El mal de ojo

 

11

 

EL ROMANCE

 

 

         Tardó bastante en olvidarse el crimen en Gádor. Y en el valle de las naranjas. En la comarca entera. En realidad, tardó tanto que aún no se ha olvidado. Por aquí lo seguimos llamando el crimen de Gádor o el del Leona, que es lo mismo. Claro es que ya lo vemos como un asunto turbio, viejo e incomprensible que data del tiempo de nuestros ancianos, la España negra esa que dicen, ya sabes.

        Pero entonces, allá por los comienzos de siglo, todo ello causó una enorme conmoción. Dejó al valle aterrado, como recorrido por una pesadilla que de pronto se tornó real. Las madres no apartaban ojos vigilantes de sus polluelos; mucho antes de que oscureciera ya les estaban llamando. Y no se recataban, cuando el pequeñajo de turno se rebelaba un tanto, en amenazar con aquel terrible:

        —¡Que llamo al Mantequero...!

o el otro, mucho más temido aún:

          —¡Que viene el Tío Mantequero y verás...!

si seguías haciendo eso o si, por el contrario, aún no te habías puesto a hacerlo.

          Porque de la Pingarra o de la Frasca, o de Manuel incluso, pronto se fue borrando la imagen fuerte y primera; del Leona, en cambio, no: él era el Tío Mantequero, ése que recorría las calles solitarias de los pueblos por las noches oscuras del invierno sin que nadie le viera, excepto el viento, llevando puesta a modo de vestidura o sudario colgante las mantecas de un niño; sus ojos oteando siempre a la búsqueda de nuevas mantecas; su saco, al hombro; sus dientes, sin labios, produciendo ese tremendo castañeteo.

          Mientras al amor de la lumbre, los que se iban haciendo viejos contaban  y recontaban cómo pasó todo, con ligeras variantes, a cuál más horrible, de una vez para otra. Aunque lo peor era que ningún niño sabía quién era el Tío Mantequero, o cuándo iba a aparecer, o dónde. O cómo. Incluso los más espabilados dudaban si era cierto eso de la existencia de un personaje tan temible, por ignoto más que nada. Claro que en la duda... Y así fue como las madres de la zona, incluyendo las de la capital (de lo que puedo dar fe), sacaron su pizquita de tajada de las mantecas de Luisillo.

          No fueron ellas tan sólo quienes obtuvieron, o intentaron obtener, alguna ventaja del espeluznante suceso. No: los pueblos de la comarca se vieron animados por varios cantores de romances que los recorrían y los estuvieron recorriendo durante bastantes años. Habían hallado una mina. Generalmente eran ciegos, aunque el último que vi no lo era. Llevaban a modo de lazarillo a un niño que cuidaba de ir señalando con una vara de madera o puntero los diversos cuadros que mostraban las escenas del Crimen de Gádor. Mientras el ciego cantaba el romance con cantilena uniforme, monótona, hueca, el zagal iba señalando con el puntero la escena correspondiente. Éstas estaban dibujadas, hoy pienso que bastante toscamente pero con una sencillez pavorosa, en tres o cuatro tableros que colgaban del brazo transversal de un palo largo, a modo de cruz, y que era sostenido por el ciego en tanto que iba recitando o semicantando el largo romance. A intervalos más o menos irregulares se detenía, bajaba el palo, y el zagal descolgaba el tablero recitado y pasaba al siguiente; con sus correspondientes seis u ocho escenas cada uno. Normalmente ellos mismos los componían y, en alguna imprenta de la capital o yo no sé dónde, se los imprimían en un folio doblado en cuartillas; en papel, barato.

          Antes de comenzar el ciego su canto recitado, y después de acabado éste, el zagal se metía por entre la gente que se iba congregando y vendía los romances impresos en los papeles.

          Hoy día veo la escena como de tiempos de un antaño muy lejano. Sin embargo, de ello no hace ni siquiera un siglo; poco, ahora que lo pienso, porque después de la Guerra Civil aún había ciegos repartiéndose por la comarca. E incluso algunos, como ya te he dicho, ni eran ciegos; pero eso fue después de la Guerra, porque la Guerra hizo cambiar muchos de los usos anteriores a ella; que de siempre los cantores de romances habían sido ciegos. Al menos por mi zona, según decía mi tía, que de eso sabía un rato; luego, debía ser cierto.

          En un olvido aún más rápido cayeron los personajes marginales de la historia. Don Blas, el médico, siguió actualizándose en su cotidiana rutina hasta que un día entró en el bar del Casino, pidió un carajillo, y aún no se lo habían puesto cuando cayó en redondo al suelo; y, claro, como no se podía llamar al médico, porque el único era él, pues se murió igualmente. El culo de su mujer, doña Engracia, siguió envejeciendo interminablemente; por las noches buscando inconscientemente, moviéndose en vano por el hueco dejado por el otro, ya ido y enterrado; por los días, cubierto por sus negras tocas que se iban ajando eclesiásticamente. Hasta que un día desaparecieron también.

          A don Recesvinto se lo llevó su “Eso es la próstata” unos años más tarde; murió sin saber exactamente qué era eso de la próstata, aunque con el convencimiento de que fuera lo que fuera lo que tal cosa quisiera ser, lo estaba matando, de manera que no es que importara demasiado. Olvidado ya lo del Leona, en sus últimos tiempos fue algo criticado por su hábito o costumbre, tendente a incrementarse, de decir las misas en un santiamén. Sin embargo, lo cierto era que cada vez tenía más necesidad de orinar con frecuencia. Cuando se declaró explícitamente enfermo ya, no duró un mes; la mayor parte del cual se lo pasó diciendo:

          —¡Ay, mi pitico...! ¡Ay, mi pitico...! —Así. Como una nueva letanía recién aprendida.

          Todos entendieron que chocheaba o que deliraba en su enfermedad, y le disculpaban.

          No hay más. Del resto no sé qué fue. Tal vez sigan allá, en Gádor; en su cementerio o en el recuerdo de alguna vieja o viejo de esos acartonados que puedes ver siempre que quieras y pases por allí.

          De nosotros también queda poco que decir. Aquella noche subimos a dormir en grupos. Aún me parece ver a mi primo Joaquinito arrastrando nariz y barbilla por el suelo para ver si debajo de su cama estaba el Leona o la Pingarra o cualquier otra oscura entidad.

          Su hermano le decía que mirara por debajo de la suya también por si acaso; y porque siempre fue un comodón y prefería que los demás le hicieran lo que podía hacer él, que es la peor manera de hacer las cosas, claro.

          Y yo, fíjate, que ni intenté siquiera asomarme a la ventana del cuarto que había en el piso superior, al final del pasillo; para ver si las veía, como tenía por uso y costumbre hacer con nulo éxito, por supuesto. Inducido, me supongo, por ese deseo de hembra que había empezado a despertarse en mí.

          De todas formas, se las oía ya subir. Se ve que tampoco ellas estaban muy tranquilas, con un potencial Leona pululando por sus mentes inquietas; o por la oscuridad que cada noche las envolvía en su cantarina actividad.

          Dos o tres días después, más no habrían pasado, subieron casi todos al pueblo.  Mi tía Remedios nos lo advirtió la noche anterior:

          —No esperaré a nadie, que lo sepáis. —Nosotros sabíamos, sin embargo, que luego esperaba a todo el mundo—. El que quiera venir, tiene que estar preparado nada más salir el sol.

          Eso sí que lo era ella: madrugadora; principalmente, me creo, porque no dormía apenas. A las siete o las ocho ya estaba de pie dando una vuelta por el primer bancal, el más cercano al cortijo, oliendo el manto verde y la tierra que se despertaba, lo que para ella era como haber vivido. Y las florecillas asomando sus sonrisas breves de tantos y tantos y tantos colores.

          Ese día en cuestión recuerdo que me hice el dormido. Entonces entró ella y me preguntó:

          —¿Es que no vas a venir con nosotros? —Un momento después:— Vienen todos. —Me imagino que se había dado cuenta de que estaba despierto y con los ojos cerrados, de manera que insistió:—. Mira que al tite no le gusta que os quedéis desperdigados por aquí cuando subo al pueblo. —Yo, venga a callar y ni respiraba siquiera. Ella:— ¿Es que de verdad no piensas venir? —Entonces:— Como cuando volvamos me diga el tite que has dado la lata te pongo en la Alsina y te mando a casa, que lo sepas. —Yo, ni pío. Ella, por último:— No digas que no te he avisado.

          Yo no contesté ni me moví y allá que se fue ella. Con los demás.

          Al poco, medio escondido tras la ventana de la terraza, los veía como figuras de juguete atravesando el lecho seco del río de piedras; paulatinamente convirtiéndose en muñequitos más y más pequeños iniciando la cuesta ya, aquel vericueto de sombra y jadeos que les subiría hasta el pueblo.

          No se distinguía muy bien ya a esa distancia quiénes eran. Me pareció que guiando a la mula de las riendas iba Conchi..., a Rosa no la veía; sí, era Conchi, con certeza, más delgada que aquélla, sí. Detrás, en la mula, balanceándose mínimamente sobre la incertidumbre sobresaltada de la albarda, el bulto incuestionable de mi tía. A continuación, casi a su lado, el resplandor brillante de Celeste Elena con dos de mis primos, el culoncillo y su hermano, precavidos y a distancia de los cascos y el polvo de la bestia que les precedía. También, dos puntitos minúsculos inquietos y saltarines en quienes creí intuir a José Antonio y Fernando, tan pronto rezagados como corriendo delante o alrededor a la búsqueda y hallazgo de esas pequeñas maravillas que las laderas de los cerros guardan.

          El día había amanecido claro, azul, límpido y se veía que iba a ser caluroso, de hecho ya lo era, como casi todos los del verano almeriense.

          Todo el piso superior del cortijo estaba ocupado por los dormitorios. Subías la escalera, torcías a la derecha, y allí estaban los de la chiquillería y gente joven, a ambos lados del pasillo; mirando al sur y a los naranjos, los de las chicas; enfrente, dando a las cuadras, los nuestros. Al otro lado según subías la escalera, esto es, torciendo a la izquierda al final de ella, estaban los dos dormitorios de mis tíos, uno frente al otro. Una cama estrecha, lavabo de jarra y espejo, y un crucifijo en el de mi tía Remedios; lavabo similar, carburo y cama ancha en el de mi tío Alfredo.

          Pasados estos dos dormitorios, al fondo, había otra habitación más, como una especie de trastero que me encantaba explorar en solitario por el mero hecho de que nos habían prohibido entrar en ella. No sé si mis primos también lo harían, supongo que sí aunque nunca les vi.

          Sólo era un cuarto cuadrado y pequeño, blanqueado de hacía ya tiempo, con un ventanuco de cristales muy sucios. En el suelo había viejos instrumentos y aperos de madera y hierro oxidado, planchas inservibles, carburos inutilizados, una romana enorme, un sin fin de cachivaches amontonados en uno de los rincones y cuyo supuesto uso más o menos agrícola y cortijero era un misterio para mí; y un baúl cerrado. Habría algo más, seguro, pero no recuerdo.

          Lo que me fascinaba, a los demás supongo que también si lo hacían (que los Gómez del río de siempre hemos sido aficionados al papel) era el baúl. Estaba cerrado pero no tenía la llave echada, de modo que podías abrirlo y te encontrabas con tomos y más tomos de libros gruesos de recias tapas de cuero; con un montón de revistas viejas de color marrón; con papeles y más papeles de un color gris viejo, pardo de años, atados en montones por medio de cintas. Una verdadera caja de sorpresas.  El cómo había llegado todo aquello hasta allí ha sido siempre un completo misterio que nunca averigüé porque nunca me atreví a preguntarlo, para que no se diesen cuenta de que andaba husmeando en lo prohibido, ya sabes.

          Los libracos no me llamaban gran cosa la atención, en parte debido a que estaban escritos en un idioma raro; hoy estoy convencido, sin saber exactamente por qué, de que en alemán. Unos eran de medicina, con dibujos muy fidedignos de cómo somos por dentro; otros debían ser de geografía o de viajes porque tenían dibujos de gentes ataviadas de ropajes muy extraños; otros no sé de qué ya que carecían de dibujos y las letras y palabras eran sólo un extraño galimatías sin sentido alguno.

          Pero eran las revistas lo que me atraía con la fuerza de un instinto atávico naciendo; aún recuerdo cómo se llamaban: unas, “Crónica”; otras, “Estampa”.  Las abrías y aparecían mujeres bellísimas totalmente desnudas en aquel marrón marfileño añejo, carnoso y sugerente. Recuerdo una ataviada con una espléndida mantilla española que no cubría su esbelta desnudez porque caía hacia atrás como un torrente manando de una cabeza orgullosamente alzada, y que no llevaba más, encima o debajo, sino que lo dicho y unos zapatos de tacón muy alto y un abanico en una de sus manos; hacía como que estaba dando un paseíllo arrebatando aplausos después de un baile de lujuria y nada, tan mágico y misterioso; había otra... Pero, bueno, no era a eso a lo que iba y me parece que me estoy alejando de mi propósito inicial.

          Te he hablado de cómo en dicho baúl había también un sin fin de otros papeles. Ese día, en mi afán de búsqueda y con la esperanza de encontrar, luego de contemplar por largo rato las revistas, me dio por echar una ojeada a esos papeles que en montones ordenados estaban atados con unos lazos azules. Vi de momento que eran poesías y, a lo que me pareció dentro de lo corto de mi entender, de no muy buena calidad.

          El tercero que cogí me saltó a la vista con sus grandes titulares:  “Romance del Crimen de Gádor”; lo saqué del montón en que estaba y lo empecé a leer.

          Aún lo conservo y todavía me parece que lo estoy leyendo sentado, la espalda contra la pared, con el sol que lograba colarse por los cristales tan sucios, a mi lado, callado, en silencio. Levantando, eso sí, de vez en cuando la cabeza para asegurarme de que estaba solo. Decía, dice, así:

                       ROMANCE DEL CRIMEN DE GÁDOR

Ésta es la historia, señores
de aquel crimen tan horrendo
que tuvo lugar en Gádor,
que es un pueblo muy pequeño.
Aquí donde les señala
el zagal con el puntero,
ven ustedes al Leona
jugándose los dineros.
Nunca salía del Casino,
se pasaba días enteros
jugando y fumando puros
que le traían de lejos.
Y aquí al lado de éste,
veréis a doña Consuelo,
que es la mujer del Leona
y que sufre en silencio.
Va a misa todos los días
y orando, como aquí muestro,
pasa las noches en vela,
martirizando su cuerpo.
Miren ahora al zagal
cómo señala el entierro
que tuvo esta santa mártir.
Véanlo en el cuadro tercero.
Vinieron de todas partes
para acudir al sepelio;
llorando iban los pobres
camino del cementerio.
Pero atiéndanme, señores,
que ya está el Leona enfermo.
Escupe sangre y se muere,
lo dicen todos los médicos.
A su lado está la Frasca
que, si mal no me recuerdo,
es la mujer que el Leona
tenía en el pensamiento.
¡Ve, corre, Frasca y me traes
a la Pingarra corriendo,
y no tardes tres segundos
porque siento que me muero!

Aquí se ve cómo sale
la Frasca a paso ligero,
cruzando la noche fría
y oscura como el infierno.
Tenéis aquí a la Pingarra
en una cueva del pueblo
en donde se dedicaba
a la matanza de cerdos.

          (Hoy día no puedo menos de imaginarme al zagal del puntero interviniendo, diciendo con aire sumiso y rutinario del que ha repetido mil veces la misma muletilla: “¡Con perdón!”)

Sí, porque desde pequeña
le enseñaron cómo hacerlo,
¡y les clavaba el cuchillo
justo en el sitio certero!
Ya llegan las dos mujeres.
¡Leona, te estás muriendo!”,
fue lo primero que dijo
ella tan sólo con verlo.
¡Ay, Pingarra, lo que dices
es seguro y es bien cierto,
y me han dicho los doctores
que ya no tengo remedio!

Y aquí donde ahora señala
el zagal con el puntero
pueden ustedes ver cómo
La Pingarra dijo esto:
¡Te han engañado, Leona,
los doctores y los médicos,
que te han dicho que te mueres,
y vas a seguir viviendo!
”.
En el segundo cartel
miren el cuadro primero
y vean como ella dice
al Leona su remedio:
No es mal de ojo, Leona,
esto que a ti te han hecho.
Es mal de envidia
—le dice—
lo que te está consumiendo”.
¡Ay, Pingarra, si me salvas
te colmaré de dinero,
porque no quiero morirme,
porque me da mucho miedo!

Tengo el remedio, Leona,
para que te pongas bueno;
prepara cien mil reales
porque te va a costar eso
”.
Este gigante tan grande
aunque aquí lo veis pequeño,
es un alma desgraciada
en un pedazo de cuerpo.
Porque no tiene cabeza
ni tiene conocimiento,
pero tiene por amigos
todos los niños del pueblo.
Al hijo de la Pingarra
y a Luisillo los tenemos
hablando el uno con otro,
y el Manuel le está diciendo:
Vente conmigo, Luisillo”.
¡Ay, Manuel, ahora no puedo
porque tengo que llevarle
a mi padre el almuerzo!

Ya Luisillo está de vuelta;
no ha tardado ni un momento
porque le ha dicho su amigo:
Tienes que venir corriendo”.
¿Qué quieres de mí, Manuel?
Dime, que quiero saberlo
”,
le está preguntando el niño
en el cuadro que están viendo.
La Pingarra, muy atenta,
la puerta les ha abierto
y les ha hecho pasar
a su triste aposento.
¡Anda, súbete a la mesa!
Vamos a jugar a un juego
”,
le ha mandado la Pingarra
¡y ya está el niño preso!
¡Ay! ¿Qué me haces, Pingarra,
que a esta mesa estoy sujeto
y quiero irme a mi casa
y aunque yo quiero no puedo?

La Pingarra, que no quiere
que por culpa de ese miedo
se le haga mala sangre,
le dice al niño riendo:
Tú no seas tonto, Luisillo,
y no estés triste ni serio,
que no te va a pasar nada
”.
Y se termina el tablero.
Y mientras que se le cambia
pueden comprar el libreto;
sólo por dos perras gordas,
todo el romance completo.

(Ahora veo al ciego atareado bajando la cruz, cara al cielo su mirada blanca, con los tableros que no puede ver, de ocho recuadros cada uno; y el zagal cambiándolos y después, y por si acaso, vendiendo alguno de los romances impresos en el papel.  Como éste que te estoy leyendo).

Bueno, y seguimos, señores,
contándoles el suceso
más horrible que han de ver
hasta en siglos venideros.
Ya la Pingarra le ha dicho
a la Frasca que esté presto
el Leona a las once
de la noche que te cuento.
Aquí ven a la Pingarra
que ya a la cueva se ha vuelto
y que por tranquilizarlo
al niño le ha dado un beso.
¡Ay, qué entrañas tan malas!
¡Ay, qué corazón de hielo!
¡Mirad a este chiquillo
y a esta bestia al acecho!
Ya suenan las campanadas
y a Luisillo el pueblo entero
como loco anda buscando
aunque la noche es de invierno.

          (Aquí seguramente que algún enteradillo de ésos que por nuestros lares tanto abundan soltaría eso de: “Pero, ¿no fue en primavera cuando el crimen?”; y me imagino al ciego contestándole, mirándole sin mirar con sus ojos que no ven pero que sientan cátedra: “¡Naturalmente! Pero primavera no rima con entero. Invierno, sí; pero primavera, no. Que esto es cuestión de versificación y nosotros, los eruditos, sabemos cómo hacerlo. Que no es tan fácil. Y a eso llamamos licencia. Pero sigamos, que el romance es largo; y por dos perras gordas es regalado”. Y el otro, apabullado, cerrando pico y recogiendo ala como para “desapercibirse” entre la gente).

Ya en la puerta de la cueva
dos golpes suenan en seco,
y les abre la Pingarra
y les pasa para dentro.
Entre aquellas dos mujeres
al Leona, que esta enfermo,
se lo llevan a la cama
jadeando en el esfuerzo.
¡Ay, Frasquita de mi alma!
¡Ay, Frasca de mi consuelo!
¡Ay, que le he visto los ojos!
¡Ay, que yo no puedo hacerlo!

¿Es que te quieres morir?”,
dice la Frasca al momento,
y el Leona le contesta:
¡No, que me da mucho miedo!
Eso que acaban de oír
es lo que se están diciendo
estas dos almas sin alma,
sin corazón, sin cerebro.
Pero miren como afila
la Pingarra con esmero
esa faca tan enorme,
ese cuchillo tan fiero.
Y mientras que lo afila
vean al niño sujeto
a la mesa con las cuerdas
que la criminal le ha puesto.
¡Ay, Pingarra!  ¿Por qué afilas
ese cuchillo, que quiero
saber para qué lo afilas
porque me da mucho miedo?

Estate tranquilo, niño.
Vamos a jugar a un juego
con este Manuel, mi hijo,
que es tu amigo sincero
”.
Y ya están las dos mujeres
con el ánimo bien hecho,
mirando al pobrecito
y dispuestas para hacerlo.
¡Coge, Manuel, a Luisillo,
que no se mueva ni un pelo,
por los pies y por las manos
y déjale libre el cuello!

¡Ay, señores, qué tristeza!
¡Ay, señores, que no puedo!
¡Ay, cómo tiene esta fiera
a su amigo ya sujeto!
Ahora manda la Pingarra,
con su corazón de acero,
a la Frasca que le aguante
la cabeza al cordero.
¡Cómo tiembla el pobrecito!
¡Qué suspiros! ¡Qué lamentos,
que derriten a las piedras
pero no a aquellos posesos!
Clama el niño por su madre,
que lo busca por el pueblo
como busca una gallina
si se le pierde un polluelo.
¡Ya la faca le ha entrado
y con un golpe certero
le ha cortado una vena
y por ella va muriendo!
Y vean que la Pingarra
un tazón ya le da lleno
a la Frasca, que lo coge
cuidando de no verterlo.
La Frasca le ha llevado
tres tazones bien repletos;
y la fiera se los bebe
aunque sabe lo que han hecho.
¡Ay, Frasquita de mi vida
—dice entre aliento y aliento
esta fiera—, tú no sabes
lo bien que yo ya me siento!

Y miren a la Pingarra
lo que mientras está haciendo:
a Luisillo las mantecas
se las saca con esmero.
¡Le ha abierto la barriga!
¡El cuchillo ya está dentro
despegando las mantecas!
Pero el niño está ya muerto.
Miren con cuánto cuidado
las mantecas en el pecho
pone al Leona la hembra
que no tiene sentimientos.
Y lo que ahora les dice
en este mismo momento,
es que tienen que rezar
cuatro rosarios completos.
¡San Pantaleón bendito,
ay, qué malo tú habrás hecho,
para poner en sus bocas
tu nombre a estos sin cielo!
Porque y en cada rosario
según los vayan diciendo,
con tu nombre tan bendito
han de terminar el rezo.
Ahora ya se ha ido la Frasca,
la mula y su compañero;
ya ha cerrado la Pingarra
la cueva con Manuel dentro.
Y el romance va acabando;
pueden ustedes tenerlo
sólo por dos perras gordas
mientras cambiamos de tercio.

(Ahora el zagal cambia diligente los cuadros ya recitados y los sustituye por los siguientes, teniendo buen cuidado de no equivocarlos; e incluso atendiendo a alguna que otra venta)

Bien, señores, aquí tienen,
vean a este hombre tan bueno
que es el padre de ese niño
que ha muy poco que han muerto.
Y la que aquí está llorando
sin parar y sin consuelo
es la madre que no sabe
que a su hijo lo han deshecho.
Estas comadres que ven
en este corro tan prieto
es que se creen o se piensan
que el chiquillo está ya muerto.
Le rezan a San José,
San Sebastián y San Pedro
para ayudar a la madre
en este su desconsuelo.
Van los Civiles buscando
al niño, que está en el cielo,
acompañados del padre
y los vecinos del pueblo.
Tropiezan con el Leona
y con la Frasca cogiendo
las riendas de aquella mula
que se dirige hacia ellos.
¡Alto a la Guardia Civil!
¿Por qué?  ¿Qué es lo que hemos hecho?
¡Ah, son ustedes, señores!
¿Qué hacen fuera, si hace fresco?

Hemos salido hace nada
sólo por dar un paseo
porque el Leona está malo
y necesitaba eso
”.
¡Adiós, señores, perdonen
por el entretenimiento!
”,
y allá se van; y se quedan
la Frasca y su compañero.
Dentro de unos instantes,
de tan sólo unos momentos,
pasan delante la cueva
donde el niño yace dentro.

          Dejé por unos segundos el romance que estaba leyendo. La pequeña habitación estaba llena de Leonas y Frascas, de Pingarras y Manueles, de ciegos que recitaban y niños que se metían el dedo en la nariz mientras el erudito cantaba. De mi madre diciéndome aquello de “¡Que llamo al Tío Mantequero!” y de sombras ya ha tan largo tiempo idas.

          Entonces me quedé quieto; porque de allí mismo, de fuera de mi ensueño, desde el mundo muy real, sí que venían unos ruidos extraños.  Agucé el oído y sentí rumores semiapagados procedentes del cuarto vecino.

          Durante unos minutos intenté en vano discernir de qué podía tratarse;  luego, con el papel del romance aún en la mano, me asomé con cautela al pasillo. Todo estaba en una penumbra fresca y veraniega, de paredes recias de cal y silencio... salvo aquellos ruidillos tan intrigantes que ahora notaba claramente que provenían del cuarto vecino, del dormitorio de mi tío Alfredo.

        Me fui asomando como una sombra.  No hacía sonido alguno y llegué hasta la puerta cerrada.  De allí detrás surgían los gemidos que me habían sacado de mi ensueño.  Ahora sentía que eran violentos, excitantes y no totalmente triunfantes en el intento, si es que lo había, de extinguirlos.

        Durante breves instantes me quedé sin saber qué hacer.  La puerta estaba cerrada y...

        Apliqué el ojo al agujero de la cerradura y entonces distinguí la cama de mi tío.  Dos pares de piernas muy distintas forcejeaban entre jadeos mientras un culo negro y tuerto parecía mirarme indiferente en su total falta de expresión, sin verme; subiendo y bajando, subiendo y bajando, sin cesar,  entre aquellos dos muslos blanquísimos y una maraña anhelante de pelos sin nada.

        Bajé la escalera y en la cocina estaba Concha la cortijera; se alarmó:

        —¡Paquito! ¿Qué te pasa? ¡Estás blanco como la pared!

        Tomó el papel que, sin darme cuenta, yo aún llevaba en la mano, y leyó el título. Entonces dijo, como quien encuentra la solución adecuada a un problema repentino:

        —¡Claro! ¡Mira que le dije a doña Remedios que no os contara lo del Leona! ¡Mira que se lo dije veces! Pero como no me hizo caso...

        No sé cómo fue que el papel del romance volvió a mis manos; lo guardé en la bolsa que mi madre me había dado antes de venir al cortijo.  Hasta hoy, todavía lo tengo.

        El caso es que tampoco sé muy bien cómo acaba porque siempre que llego a ese punto me acuerdo del pasillo, y de los ruidos, y del ojo tuerto, y de los muslos blanquísimos, y de...

        Mira, mejor lo dejamos, ¿eh?

 

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