El mal de ojo

 

09

 

LA VUELTA

 

          —¿Qué son las mantecas, tiíta? —le preguntó Joaquinito.

          —Son las grasas del cerdo. Las tienen aquí.

          Se señalaba su estómago escuálido en el que estoy seguro de que si alguna vez hubo presencia de grasa, tal cosa únicamente habría sido posible en algún tiempo anterior a su nacimiento. Es que yo de siempre he recordado a mi tía Remedios igual de seca y estirada. Sí, estirada creo que es la palabra. No es que fuera muy alta; pero incluso así parecía estirada. Y hasta sus labios se me asemejaban igualmente estirados y muy pocas veces los vi sonreír. Sonreír de verdad.

          —Y, ¿cómo iba a tener Luisillo mantecas si no era un cerdo, sino un niño, eh? —insistía el Joaquinito de la puñetita.

          —Pues eso pasa porque las personas también tenemos nuestras mantecas —intervino Rosa que, como era de pueblo, sabía en cuánto nos parecemos las personas a los animales, unas más que otras, y a unos más que a otros.

          —¿Y también las tenemos aquí? —señalándose su barriga, que ya iba tirando a un tanto mantecosa.

          —Y en otros sitios también.

          —Pero las mantecas que le sacaron a Luisillo, ¿de dónde se las sacaron?

          Mi tía le dijo que de la barriga; pero que eso era lo de menos. Lo importante era que sobre la mesa de la cocina estaba Luisillo, bueno, lo que quedaba de Luisillo. De la boca le salía un reguero detenido de aquel precioso néctar que tanto había temido la Pingarra que se le “hiciera mala” antes de que ella tuviera la bolsa escondida junto a su seno colgante.

          Ya allí la tenía mientras su dedo experto había pasado una y otra vez tentando el cuello tembloroso del niño hasta encontrar el lugar oportuno. Y también cuando hundía el enorme cuchillo con certera lentitud para no errar.

          Ahora, de aquella mortal precisión sólo quedaba una raja de labios cerrados y bordes resecos. ¡Pero en un sitio tan raro!

          Y la camisa, tan pequeña, remangada para dejar sitio sobrado en que hacerle la experta cruz por la que la Pingarra había podido sacar las mantecas enteras, sin romperlas, en dos trozos grandes como pañuelos, limpias como recién estrenadas, calientes de vida ha muy poco tiempo despedida.

          —Mañana estarás otra vez nuevo, Leona —habían sido sus últimas palabras, murmuradas a través de un resquicio de la puerta mientras Manuel traía a la Caracolera y ayudaba a la Frasca a subir al Leona encima. Luego, Manuel había entrado en la cueva y la puerta se había cerrado.

          Y fuera quedaron los dos solos: el Leona y la Frasca. Bueno, y el cielo estrellado y de luna redonda; y la Caracolera. Y el chirriar de los grillos de la noche. Y otros miles de cosas. Cositas.

          Pero ellos se sentían solos; dos niños adultos y asustados en un bosque de quietud cotidiana, ahora tornada en amenazante ansiedad... y esa cosa tan rara que jamás antes habían sentido.

          Como si fueran otros seres ahora.

          Tan poco rato después.

          Emprendieron el lento camino de regreso. Lento porque ella, precavida, temía que si la mula hacía algún movimiento demasiado brusco pudiera tirar al suelo al Leona o, lo que era peor, que le hiciera vomitar el remedio que la Pingarra le acababa de administrar para el mal de envidia.

          —Nada más llegar a la casa, lo metes en la cama; coges un rosario y, ¡ojo, que esto es muy importante!, con la luz del quinqué apagada, a oscuras, lo rezáis tres veces —habían sido las últimas instrucciones de la Pingarra mientras le colocaba las mantecas y las distribuía expertamente sobre aquel pozo hundido y jadeante que ya era el pecho de él—. A las intenciones de San Pantaleón bendito. Recuérdalo bien: de San Pantaleón bendito. Luego te vas a otro cuarto y le dejas solo; que duerma toda la noche. Pero tú no te puedes dormir; ni un momento; tienes que estar toda la noche rezando el rosario a las intenciones de San Pantaleón. Bendito, acuérdate. Mañana amanecerá curado y tendrás al Leona de siempre.

          —¿Con el quinqué encendido? —preguntaba la Frasca.

          —¿Qué quieres decir que si con el quinqué encendido? ¡El Leona de antes, el de siempre!

          —No, no. Que si mientras yo rezo los rosarios y él duerme en la otra habitación, ¿yo he de estar con la luz encendida o apagada?

          —¡Ah, ya, mujer, pues dilo! Es que no entendía. ¡No, no! ¡Apagada! ¡En vuestra casa no puede entrar la luz esta noche! ¡Apagada, recuérdalo bien: apagada totalmente! ¡Y a san Pantaleón!

          Y aún se lo había recalcado dos o tres veces más antes de ayudarle a sacar al Leona de la cama.

          —Aguanta la tos todo lo que puedas, Leona  —le recomendaba ahora la Frasca en susurros cuando veía que las ansias le acometían. Porque la Pingarra había sido clara y tajante:

          —Si no hacéis lo que os he dicho, el remedio no vale para nada. Luego no me vengáis con reclamaciones si algo falla, que la culpa no habrá sido mía. Tenéis que hacer eso al pie de la letra. ¿Seguro que te acordarás?

          Y doña Frasquita que decía que sí. Ella, la vieja:

          —Si no sabes algo, pregunta ahora que estás a tiempo.

          Doña Frasquita, que no; que estaba todo claro.

          De modo que, balanceándose como una nave oscura en un mar de luna y fragmentos de sombras de árboles, avanzaban por la carretera dejando tras sí una mínima estela de polvo de dos pies arrastrando un claquear de herraduras y una carga de esperanzas insípidas, confusas, inciertas. Y la imagen, que no se le iba, del cuerpo roto de Luisillo, tremendamente quieto, inmóvil y silencioso, tendido en aquella mesa tabernera, con la cabeza hacia atrás como le había visto el Leona al atravesar la cocina sostenido por las dos mujeres; y con aquel labio pegado en el cuello por el que se le había ido la vida. Los ojos, sin cerrar; sólo que ahora, a diferencia de antes, no había ningún miedo en ellos. Pues el Leona se había fijado, haciendo que las mujeres se detuvieran un instante de forma que él pudo dirigir su vista hacia el cuerpo del chiquillo. Alguien había medio echado la sábana que durante tantas horas había sido su cárcel sobre el vientre abierto, de forma que no se distinguía sino el bulto que hacía bajo ella; pero sí se le veía el rostro. Con su boca abierta. Inmóvil. Y sus ojos... aquellos ojos, tan sin nada en ellos... tan sin...

          Al recordarlo ahora le daban tiriteras y notaba cómo el pelo de sus brazos se le erizaba; a continuación le venía el sudor frío y, luego, vuelta a empezar, a intentar en cuanto podía no vomitar aquella vida que llevaba dentro, la vida que mañana, como le había dicho la Pingarra, le haría ser como él era antes. Sentía el pecho pegajoso de aquella sustancia grasienta que llevaba bajo la camisa y que la notaba aún caliente; pero la esperanza revoloteaba a intervalos dentro de su corazón y por eso intentaba con toda su alma no vomitar.

          Estaban llegando ya a las primeras casas del pueblo cuando vio la Frasca venir hacia ellos una procesión de luces. Al pronto ella no se dio cuenta de qué se trataba. Creyó incluso que podía ser su imaginación; y es que su mente todavía estaba en la mesa tan grande de aquella cocina, sujetando con fuerza aquella cabecita que se debatía intentando liberarse como un pajarillo asustado; y ella aguantando con todas las fuerzas de sus manos, y musitando un Ave María con todas las de su corazón, para que la Pingarra acertara a la primera y no hiciera sufrir al niño.

          El Leona, por otra parte, no estaba más que en sí mismo y bajo la manta.

          De modo que cuando vinieron a caer en las luces, ya las tenían prácticamente encima. No había forma de esconderse o dar la vuelta. Iban entrando en el pueblo y tendrían que seguir entrando en él o parecería raro a toda aquella barahúnda de gente que estaba ya a escasos metros cualquier otro tipo de acción. Fue entonces cuando una voz, imperiosa y súbita como el restallar de un látigo, rasgó el aire callado de la noche:

          —¡Alto a la Guardia Civil! ¿Quién vive?

          E, instantes después, la luz de un carburo examinándoles de cerca:

          —¡Ah, es usted, doña Frasquita...! ¡Pero si es el Leona! ¿Pues no estaba usted malo, Leona?

          Dos tricornios y un enorme bigote bajo cada uno de ellos encabezaban esta vez la procesión. Ya no se veía a don Recesvinto ni a las mujeres. Un mar de ojos relampagueantes de luces había caído sobre doña Frasquita, guiando a la Caracolera, y sobre el Leona, agarrado con ambas manos al cuello de la mula y con una manta cubriéndole el cuerpo que temblaba a ojos vistas.

          Los del tricornio les miraban con lo que a doña Frasquita se le antojó que era una ingente sospecha; certeza casi, vamos.

          En realidad, y al igual que los que le seguían, sólo estaban extrañados. Y no era para menos: el Leona, uno de los capitales más fuertes del pueblo, por no decir el que más, que según aseguraban estaba en las últimas boqueadas; y he aquí que te lo encuentras en mitad de la noche, a lomos de una mula y dando tiritones bajo una manta. Y para colmo, y guiando la mula, doña Frasquita, o la Frasca, como le decían cuando a sus espaldas. Y, ambos, con una cara de cera de iglesia... como si estuvieran viendo fantasmas... No, no era normal, vamos. Claro es que aquella noche no estaba pareciendo normal nada. Empezando por aquella mujer medio loca que a grito pelado aseguraba que a su Luisillo lo estaban matando; siguiendo por el gallinero de cloqueadoras alborotadas que se les había metido en el cuartelillo; y acabando por el empeño que pusieron aquellas desquiciadas (aunque ellos se habían guardado muy bien de hacer ni la más mínima insinuación de por dónde caminaban sus pensamientos, que con ellas iba el cura) en que había que organizar una batida inmediata. Y que, mejor que les acompañasen los hombres. Y ahora, para colmo, aquí estaban el Leona y doña Frasquita: de todo Gádor, las personas que menos hubiesen esperado ellos encontrarse allí.

          A doña Frasquita no se le ocurrió otra cosa que decir que:

          —¡A la paz de Dios, señores! Es que el Leona ha pensado que el aire de la noche le sentaría bien. Hemos salido a darnos un paseo y, como está tan flojo, pues he sacado la mula. —Luego, como si por primera vez viese a toda aquella gente, con extrañeza:— ¿Es que pasa algo?

          Desde que vieron que se trataba del Leona los otros había ido reculando un tanto como con disimulo y nadie se acercaba demasiado a él. Uno de los bigotes y tricornio fue el que contestó:

          —Un crío que se ha perdido. No ha vuelto a su casa desde que a mediodía le llevó la comida a su padre.

          —Y, ¿qué niño ha sido? —preguntó doña Frasquita sintiendo que se le encogía el corazón en un vuelco. “¡Dios, tanta gente buscando a Luisillo!”, pensó. Una mano prieta le tenía engarrotadas las tripas; lo mismo que si se le estuviera descomponiendo el vientre en un ventosear involuntario y silencioso que no podía contener.

          Una sombra se destacó adelantándose a la altura de los Guardias Civiles. Sostenía un carburo y, como lo llevaba bajo, el resplandor le daba una apariencia fantasmal; tanto más cuanto que los ojos que desde lo profundo de una ansiedad sin fin la miraban, eran los mismos de Luisillo. Y también tenían miedo.

          —Es mi hijo, señora Frasquita. Se llama Luisillo. ¿No lo habrá visto usted por ahí? Regordete. Sólo tiene ocho años.

          Hizo la Frasca como que pensaba unos instantes para terminar respondiendo:

          —No; no sé quién es. Ni lo he visto, que yo sepa.

          —Bueno —terció cortando el otro Guardia Civil; porque estaba claro que estaban deseando alejarse de ellos y que las palabras de don Blas sobre lo contagioso de la enfermedad del Leona habían llegado hasta los más insospechados rincones del pueblo—, pues a la paz de Dios, señores; que vamos a recorrer el camino hasta el cortijo de don Emiliano, no vaya a ser que se haya caído el crío y esté por ahí sin ayuda. ¡Ea, vámonos!

          Llevaban detrás más de veinte hombres entre carburos, quinqués, traspiés y carraspeos; pasaban junto a la mula y se alejaban ahora sin hablar, mirándoles desde su silencio de extrañeza, como a muñecos de otro mundo. En un instante se habían ido. Dentro de unos minutos seguro que pasarían por la puerta cerrada de la cueva de la Pingarra; dentro estaba Luisillo. Bueno, lo que quedaba de Luisillo. Mientras, la Pingarra contaba y recontaba aquellas monedas que iba sacando de la bolsa; más de las que había visto juntas jamás en su vida. Y Manuel ya dormía como un bendito cerca de la chimenea donde, esa noche sí, la Pingarra le había echado el colchón. Y había estado tan contento, hasta que se durmió, debido a que su amigo Luisillo estaba esa noche en su casa. Allí. Junto a él. Encima de la mesa.

          Era cierto: junto a Manuel y todavía sobre la mesa, la cabeza de Luisillo colgaba en la misma posición en que estaba cuando el Leona salió de la cueva hacía un rato ya. La Pingarra ni se había acordado de cerrarle los ojos, que seguían muertos y fijos en la misma esquina de antes; ni la boca, que seguía abierta en aquella última llamada, tan lejana e imposible ya, a su mama. Cerrados también seguían los labios de aquella tremenda cuchillada.

          —Vayan ustedes con Dios, señores —musitó la Frasca a modo de despedida inútil. De seguido:— ¡Arre, Caracolera!

          E iniciaron las cuestas que les habían de llevar hasta la puerta de su casa. Apenas había pasado una hora, que las doce aún no habían dado, y ya estaban de vuelta. Pero, qué tiempo tan largo. Doña Frasquita ya ni abría la boca; pero pensaba. Pensaba que de cada uno de aquellos instantes se acordaría hasta el fin de sus días... de aquella última mirada, de ojos muy abiertos y extrañados porque no comprendían qué querían los dedos de la Pingarra pasando y repasando en aquella caricia tan rara por aquel cuello tan chico... de aquel revolotear de cabecita, de mariposilla pretendiendo huir; y sus manos de madre frustrada inmovilizándole... de aquel último ronquido y el débil “mama”, que ya venía del más allá...

          Mientras tanto un coro de mujeres acababa de dejar a don Recesvinto en la puerta de la iglesia. Había abierto éste el portoncito que se incluía en el portalón grande de madera y, dándose una última vuelta, miró hacia todos aquellos ojos fijos en él; bueno, todos menos los de la madre de Luisillo que permanecían escondidos tras la cortina negra de una pañoleta que había salido de no se sabía dónde y que le servía para secarse ojos y nariz. Nadie hablaba; sólo miraban a don Recesvinto, teniendo como fondo el lamento continuo y sofocado que de vez en cuando dejaba paso a un ocasional:

          —¡Ay, mi hijo...! ¡Ay, mi Luisillo, que me lo han matado...!

          Y por más que le habían dicho:

          —Pero, mujer, ¿y para qué va a querer nadie matar a un niño? Eso es que anda perdido por los naranjos del otro lado del río y mañana, si es que es esta misma noche, aparece...

          o:

          —¡Una buena paliza es lo que le tienes que dar cuando lo cojas! ¡Si es que es muy travieso! ¡Y esto es otra de sus travesuras!

          u otras cosas por el estilo, ella seguía erre que erre en lo mismo, con su:

          —¡Que no! ¡Que yo sé que me lo han matado...! ¡Ay, mi pobre hijo...! ¡Ay, mi chiquitillo...!

          De manera que ahora todas estaban con los ojos clavados en don Recesvinto, que “sabe hablar tan bien” o “dice esas cosas tan bonitas”, como solían comentar entre ellas al salir de la iglesia cuando podían ir a misa; esperaban que les dijera algo que les ayudara a calmar a aquella vecina que “de siempre se ha desvivido por sus hijos”, como todas ellas muy bien sabían. Como todas muy bien sabían, igualmente, cuánto se desvivían ellas por los suyos.

          Pero lo cierto es que don Recesvinto andaba últimamente algo de mal de “Eso es la próstata”, según había diagnosticado don Blas; y cuando habían ido a la iglesia a por él, más de una hora antes que hacía ya, aún no había tenido tiempo de ir al excusado; que a ello se iba a aplicar cuando aporrearon la puerta. De manera que estaba a reventar.

          Las miró a todas con aquellos ojos que parecían fijarse hasta en el último y más nimio de los detalles (aunque en realidad la miopía no le permitía distinguir gran cosa, además de que los quinqués alzados le encandilaban más cegando el resto) y comprender hasta las más recónditas fibras del corazón humano; abrió los brazos como si quisiera abarcarlas a todas y:

          —Bueno, pues, eh..., buenas noches —dijo. Cuando ya se daba la vuelta se acordó de añadir:— Si aparece, me avisáis por la mañana.

          Y había cerrado la puerta antes de que nadie se diese cuenta de que se había ido; ni tuviesen ocasión de comprender sus prisas. Aunque, la verdad, verdad, es que el pobre hombre no podía aguantar ni un segundo más. Tanto es así que al pasar por delante del altar mayor ni se le pasó por la mente la genuflexión que habitualmente hacía; y es que cuando las ganas aprietan, como dice el refrán...

          Claro es que las que estaban en la puerta se quedaron totalmente extrañadas, no sabiendo la razón de tan repentino proceder. La razón fue esa; años más tarde se la confió a un vecino que de vez en vez le acompañaba a tomarse un “suspirito”, como habían dado en llamar a los vasitos de vino dulce de los que don Recesvinto tenía siempre inagotable remesa.

          Aunque mi tía de esto nada sabía ni hizo mención alguna aquella noche del porche en el cortijo.

          Sí nos contó cómo se había movilizado el pueblo; y que el cura les había acompañado a la Casa Cuartel de la Guardia Civil; y que la Guardia Civil había salido junto con un grupo de hombres, entre los que estaba el padre de Luisillo, en busca del niño.

          De lo otro, nada. Aunque también nos dijo que un grupo de mujeres, entre las que estaba la madre del niño, vieron aquella noche al Leona.

          Y era cierto.

          Cuando se dieron cuenta de que don Recesvinto se había esfumado como un ya-está-ya-no-está, aquellas mujeres se quedaron desconcertadas durante unos momentos; pero por breve tiempo. De momento que a una se le ocurrió decir: “¡Oye, a lo mejor ha vuelto Luisillo mientras que nosotras buscándole!”, la posibilidad de una nueva esperanza las reavivó; tal que un soplo saca fuego de unas ascuas medio apagadas. Así es que rodeando a la madre de Luisillo entre todas la guiaron siguiendo la pared de la iglesia, camino de su casa, en la parte alta del pueblo. En este modo iban, como un coro de plañideras medievalmente cansadas, cuando al dar la vuelta a la esquina casi se dieron de bruces con doña Frasquita, que en ese preciso momento estaba abriendo la puerta de la casa, y con el mismo Leona.

          Estaba éste todavía subido en la Caracolera, dando tiritones bajo la manta, echado hacia delante y agarrado con ambas manos al pescuezo de la bestia porque tan débil se sentía que temía caerse si se soltaba.

          La luna seguía allí, en lo alto, quieta, como durante toda la noche lo había estado; viendo todo sin ver nada. Y las estrellas no habían cesado en su parpadeo lejano e incomprensible; pero sin acercarse tampoco, como si la cosa no fuera con ellas. Más allá, por encima, aquel misterio tan grande y tan oscuro. En él, tal vez aleteando, un soplo de Luisillo.

          Pero el Leona se sentía con la barriga llena, llena a rebosar. Le había acometido uno de esos ensartes de tosecillas que, aunque él procuraba contener y a veces le era imposible, acababan en un jadeo desesperante, contagioso, y un escupir rosado y verdinegro. Había inclinado un poco la cabeza, para evitar que el “pollo” o “lapo” (que es como le decimos por estas zonas al esputo cuando éste es consistente) cayera sobre cosa viva o cubridora de cosa viva que no fuera el suelo, cuando a unos tres o cuatro metros, y sin previo aviso, doblando la esquina, fueron apareciendo grupos de mujeres; algo desparramadas, eso sí, pero ruidosas.

          Portaban quinqués y algunos carburos, aunque no muchos porque la mayoría se los habían llevado los hombres que se habían ido a acompañar a la Guardia Civil en la búsqueda de Luisillo. Iban todas de negro; no porque fueran de luto, sino porque tal era entonces el uso en las mujeres que no eran “señoritas”. Una de ellas, a la que las otras hacían como que sostenían, o sostenían de verdad, no paraba de gemir:

          —¡Ay, mi Luisillo! ¡Ay, mi hijico...! ¡Ay, mi chiquitillo! ¡Ay, la alegría de mi casa...! ¡Ay, mi hijo...!

          Así. Como una letanía.

          A ello contestaba el coro de sombras gimientes con lamentos que partirían piedras sin corazón, si lo tuvieran.

          El Leona, en esta incómoda postura, sentía aplastada contra su pecho aquella cataplasma pegajosa que le había colocado con tanto tiento la Pingarra, e intentaba, con un rebañar de sus últimas fuerzas, que no se le moviera ese remedio puesto con tan encarecido mimo por aquélla. Aún estaba caliente.

          —Las mantecas... las mantecas son casi tan importantes como la sangre —le había dicho antes de ponérselas, mientras las disponía como blancos sudarios sobre la cama, extendiéndolas a su lado con un cuidado exquisito—; porque la sangre te deshace la envidia, y las mantecas te la absorben y la resecan.

          Y fue así, sorprendido en esta incómoda postura, torciendo la cabeza bajo la manta, pollo en boca, como el Leona las vio desfilar, pasar junto a él, rozándole con sus sombras, estrellando contra la pared la silueta oscilante y multiplicada de una mula de quinqués y carburos. Y el del soplo de su carga; que ni respiraba siquiera, conteniendo aliento, pollo, ojos, alma, y tos incluso.

          La Frasca, doña Frasquita, desprevenida y más blanca que la luz que la alumbraba, se había dado la vuelta y las veía pasar como unos ojos contemplando lamentos del más allá en el tiempo... menos de una hora e ido para siempre. Que la voz era la misma, o así se lo pareció a ella.

          Y fue allí mismo, al llegar a la altura del Leona (para que luego hablen de las corazonadas), donde y cuando a la figura que venía ensartando el gemido cantante (o doliente mejor diría) le sobrevino un desmayo. Así:

          Empezaron a sonar las campanadas de las doce en el reloj de la iglesia. Sonaban lentas, cayendo sobre ellos todos, y se alejaban... mochuelos negros y no vistos deshaciéndose en las sombras, y ya no quedaba sino la siguiente. Una, otra, otra, otra y... hasta que no hubo más porque había dado la última. Entonces ella, la madre, se quedó inmóvil repentinamente, se llevó las manos al corazón, torció la cabeza y miró al Leona con todo el odio del mundo rezumando por aquellas dos brasas de ojos.

          —Tú me lo has matado —silbó con voz silente, sin apartar un ápice la vista de un sorprendido a la vez que aterrado Leona. Y sin decir nada más cayó al suelo como una piedra o un trozo de plomo que se hunde sobre las piedras de la calle.

          Pero bastante había dicho. Y hecho. Al momento se alborotó el gallinero de cluecas ponedoras enmantilladas en negro pobre; y acudieron los quinqués y los chillidos. Rodearon a la madre de Luisillo, desvanecida tras expeler su afirmación, y todo era darle golpecitos en la cara y hacerle aire utilizando algún mandil como abanico. Y gritos y sugerencias y órdenes contradictorias que llenaban la noche con un ir y venir de corral en efervescencia.

          Una de ellas, fijándose en el Leona y viendo a doña Frasquita de pie junto a la puerta con la llave en la mano, se acercó a ella y le dijo, señalando a la madre de Luisillo:

          —Doña Frasquita, ¿podría usted dejarnos la mula para subirla hasta su casa? Es que a la pobre le ha dado como un desmayo porque se le ha perdido su Luisillo y ha dado en reinar que está muerto.

          Así fue como la madre subió hacia su casa tendida de través en la Caracolera, la mula del Leona, la misma que había aguardado pacientemente atada al palo esquinero del corral de la Pingarra mientras ésta sometía al Leona a la cura de su mal de envidia; esa cura que tan poca gente en el mundo es capaz de hacer. O sabe hacerla. A saber.

          Incluso habían ayudado a la Frasca a desmontar al Leona, del que no asomaba sino que su rostro amarillo bajo la manta y el silencio temeroso y desconfiado de su tiritera. Y no es que no les hubiese dado su algo de cosa tocar al Leona; sí que les daba, que todos en el pueblo sabían que lo del Leona era tan contagioso que “así” y ya lo has pillado, como aseguraba don Blas. Pero la figura de su vecina desmadejada en el suelo de la calle les hizo vencer la aprensión que en principio sentían. De modo que entre tres o cuatro de ellas bajaron al Leona, que no apartaba sus manos del pecho y daba tiritones y tiraba tosecitas con la cabeza baja, sin atreverse a levantarla; dejándose llevar de aquí para allá. Pero, eso sí, sin cesar de apretar con su poca fuerza el tesoro escondido de su futura salud.

          La Frasca, entretanto, había abierto la puerta de la cuadra y, viendo la albarda que una hora antes utilizara para subir al Leona a la mula y notando la repugnancia con que las mujeres le tocaban, sintió hervir en ella el fuego atávico de su orgullo de hembra y decenas de generaciones en el río de las naranjas. Señalando la albarda, indicó con altivez señorial:

          —Dejadlo ahí.

          Se llevaron la mula con la madre de Luisillo atravesada sobre ella, ya te digo, aprovechando inconsciente aún el calor que el cuerpo del Leona había dejado en los aparejos de la bestia.

          No se había desvanecido todavía el ruido de los cascos de la Caracolera cuesta arriba, y apenas había doña Frasquita acabado de cerrar la puerta de la cuadra, cuando ya el Leona estaba doblado sobre sí mismo y echando por la boca arcadas y más arcadas llenas de una cosa que, a la luz del quinqué que colgaba de un clavo de la pared, parecía negra y como a cuajarones. Y seguía y seguía el Leona vomitando sobre el suelo de la cuadra, ahora a cuatro patas, la cabeza moviéndose con impulsos convulsos y rítmicos, mientras la Frasca revoloteaba a su alrededor:

          —¡Ay, Leona, por Dios, qué haces! ¡Ay, Dios mío! ¡Que lo estás echando todo! ¡Ay, que no te va a servir de nada! ¡Ay, Madre de Dios! ¡Pero, para, Leona, por Dios, para...!

          Así seguía, incesante.

          Como él. Incesante igualmente en su tarea de derramar sobre las boñigas de la Caracolera el filón palpitante que el dedo de la Pingarra hallara en su tantear de experto por aquel cuello tan moreno, tan frágil, tan vivo, de pajarillo aterrado.

          —¿No queréis dormir ya, niños? —preguntó mi tía, haciendo una pausa en el relato.

          Hoy creo que Joaquinito, y las chicas incluso Rosa también, y yo, no éramos capaces de apartarnos de aquel porche más allá de la protección oscilante de los candiles; porque en nuestras mentes se debatían los fantasmas redivivos de la Pingarra, el Leona, la Frasca, Luisillo, y hasta de don Recesvinto también, echando su suspirito codo a codo con mi tío en la cocina que no veíamos. Porque, ¿quién nos aseguraba que no estaba allí?

          Yo, en concreto, no me atrevía ni a ir a orinar a la vuelta de la esquina, junto a los bidones de agua de lluvia, que éste era el sitio en donde solíamos aliviarnos antes de ir a dormir por las noches. Eso sí, en riguroso turno; primero, los chicos. Luego, las chicas. Aunque dónde exactamente lo hacían ellas, fue siempre un misterio escondido entre la pelambrera de sombras y naranjos para mí. Porque desde luego nunca las vi cuando, tras subir corriendo las escaleras, me asomaba a escondidas por el ventanuco de la habitación del fondo, la que estaba junto al y entre el dormitorio de mis tíos. La que daba justo encima de los bidones.

          Bueno, ya te diré cual.

 

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