El mal de ojo

 

10

 

SAN PANTALEÓN BENDITO

 

         Según mi tía, pasó el Leona buena noche. Ahora que había echado toda aquella carga que tanto le pesara en el estómago, se quedó medio traspuesto en un dormitar sudoroso y soñoliento que le duró hasta que los primeros gallos rasgaron la oscuridad cada vez más tenue; lanzaban sus quiquiriquíes como cohetitos fugaces hacia un cielo que se iba haciendo más y más claro paulatinamente; y hete que aquí y allá que le contestaban otros en un alternar arrítmico que surgía por doquier. Fueron los primeros; pero luego, si te fijabas, de momento distinguías a las gallinas picoteando reflexivamente en un suelo de hormigas y cagarrutas, bichitos y ramitas, escogiendo exquisiteces en sartas de decisiones repentinas, pero muy atentas y sabias, como si fueran resultado de una decisión de siglos de aplicación reflexiva a esa tarea.

         Luego el sol fue apareciendo poco a poco, despacio, mandando majestuosamente por delante heraldos de rayos que fulgieron por encima del Pico del Buitre; y, entonces, con lentitud tibia, iba resbalando su magnificencia sobre los tejados, cayendo a los naranjales, enterrándose en ellos.

         Mientras, el Leona seguía en su letargo.

         No así doña Frasquita: en la habitación vecina al dormitorio, un amplio salón de paredes encaladas y cortinones en las ventanas, sentada en una silla de espaldar recto, había estado a oscuras toda una noche eterna, rosario va, rosario viene, desgranando con aquellos mismos dedos las cuentas en afanosa aplicación. El nombre de San Pantaleón (bendito, claro está) lo musitaba cada vez que acababa la letanía. Entonces, vuelta a empezar para venir a acabar al poco de nuevo en San Pantaleón, tan bendito como antes.

         Se había permitido pensar, en un breve intervalo mientras llevaba al Leona desde la cuadra hasta la cama a oscuras, dando traspiés por el largo pasillo y tropezando con su cadera contra la esquina de la mesa del comedor, si no sería conveniente ir a decirle a la Pingarra lo que había pasado. Quizás conociera ella algún tipo de remedio. Tal vez hubiese alguna otra parte del cuerpo de Luisillo que tuviese la virtud de deshacer la envidia. Pero al instante decidió que no; era demasiado arriesgado. Estaba el pueblo como una feria, según le había parecido a ella durante el trayecto de regreso. Y no era cuestión de que la vieran entrando o saliendo de la cueva de la Pingarra. Ni siquiera, de que la vieran por la calle. Además, no podía dejar al Leona solo. Y, ¿quién le garantizaba que al salir ella de casa no estaba ya rompiendo aquel hechizo tan misterioso? De modo que resolvió por su cuenta y decidió que en vez de rezar tres rosarios a las intenciones de San Pantaleón bendito, rezarían seis. Y así lo hicieron. Aunque el Leona no dejaba de gruñir cosas raras y de ansiar por lo bajo, algo más tranquilo ahora; eso sí, pidiendo que le quitara las mantecas que aún tenía puestas en el pecho; decía que le daban frío. Y era cierto que le acometían de vez en cuando temblores que le dejaban exhausto y cubierto de un sudor helado, de olor fuerte que se mezclaba con aquel otro tan indefinible y del que procuraba substraer su atención.

         Ella se negó, por supuesto. Era lo único que quedaba del remedio aplicado por la Pingarra y no estaba dispuesta a que si quedaba algún resquicio de esperanza, no se hiciera todo lo posible por aprovecharlo. Así es que las mantecas se quedaron allí, sobre el pecho jadeante, bajo la camisa que ya estaba empringada en manchas grasientas y sudorosas.

         Porque el que el Leona lo había echado todo en la vomitera de la cuadra, estaba más claro que el agua. Allí había quedado para todo el que quisiera verlo; y allí seguía estando cuando vinieron aquellas dos mujeres envueltas en sus negras tocas a devolverle la Caracolera. Dieron unos golpes en la puerta; abrió ella, y entró la mula. Todo sin cruzarse una palabra entre las tres mujeres. La Frasca maldiciendo interiormente porque había tenido que encender de nuevo el quinqué, que seguía colgado en el mismo clavo de la pared, cuando fue a abrirles. ¡Y mira que les había advertido la Pingarra que nada de luces en su casa aquella noche! Pero, ¿qué iba a hacer? ¿abrir la puerta de la cuadra a oscuras? ¿qué dirían aquellas dos, si es que no lo andaban diciendo ya, de la escenita del desmayo y las palabras de la madre? Hasta le pareció que la miraban con desconfianza en el breve instante en que se miraron. Entre que abrió la puerta y las otras le arrearon la mula dentro con un chasquear de lenguas y palmada en la grupa.

         Y es que no les estaba saliendo nada a derechas, y ella se daba cuenta.

         Después, había arrimado un instante el quinqué a la albarda y allí, entre pajas y boñigas, estaba el inmenso charco ya cuajado. Negro. Apagó el quinqué. No quería verlo. Quería creerse que aún estaba en la barriga del Leona; deshaciéndole la envidia. Como el agua en los riegos deshace los terrones de tierra. Y, luego, las mantecas chupando aquel maldito mal; Dios, es decir, San Pantaleón bendito sabría cómo. Y Dios también, por supuesto.

         Tenía que hacer esfuerzos a ratos por centrarse en los rosarios que iban cayendo rezados uno tras otro con todo su corazón. Es que a veces su oído se quedaba al acecho, sin respirar, esperando poder definir alguno de esos ruidos que hacen las calles de los pueblos por las noches; en silencio; aguantando su corazón incluso en un saltar soliviantado cada vez que algún gato lloraba su lamento fuera, en la calle, o abajo, en el patio. Porque otro ruido ella no llegó a captar. De si la búsqueda seguía, o si habían encontrado lo que quedaba de Luisillo, ella no tuvo el más mínimo indicio. No es que se centrara a pensar en ello con atención, ya que todo su ser estaba en rezar con devoción un rosario tras otro, todos aplicados a las intenciones de San Pantaleón. Bendito, eso sí. En nada más.

         Ya por la mañana, cuando se filtró algo de luz por la rendija entre las cortinas, se acercó y pasó su mano por la frente del Leona. Ardía, y eso le pareció buena seña. De modo que, con ánimos renovados, retornó a su silla y se concentró en sus rosarios con más bríos que nunca. Aunque ya era casi de día.

         Salió mi tío Alfredo de la cocina en ese momento, seguido de cerca por la figura sarmentosa de Antonio. A mi tío le chispeaba su ojillo con la viveza de unos buenos “suspiritos” de ese vinillo tan rico-rico que saben hacer en Alboloduy, el último de los pueblos de río arriba. Antonio, nudoso, largo, terroso, reseco, iba tras él con la encopetada continencia de quien apuesta a que nadie sabe que ha bebido lo que ni él sabe que ha bebido.

         —¿De qué va esta noche la cosa? —preguntaba alegremente mi tío.

         —Mala gente aquella —comentó Antonio cuando le dijimos sobre lo que mi tía nos contaba.

         Es que de siempre se han tenido algo de ojeriza con los de río abajo. Pero, en fin, me supongo que eso suele pasar en todos los ríos del mundo. O debe. Aunque no lo sé.

         De momento saltó Conchi, la hija, como una tigresa furiosa a la que alguien hubiera molestado con toda su mala idea y muy a conciencia. Al tiempo vine en saber que se había casado con un chaval oriundo de Gádor; yo no pude asistir a la boda, no recuerdo exactamente por qué; aunque ahora me parece que sí que entiendo por qué se había puesto tan escocida con los comentarios que hiciera su padre sobre la gente de río abajo. Y es que el chaval de marras y con el que luego se casó ya estaba por aquellos días echando peonadas en el cortijo. Sería uno de aquellos seres que para mí ni existían ni han existido y que al caer la tarde bajaban la cuestecilla hacia el río con el legón al hombro, camino del pueblo, allá en lo alto, al otro lado de la cinta reseca del río de piedras desnudas y sin un hierbajo entre ellas; sólo sol, o sombra, según.

         —Le dieron garrote vil a las dos, la Pingarra y a la Frasca, ¿no se llamaban así? —preguntó mi tío a Antonio, volviéndose a mirarle con su único ojillo, buscando confirmación a lo que había dicho. Cosa, por otra parte que él sabía que sí era así ya que él, hasta que murió, gozó de una memoria excelente; incluso demasiado buena, según ahora me parece, porque en muchísimas cosas era un puñetero recocido para quien los años no parecían pasar sobre sus rencores. Pero, mira, mejor dejarlo, que ya está muerto y, como en alguna ocasión he tenido oportunidad de decirte, no está bien hablar de los muertos, aunque lo que vayas a decir de ellos sea bueno. Que en esta ocasión no lo sería, claro.

         —Sí —confirmó el cortijero—. Y al Leona no se lo dieron también, a pesar de ser uno de los mayores capitales de Gádor, si no el mayor, porque murió la misma mañana que iban a detenerle. De la tisis que tenía. Porque la Pingarra se las había apañado para hacerles creer que lo que tenía era mal de envidia, cuando lo que tenía era una tisis de caballo. Vamos, como que se lo llevó antes de que pudieran prenderle.

         Así también nos lo ratificó mi tía Remedios. Luego me enteré de que, efectivamente, tenían razón, había ocurrido así.

         Los civiles llamando a la puerta y doña Frasquita que sale a abrirles. Muy pálida y muy serena. Con el manto negro echado sobre los hombros.

         Como eran gente importante, iban un cabo, que era quien por entonces estaba al frente de la Casa Cuartel, y una pareja. Tres tricornios, tres bigotes, tres capas, tres fusiles. Un silencio, tenso,serio, largo.

         Largo.

         —Venimos a por el Leona. Tiene que acompañarnos al cuartelillo.

         No quería decir, el cabo, que venían a detenerle; aunque a eso venía. Si era preciso, pues lo diría; pero el Leona era un señorito y era importante. Además, era la primera vez, que él supiera, que se venía a poner preso a uno de ellos por un asunto realmente serio; el más serio que en su vida él se había echado a la cara. Claro es que si el asunto no fuese serio, él no estaría allí.

         Allí estaba.

         Y un tanto nervioso, aunque intentara no demostrarlo y por fuera no lo pareciera. Sin embargo, su voz había salido ronca; y eran los nervios, seguro.

         Doña Frasquita se quedó unos instantes mirándoles; sin verles, al parecer. Luego, sin decir una palabra, les abrió la puerta y se apartó a un lado, haciéndoles sitio para que pasaran.

         Era ella, no obstante, la que por el pasillo les precedía, indicándoles el camino. Los civiles la seguían, y los tacones de sus botas recias, de gala, retumbaban por aquellas paredes vírgenes de sonidos tan rudos.

         Llegando al dormitorio les abrió la puerta y se apartó nuevamente; sin una  palabra.

         El cabo la miró, tal vez preguntándose si era allí donde debía entrar o esperando alguna indicación por parte de ella; porque no terminaba de entender aquel largo silencio.

         Pero ella no le veía porque tenía la cabeza baja y, cosa rara, unos gruesos lagrimones pausados, brillantes, sordos, resbalaban incesantemente mejillas abajo.

         —¿Es aquí? —preguntó finalmente el cabo.

         Como ella no hacía signo perceptible, sino seguía en su llorar continuo y silencioso, el cabo se aventuró y se adentró en la alcoba.

         En la cama, los brazos cruzados sobre el pecho inmóvil, los ojos cerrados, la boca apretada en una mueca última, la nariz afilada en una amarillez impasible, el Leona yacía muerto.

         —Luego, más tarde —nos contó mi tía—, se descubrió que aún tenía las mantecas del niño debajo de aquellos brazos de criminal, bajo una camisa manchada y maloliente con la que le enterraron.

         Así fue.

         A su entierro no asistió prácticamente casi nadie. Tuvo lugar de madrugada, como si don Recesvinto, que por ello fue luego bastante criticado, estuviese llevando a cabo una acción reprobable y no limitándose a dar rápida y cristiana sepultura a un cadáver. ¿Qué iba a hacer? ¿Le iba a dejar sin un entierro cristiano? Incluso, ¿qué sabía él? Si a lo mejor en el último segundo de su vida hasta se había arrepentido de su acto asesino con todo su corazón, y Dios le había perdonado. Puede ser; aunque a él no habían acudido en busca de confesión. Ni él se había acordado de llevar a efecto aquella visita que le prometiera a doña Frasquita. En su subconsciente intentaba no sacar a flote que, en realidad, la había ido posponiendo día tras día; en cambio intentaba convencerse de que sus tareas como párroco de Gádor eran tantas...

         Claro está que es que aún estaba reciente la aparición de los restos de Luisillo, medio devorado por los dos cerdos de la Pingarra, en la esquina de la cochinera, que estaba aneja al corral y que también daba al patio.

         —Es que en eso —decía Concha acaloradamente— demostró las malas entrañas que tenía... Echarle a los cerdos los restos del pobre niño...

         —Por eso estuvo muy bien que les dieran garrote vil. A las dos.

         —¿Qué es eso del garrote vil, tiíta? —quiso saber mi primo Joaquinito, tal vez oteando algún nuevo, ignoto y no imaginado peligro a su anatomía.

         —Pues eso es que te sientan en un sillón de madera con un espaldar muy alto que a la altura del cuello tiene como un aro. El verdugo, desde atrás, da un par de vueltas a una especie de tuerca y el aro te tiene cogido el cuello y un tornillo que sale de por detrás te desnuca en un santiamén —le explicó mi tío—.  Así, ¡zas! ,como a un pollo o a un conejo —seguía dando detalles innecesariamente—. Y te quedas con el cuello así.

         Movía las manos como un niño diciendo adiós; un destello divertido en su único ojuelo. Aunque yo de siempre he sabido que ni Joaquinito (“ese mariconcillo en ciernes ciertas” como alguna otra noche de “suspiritos” oí que le confiaba a Antonio), ni yo (“otro puñetero caguetilla”) gozamos nunca de su aprecio. A decir verdad, del tal aprecio creo que no gozó jamás nadie sino él mismo, puñetero egoísta egocéntrico y comodón que era.

         —Ni te enteras —añadió Antonio—. Es como un cepo. Estás vivo y, ¡chas!, ya no lo estás: estás muerto.

         —Como Luisillo —dije yo.

         Mi tía me miró muy seria:

         —No como Luisillo, Paquito. A Luisillo le hicieron sufrir horas, pobre niño.

         —Bueno, ellas tampoco lo debieron pasar muy bien en las tres o cuatro semanas desde que las juzgaron hasta que las ajusticiaron —opinó mi tío.

         —Sí —se acaloró Concha, y eso que le hablaba a mi tío, o sea, al señorito—; pero Luisillo a ellas no les había hecho nada. Ellas a Luisillo le hicieron de todo. Un pobre niño, solo, tumbado en aquella mesa, con las mujeres y los quinqués alumbrando y aquel gigantón tonto sujetándolo para que no se moviera mientras... ¡Uuuuy! —Hacía como que temblaba—. ¡Demasiado poco les hicieron a ellas! ¡Más les tenían que haber hecho!

         —¿Y qué más les podían a hacer? —le preguntó mi tío con su pizca de cachondeo— ¿Sacarles las mantecas también? ¿Chuparles la sangre como el vampiro ese que anda por ahí?

         —¿Qué vampiro? —preguntaba ya mi primo Joaquinito con signos evidentes de alarma despertándose en su voz. Pero, por esta vez, nadie le hizo caso; y él se quedó con su inquietud, escudriñando a cada instante las sombras que desde su espalda le amenazaban. Sería por si salía de ellas el mochuelo. Quiero decir, el vampiro.

         —A la madre de Luisillo se las tenían que haber dado; que hiciera con ellas lo mismo que... —seguía Concha reinando en ello, nadie le prestaba mucha atención tampoco.

         Lo cierto es que la Frasca ya estaba muerta cuando fue a abrirle la puerta a los civiles. Para mí que murió cuando se dio la vuelta en la cuadra y vio al Leona vomitando la esperanza negruzca y cuajada a arcadas repletas.

         —¿Y cómo fue que se enteraron de que habían sido ellos? —quiso saber Rosa.

         —¡Pues cómo había de ser! ¡Por el Manuel!

         Sí. Porque durante dos días completos, con sus noches, estuvieron buscando a Luisillo por todo Gádor y sus naranjales, incluso los del lado de allá del río, a ambos lados del camino que va a Paulenca. Y nada. El Manuel venga decir que al Luisillo se lo estaban comiendo los cerdos de su madre (y risa va, risa viene); pero, claro, como era tonto, pues no le echaban cuentas, es decir, no le hacían ni caso. Hasta que al tercer día una pareja de la Guardia Civil, viendo que no aparecía el niño por ningún sitio, y habiendo oído al tonto decir tantas veces lo de los cerdos que se estaban comiendo a Luisillo (y vengan risas), pues decidieron darse una vuelta por la cueva de la Pingarra.

         Allí se acabaron las risas cuando vieron a los dos cerdos tumbados pacíficamente, ahítos, junto a unos restos esparcidos por toda la cochinera; asomando huesos lirondos por entre el estiércol.

         A todo esto la Pingarra se había venido a Almería y paraba en una fonda que había al lado de lo que hoy día es la Plaza del Mercado. Pasaba todo su tiempo gastando a manos llenas en las tiendas; escasas comparadas con las que hay en la actualidad, pero suficientes para aquellos años. Vivía como una reina y no se privaba de comer nada.

         Comiendo la prendieron.

         Porque la habían visto tomando el coche de postas que por aquellos entonces hacía el servicio de comunicar los pueblos del río con la capital. Y la Guardia Civil que, por supuesto, sabía dónde solían parar los de Gádor cuando iban a Almería. De modo que fueron y se la llevaron presa. Se estaba comiendo un filete de carne de cerdo, grande, tierno y jugoso, me contaron. No la dejaron que lo terminase. Salió entre los dos civiles que le habían atado ya las manos.

         Bramando iba, los ojos cárdenos de ira.

         En Almería se siguió con mucha expectación el juicio que se instruyó contra las dos mujeres y Manuel. Incluso se desplazaron de la capital de la nación periodistas de los diarios más importantes.

         Don Manuel Abad, uno de los abogados de más prestigio de la zona, asumió la defensa de doña Frasquita, que de repente se había visto en la ruina porque lo que ella menos esperaba era que el Leona falleciese sin testar. Y, claro, como no existía entre ellos ningún tipo de vínculo que las leyes de entonces contemplasen, pues, eso. En la ruina. Sin un céntimo. Aunque don Manuel Abad, que tenía fama de tener un corazón de oro, no le llevó ni una peseta por la defensa; claro es que hay que tener en cuenta cómo su nombre estuvo apareciendo en la prensa nacional durante bastantes días y con asiduidad cotidiana, según añadían sus enemigos de izquierdas. Pero eso no quita para que el buen hombre pudiese tener un corazón de oro, ¿no? Al fin y al cabo la Frasca era pobre de solemnidad. De manera que nadie le podía decir a don Manuel nada cuando contaba, como solía, que él había defendido a la Frasca, “aunque era pobre como una rata”.

         Don José Peregrín fue el abogado de la Pingarra. Entonces era un jovenzuelo, pero yo lo llegué a conocer, claro es que hecho ya un viejo, bastantes años después, allá por el inicio de los sesenta me creo. Cuando yo hablé con él, y creo  que no me prestó gran atención, era un vejestorio que chocheaba sus setenta y pico años por medio de un temblor de manos y una repetición constante de cada retazo de cosa que decía. Incluso se despidió de mí tres veces seguidas tras haberme saludado otras tantas sin interrupción alguna. Pero en los años del juicio, allá por el veintitantos, era un joven dinámico y de inteligencia rápida que se empeñó en que para su defendida lo mejor era culpar al hijo que, como era tonto, no corría un peligro tan serio de la pena de muerte como ella.

         Don Leopoldo Contreras defendió a Manuel. Se comprometió a demostrar que su defendido era tonto; convenció a toda España. No es que le costara mucho trabajo: un par de aquellas risas que desataba Manuel en sus apariciones en público (y que dieron su miajita de relajación en un asunto tan tenso y trágico) y el dictamen de un par de doctores le bastaron; aunque estos últimos en realidad sobraban y se presentaron por puro trámite y nadie los entendió ni les concedió mucha atención, comentando todos, como estaban, lo tonto que era Manuel. Don Leopoldo, grande, grueso, derrochando humanidad a manos llenas, logró para su defendido el internamiento en un establecimiento especializado. Allí se perdió Manuel. Se lo llevaron. Seguramente moriría muchos años después sin saber siquiera que había vivido, como nos pasa a muchos de nosotros.

         Ni don Manuel Abad, que se empeñó en demostrar que su cliente había sido engañada por las malas artes de la Pingarra (sin contar para tal fin con la colaboración de doña Frasquita), ni don José Peregrín, que se marcó los objetivos que ya he citado, alcanzaron sus fines. Sobre todo después del testimonio de doña Frasquita quien, a preguntas del fiscal, señor Torres (don Eduardo), testificó con un tono impersonal que puso la carne de gallina a los presentes que atestaban la sala:

         —Yo sujetaba el cuello del niño y ella le clavó el cuchillo aquí. Entonces le puso debajo un tazón grande y lo iba llenando con el caño que salía a borbotones. Así hasta cinco veces. Le pagamos, bueno, le pagó el Leona cien mil reales. Manuel, mientras, le estaba sujetando por las manos y los pies; pero para mí tengo que él no sabía lo que estábamos haciendo. Yo quiero decir que me arrepiento y pido perdón a todos los que he causado daño.
         Luisillo, claro está, no pudo oír sus palabras.

         Hasta que tuvo lugar la ejecución (doña Frasquita no quiso solicitar clemencia) no se vieron las dos mujeres. Pero se podían oír, porque la cárcel antigua de Almería, que estaba en la calle Real de la Cárcel, sólo era un patio no muy grande con unas cuantas dependencias anexas para los presos, suficientes eran entonces. Una parra trepadora, cuidada a veces por los presos, a veces por los guardas, subía por una de las paredes hasta derramarse por el tejado formando un emparrillado de luces y sombras y claro sol de Almería.

         Desde allí dentro, de uno de los cuartuchos donde esperaban su final, de vez en cuando se oía la risa semihistérica de la Pingarra, a la que seguían unos chillidos dirigidos a su compañera de suerte:

         —¡A San Pantaleón, Frasca, a San Pantaleón! ¡Rézale a San Pantaleón! ¡Pero bendito, ¿eh?, pero bendito!

         Y así lo repetía varias veces, salpicándolo de risotadas; como si lo hubiese tomado como grito de una guerra no declarada. Porque doña Frasquita no contestaba nada.

         Es que ella era una señorita.

         Ni comía apenas.

         Las ejecutaron por la mañana. Era a principios de la primavera; cuando más duele  abandonar este mundo; cuando hacía alrededor de un año que Luisillo se había ido por aquella tremenda raja de su cuello.

         Como sucede con frecuencia en Almería, el cielo del amanecer era azul y no se veía una sola nube. Fresco sí hacía, un poco; pero a pesar de ello se había congregado una pequeña muchedumbre a la puerta de la cárcel. No pudieron ver nada ni se enteraron de lo que sucedía dentro.

         A media tarde salió un carro con dos ataúdes de madera, sencillos, de los “de oficio”; pero ya no quedaba nadie en la puerta de la cárcel y no los vieron. Echó camino del puerto para luego torcer a la izquierda y subir por la Rambla de Belén arriba. Así dieron su último viaje la Pingarra y la Frasca, tan calladas la una junto a la otra, moviéndose acompasadamente en aquel bailoteo del carro sobre el camino desigual que venía, y viene, a acabar en el cementerio.

         El amor y la avaricia.

         La muerte con ellas.

         Cuando mi tía se quedó callada, apenas si respirábamos. A mí fue la historia que más me ha impresionado en mi vida. Tal vez influyó un tanto el ser yo entonces un chaval de doce o trece años, que no recuerdo bien ahora... trece, creo; no sé. Tal vez fuese la magia que tienen los naranjos, y el azahar, y la noche, y los candiles, y las sombras que se te negaban, y los ojuelos de mi prima, y los pechos de Rosa, y las risas, y... ¡yo qué sé!

         Era ya muy tarde, las horas pequeñas de la madrugada, como dicen; pero en el cortijo el tiempo no tenía importancia para nosotros.

         Los grillos seguían con la cháchara incesante que nos había estado acompañando toda la noche, serenata a ratos oída, a ratos escuchada, ignorada siempre. Los candiles seguían consumiendo su mecha, moviéndose ahora sí y ahora también en cabezadas silentes de luz mortecina, deshaciendo un delgado hilillo de humo que subía hacia las vigas de madera que soportaban la terraza del piso de arriba.

         Callados todos.

         Alcé la vista y me encontré con los ojos de mi prima Celeste Elena clavados en los míos. Pensé: “A ver quién aguanta más”.

         Porque aquellos ojos tan claros, tan inocentes, tan... me hacían como cosquillas por aquí, por la barriga.

 

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