El mal de ojo

 

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EPÍLOGO

 

 

        Amigo, si alguna vez pasas por mi tierra, por Almería, puedes acercarte a echar un chato en las bodegas El Patio. Somos gente, creo, hospitalaria y más o menos amable, eso también.

        Las bodegas El Patio se encuentran en la calle Real, antes Real de la Cárcel, cerca del puerto. Desde el mostrador, acodado en él, se divisa el patio que da nombre a las bodegas; era el patio de la antigua cárcel, aunque pocos van quedando que sepan que hubo un tiempo en el que la cárcel de Almería estaba allí.

        En ese patio se les aplicó garrote vil a la Pingarra y a doña Frasquita. Aquellos muros que tú estás mirando fueron los últimos que ellas vieron, sólo que la cal que los cubre era distinta.  Y el cielo sobre ellos, diferente, o, ¿tal vez el mismo? Porque el azul claro es una constante aquí, como el cabello castaño de sus mujeres o el viento de levante.

        A veinte kilómetros de Almería está Gádor.  Para ir allí sólo tienes que seguir el río, el de las naranjas, que también le dicen Andarax; no sé por qué aunque la cosa viene de antiguo.

        Gádor sigue recostado sobre el mismo cerro; pero ahora ya no hay señoritos. Sus calles tienen la luz eléctrica y en la mayoría si no es que en todos los hogares, hay televisión; con sus películas de asesinatos y crímenes y eso.

        Allí el crimen está olvidado. Salvo que alguien se interese y pregunte. Entonces, algún otro alguien, si quiere, contesta y ya está.

        En el osario común, en algún sitio allá por el rincón del fondo izquierdo del cementerio, deben yacer los restos de Luisillo; y de su padre y su madre. En el fondo y a la derecha está la tumba del Leona, en una cripta abandonada que en sus tiempos fue la mejor de todas. Cuando estuve la última vez, de esto hará unos años, ya no se podía apenas leer la lápida; estaba rajada, además, pero es igual: sus restos, como los de Luisillo y los Blases y Recesvintos y los Emilios y los demás que por allí ya no andan, sólo son un conglomerado de huesos lirondos.

        Sin sangre.

        Sin mantecas.

        Siguiendo río arriba unos quince kilómetros más, está el cortijo, con su porche, sin mi prima. Ya no es nuestro, lo vendimos a poco de morir mi tío Alfredo.

        Pero allí sigue. No sé si con su escalera y su habitación del baúl, porque no he vuelto a entrar más en él y sólo lo he visto de lejos; aunque sí con sus naranjos al otro lado de la cinta seca del río. Con sus flores, porque se ven desde muy lejos, cuando es el tiempo, brillando como una risa.

        Blanca.

        Blanca como flor de azahar.

 

 

DEDICATORIA

He escrito este relato con la firme intención de dedicárselo a todos aquéllos que ya no están más conmigo porque murieron; y, sin embargo, no me han abandonado, sino que, con el ejemplo que cerca de mí dieron al vivir, me enseñaron a amar y perdonar. De lo más importante que de esta vida me llevo.

 

 

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