerando pasar sin hacer nada por detenerles salvo dejar resbalar su sombra sobre ellos, suave, callada, rítmicamente; atrás iban quedando, aplastados contra un suelo de tierra vieja y polvo de luna que volvía a posarse lentamente al poco de pasar ellos y la mula.

         Así fueron acercándose a la cueva de la Pingarra.

         Cuando dejaron atrás la última antes de la de aquélla, en el tramo de árboles que permitían ver por entre sus troncos el rostro indiferente del cerro, ralo, casi pelado y bañado por la pátina de una luz de siglos de vieja, detuvo la mula doña Frasquita. Se acercó al Leona, abrazado éste al pescuezo del animal, dando tiritones y sacudido por espasmos de tos convulsa, asomando temerosamente los huesos de la cabeza para escupir sin fuerza más dolor de su pecho en el suelo polvoriento.

         —Ya estamos, Leona; ya hemos llegado, cariño...

         Y es curioso, nos comentó mi tía al llegar aquí, cómo la Frasca llamaba al Leona aquella noche “cariño”; cuando antes, de siempre, sólo había sido el Leona para ella. Incluso en aquellos momentos en que...

         —¿En qué, doña Remedios? —preguntaba Rosa ante la interrupción medio confusa, medio ensoñadora. Porque mi tía se había quedado con la vista al frente y, a la voz de Rosa, se le subieron unos colores a sus mejillas de cristal que más parecía que hubiera sido pescada en alguna falta.

         —Doña Remedios —aclaraba Concha— quiere decir que, como vivían juntos, pues es lógico que tuvieran familiaridad entre ellos, ¿no, doña Remedios?

         Y se volvía hacia mi tía.

         No es que no la tuvieran, recalcaba mi tía; porque pocas mujeres habrán querido a alguien tanto como la Frasca al Leona. Esa confianza que decía Concha, pues claro que la habían tenido; y mucho. Desde bastante antes del fallecimiento de doña Consuelo.

         Hoy sé, seguro además, que habían tenido esa familiaridad desde la noche en que don Emilio se había ahorcado. Cómo explicar, si no, la presencia constante y reconfortante del Leona en el funeral de aquél; o el brazo de doña Frasquita que no abandonaba un instante el soporte del del Leona, a pesar de que éste compartía su otro brazo con doña Consuelo. Y el viajante de baratijas  (joyas, decía él, creo que para darse importancia)  que una noche anduvo hablando conmigo y yo con él en la estación de Fuentesanta, había dejado bien claro que así es como sucedió.

         Cosa diferente es el porqué. ¿Cómo es posible que una mujer, hermosa, eso sí, pero hasta entonces, y después también, honrada a carta cabal, cómo es posible, digo, que esta mujer arrojara por la borda todos los convencionalismos imperantes en la sociedad de un pequeño pueblo del río, e incluso de una capital de provincias, de principios de siglo? ¿Qué había sucedido aquella noche en la habitación de don Emilio, con él delante y otros tres testigos más, entre esta mujer y el Leona?

         Eso sí que no lo sé; porque lo cierto y seguro es que no conozco la razón de muchas de las reacciones humanas. De las femeninas, aún menos. Aunque sinceramente creo que tan fundamentadas y razonables son unas como las otras, las de los dos sexos quiero decir; sólo que los fundamentos son diferentes.

         Podría ponerme a hacer suposiciones; pero eso también lo puedes hacer tú y mucho mejor que yo, de seguro. Yo me limito contarte las cosas que sucedieron y, en la medida de  lo posible y de las limitaciones de mis conocimientos, el porqué de las mismas. De manera que tan bueno eres tú, y muy probablemente más versado que yo, para aplicarte a intentar averiguar qué posibles motivaciones movían a la Frasca desde aquella noche.

         Sí te digo, y me reafirmo en ello, que nunca antes de su muerte había tenido don Emilio ni el más leve motivo de queja o sospecha. Jamás; salvo, naturalmente, el asunto del Leona aquella noche. Y en el pueblo tampoco había existido ni la más mínima causa que pudiera haber dado pie a alguna de esas murmuraciones que, como es bien sabido, son la sal y la pimienta de las vidas de los que en ellos moran. Como sí que las hubo a raíz de quedarse viuda y de poco más tarde irse a vivir a la casa del Leona. Porque entonces sí que se habló, ¡vaya si se habló! Pero cuando se dejó de hablar... pues, eso: se dejó de hablar. E incluso después, al quedar dueña y señora de la casa. Que aunque no llegó a casarse por la Iglesia con el Leona, todos sabían quién era la señora de la casa. De modo que mujeres como ella, habrá; pero más honradas y fieles a su hombre que ella al suyo...

         Algo debía tener también ella. Y ese algo debió hacer mella en el Leona. Lo deduzco porque, aunque entiendo las actividades del Leona en los días que siguieron al fallecimiento (es que no me gusta llamarlo suicidio) de don Emilio, ya comprendo menos por qué se iba tan temprano del Casino en los meses que siguieron. Porque él todavía no estaba enfermo por aquellos entonces, ni mucho menos. Pasó más de un año largo, casi dos, antes de que comenzaran a aparecer los primeros síntomas. ¡Y en ese año, por lo menos que yo tenga noticia, el Leona rabiaba por salir del Casino para irse a su Frasca! O, al menos, corría la voz de que era por eso. Y que se iba a su casa sí que era cierto; como cierto era que se iba al Casino porque rabiaba por seguir yendo al Casino con la misma cotidianidad.

         Pero no se le conocieron líos de faldas en ese año largo, largo. Ninguno que haya llegado a mis oídos. Y esas cosas se saben. En un pueblo, más. De modo que algo debía tener doña Frasquita también. Claro está, como ya supones, de todo esto no nos dijo mi tía nada.

         En cambio, sí que nos contó cómo estas dos personas, pues, se detuvieron  finalmente casi en la puerta de la Pingarra pero un poco antes de llegar a ella. El Leona sabía a lo que iban; ella, la Frasca, se lo había tenido que decir. Al pronto quiso ocultárselo, pero luego entendió que era imposible hacerlo. De modo que se lo fue diciendo. Poco a poco; como hacen estas cosas las mujeres. Como las saben hacer. Y cuando se vino a dar cuenta, tras uno de aquellos vahídos que le sobrevenían últimamente, claudicó ante la enésima súplica de ella.

         De manera que aquí estaban. Ella, con la mula; la mula, con él encima; y él, con, la muerte a cuestas.

         —¿Por qué nos hemos parado, Frasca? —jadeó por debajo de la manta.

         —Es que aún no son las once.

         Entonces fue cuando empezaron a oír las primeras campanadas del reloj de la iglesia.

         Tiró ella de la mula, anduvieron los cortos pasos que quedaban hasta el vallado de madera, y se metieron en el pequeño patio que también servía de corral. Y de gorrinera. Apenas se había extinguido la última campanada, ida hacia arriba como aleteo de buitre negro en la noche metálica, cuando la Frasca dio dos golpes secos en la puerta de la cueva.

         —¡Manuel —le había dicho la Pingarra-, mete la mula en el corral, que no se vea desde la carretera!

         No es que tuviera la Pingarra mucha esperanza de que su hijo le hiciera caso; pero el caso es que le hizo. Quizá porque le gustaban tanto los animales, quizás porque ya sabía qué hacer con ellos. Quizá porque la cosa era sencilla y esta vez la entendió. Llevó a la mula por las riendas y la condujo hasta el cuchitril donde estaban echados un par de marranos (con perdón); y allí la ató a un palo que hacía de esquinera.

         Mientras, el Leona, aguantado por las dos mujeres ya que él solo no era capaz de tenerse en pie, entró en la cocina de la cueva. Lo primero que vio fue la mesa y, encima de ella, atado fuertemente con una sábana sucia, unos ojos de niño que le miraban muy abiertos, como con mucho miedo, sin poderse mover. Por debajo de la sábana asomaban dos piececitos, uno de ellos descalzo, el otro con una esparteña gastada y raída.

         Bajó la cabeza el Leona; le vino una arcada seguida de un golpe de tos, y sintió que las piernas cedían. Pero no llegó a caer porque los brazos de la Frasca y de la Pingarra le tenían ya cogido por los sobacos.

         —Vamos a llevarlo al dormitorio —mandó la Pingarra en un susurro imperioso y tirando ya del Leona, arrastrándolo casi.

         Ya el Leona no vio nada más: se dejó llevar por aquellos brazos en un arrastrar de pies y debilidad en medio de una actividad febril. Cuando se vino a dar cuenta estaba tumbado boca arriba en una cama maloliente y sucia y la Frasca le pasaba la mano por su frente calenturienta. Como a través de un cristal húmedo veía a la Pingarra girándose para dirigirse a la cocina de nuevo.

         —Pingarra... —murmuró en un ronco jadeo entre tos y tos.

         Se dio la vuelta aquélla y le miró:

         —¿Sí, Leona?

         Pasaron unos segundos. Él trataba de fijar sus ojos acuosos en la figura gruesa y negra que le miraba impaciente, esperando a que le hablara.

         Sólo que él no sabía qué decir. ¡Eran tantas cosas!

         —¿Estás segura? —logró articular con los ojos muy suplicantes y fijos en ella, aguantándose la tos que le quemaba en la garganta con su picor incontenible.

         La Pingarra sólo respondió:

         —¿Habéis traído el dinero?

         —Sí —dijo la Frasca.

         Sacando de un bolsillo de entre las telas negras un bolso aún más negro, se lo dio a la Pingarra. Ésta lo desató y miró dentro un breve instante. Luego clavó  unos ojillos brillantes en el Leona.

         —Entonces estoy segura —dijo con decisión.

         Pero ya aquél había dejado caer la cabeza en la almohada y tenía los ojos cerrados, las toses haciéndole saltar las lágrimas y jadear en un ahogo convulso.

         —Vamos —dijo la Pingarra, indicando con un leve movimiento de cabeza hacia la cocina.

         —¿Quién es ese hombre, Pingarra? —oyó el Leona que preguntaba en la otra habitación una voz de niño preñada de miedo. Y luego:— ¿Qué es lo que quiere?

         —Tranquilo, Luisillo, tranquilo, mi niño, tranquilo. Si no pasa nada, vida  mía  —contestaba la Pingarra.

         Con un portazo cerró la puerta de acceso a la cueva. Era lo primero que había hecho la Pingarra nada más entrar en la cocina de vuelta del dormitorio. Porque estaba segura, como así había sido, de que su Manuel se la había dejado abierta. Y abierta estaba. De par en par. Menos mal que no había pasado nadie por la carretera. Aunque también era cierto que desde aquélla no se podía divisar la mesa, que estaba a un lado; en un rincón, casi, de la habitación; junto a la chimenea que todavía llameaba en un famélico bailoteo de retamas medio extinguidas y tela que no acababa de consumirse.

         —Me quiero ir a mi casa, Pingarra —sollozaba Luisillo.

         Es que se le había engarrotado el estómago y le habían vuelto las ganas de hacer de cuerpo a la vista de aquel hombre alto y delgado, y de aquella mujer de negro que le ayudaba. Y de algo que notaba y no sabía qué podía ser porque no se lo decían. Pero lo notaba.

         —Ahora mismo te vas, vida mía, ahora mismo. No tengas miedo —intentaba tranquilizarle la Pingarra— que no vamos a tardar nada, cariño, ya verás como...

         Pero se veía que no estaba en ello ya que no hacía más que mirar alrededor como si buscara algo. Al fin preguntó a Manuel con un filo de nervios en la voz:

         —¿Y el lebrillo...? ¡Lo tenía aquí preparado...!

         Manuel se reía satisfecho:

         —He “sío” yo, mama —y a reír—. Lo he visto aquí fuera y lo he “guardao”.

         Y venga a mirarla sonriente de par en par.

         Mascullando algo que no se entendió muy bien, pero que a lo que creo debía de hacer referencia a algo malo que habría hecho ella y a cierto castigo que al parecer le había caído, sacó de debajo de la cantarera un lebrillo grande, de barro vidriado a vetas azules y verdes; de Níjar era, que tienen fama de ser los mejores del mundo para estos menesteres.

         —¡Manuel —imploraba la angustia de Luisillo ante algo que, sin saber qué podía ser, sentía como que le daba mucho miedo—, dile a tu mama que me deje! ¡Dile que me quiero ir a mi casa! ¡Quiero irme con mi mama!

         —Luisillo, recuerda que prometiste por la Virgen y por Jesús y por Manuel que no ibas a chillar. ¿Te acuerdas? Pues no puedes hablar, cariño. Tú estate tranquilo, hijo mío. ¿Es que no estás a gusto? Pero si estás con Manuel, ¿ves? Con lo que te quiere. ¡Pero si es tu amigo! ¿Verdad, Manuel? Anda, díselo tú...

         Mientras seguía en este soliloquio, con la mente en otra parte como se veía con toda claridad, se afanaba colocando el lebrillo en el suelo, justo donde terminaba la parte más estrecha de la mesa rectangular sobre la que estaba Luisillo.

         Luego se irguió en su corta y rechoncha estatura, y decidió:

         —Tenemos que desatarle. Hay que colocarle más arriba para que la cabeza quede colgando encima del lebrillo. ¡Manuel!

         —Sí, mama.

         —Ahora es cuando vamos a enseñarle a Luisillo eso.

         —¿El qué, mama?

         Luisillo había roto a llorar otra vez aunque, eso sí, procurando no gritar y que no se le oyera. Pero que intuía algo, estaba ya claro.

         —¿Qué es, Pingarra? ¿Qué me vais a hacer? Quiero irme con mi mama...  Tengo miedo...

         La sábana ya estaba en el suelo, cerca de la chimenea, donde la había tirado la Pingarra. Empezó con la cuerda y llevaba desatada la parte inferior del cuerpo del niño cuando sin volverse le indicó a su hijo:

         —Ahora tú sujetas fuerte a Luisillo, para que no se mueva. Eso es lo más importante del juego que le estamos enseñando, ¿eh?

         —Sí, mama. —Y se le encendía el rostro en una alegría sin disimulo.

         —No —le indicaba la madre—; pero sujétalo así mejor. Ponte mirando para los pies, tú te pones mirando hacia sus pies y lo agarras bien fuerte. Las manos también, ¿eh?

         —¿Así, mama?

         —Eso es... Es que el juego es así...

         Manuel agarraba a su amigo con la fuerza de un toro y procuraba que no se moviera porque el juego era así, que lo había dicho su madre, y ellos lo estaban pasando muy bien. Y le hacía gracia ver que sólo tenía una de las esparteñas.

         En la habitación de al lado el Leona había dejado de toser y casi ni respiraba. Como desde muy lejos le llegaban sonidos de lo que estaba pasando en la cocina. Y él, los ojos cerrados fuertemente, asía con todas sus pocas fuerzas la manta que la Frasca le había echado por encima antes de salir tras la Pingarra.

         —¿Qué me vas a hacer, Pingarra? —oyó gemir al chiquillo.

         Esta vez ella no contestó. El Leona se la imaginaba tanteando con dedo sensible a la búsqueda certera del sitio en el cuello; el cuchillo en la otra mano, aún oculto, aguardando a que un leve palpitar le hiciera salir de las sombras para tocar su arrebato de muerte.

         —¡Tuércele más la cabeza! —sonaba fría como el hielo la voz de la Pingarra a la Frasca. Y el Leona cerró aún con más fuerza sus ojos y ni tosía; todo su ser, en la habitación vecina; en los rumores y susurros que de allí le llegaban.

         —¡Acaba pronto, por Dios bendito! —medio gritaba su Frasca.

         —¡Ay, Pingarra, me haces daño! ¡Mama, mama! ¿Qué me estáis haciendo?  ¡Quiero irme a mi casa, quiero irme a...! ¡Ay!  ¡Ay!  ¡YYYYyyyy...! —chilló Luisito por breves instantes.

         Pero en ese momento el Leona se tapó los oídos con ambas manos y rompió a toser con toda su fuerza; aunque no le acosaba el picor entonces, ni el dolor de pecho. Sino sólo por hacer ruido y no enterarse de lo que pasaba. Que ya ni el corazón sentía en su alma hundida.

         Así se lo encontró la Frasca cuando entró con un enorme tazón en el que se movía viscosamente un líquido rojo.

         Entonces todo empezó a mezclarse con rapidez y a sucederse con la velocidad de un intenso remolino:

         —¡Daos prisa —urgía la Pingarra desde la cocina—, que se está perdiendo lo mejor!

         Y la voz de Manuel, divertida:

         —¡Mama, mama, se está meando otra vez!

         Los viajes afanosos de la Frasca, trayendo en cada uno de ellos un tazón cogido con ambas manos y cuidando de que no se derramase ni una gota; ayudando luego al Leona a levantar la cabeza y diciéndole con boca reseca:

         —Anda, cariño, apúralo todo... Verás como te pones bien. No dejes ni una gota... Vamos, vamos, todo, ¿eh?, todo...

         Y otro viaje.

         Aún sonaba la voz de Luisillo que había dejado de gritar y hacía un ruido ronco, de vez en vez más débil. Llamaba a su “mama” y decía que le dolía allí.

         Y el “Ten...” y el “Dame...” que se intercambiaban las dos mujeres cada vez que la Frasca volvía a la cocina con un tazón vacío.

         El sabor salobre de aquel líquido caliente, casi palpitante todavía...

         Luego, en un silencio ocasional, mientras se bebía la tercera taza, el Leona oyó decir al niño:

         —¿... verdad que no he gritado, Pingarrrr...?

         Le pareció sentir un ronquido muy raro; después, una voz que apenas pudo suspirar en un aliento:

         “...  mama...”

         Y la Pingarra que les metía prisa porque:

         —¡Que son cinco las tazas que se tiene que tomar! ¡Y se está yendo...!  ¡Corred, que se va!

         Más tarde, al cabo del rato, cuando el Leona procuraba no moverse para no vomitar aquella angustia que tenía dentro, apareció la Pingarra en la puerta. En sus brazos desnudos traía colgadas como dos telas blancuzcas amarillentas, una en cada uno.

         —Ahora, las mantecas —decía a la Frasca—. Desnúdale el pecho. Date prisa: hay que ponérselas antes de que se enfríen.

 

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